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¿Qué hay de malo en creer?

Actualizado el 31 de julio de 2013 a las 12:00 am

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¿Qué hay de malo en creer?

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Para que la Iglesia reconozca un milagro, debe pasar, primero, por un filtro médico y, después, por otro teológico. Al detectarse un potencial milagro, lo revisa un grupo de médicos reconocidos por sus logros profesionales y destacados en sus áreas de especialidad, que forman parte de la Consulta Médica en la congregación para la Causa de los Santos. Cuando los médicos concluyen que la curación no se puede atribuir a causas naturales y es científicamente inexplicable, se pasa a las consideraciones teológicas.

El caso es estudiado por un conjunto de asesores teológicos, y sus opiniones deben ser secundadas por los cardenales de la congregación y, finalmente, por el Papa.

Revisión minuciosa. Se revisan minuciosamente las pruebas, entre las cuales pesan especialmente las declaraciones de los testigos, y se evalúan elementos clave como tiempo y causalidad. Al concluir el proceso, debe quedar claro que la curación —que no tiene explicación científica— se produjo después de invocar la ayuda del siervo de Dios y debe quedar igualmente claro de que es atribuible exclusivamente a la intercesión del siervo de Dios.

Para los creyentes, los milagros, como decía Juan Pablo II, “son como un sello divino que confirma la santidad de un siervo de Dios cuya intercesión ha sido invocada, una señal de Dios que inspira y legitima el culto rendido (al candidato) y da certeza a las enseñanzas que la vida, el testimonio y las acciones (del candidato) encarnan”.

¿Triunfo de la razón frente a la fe? Una serie de ejemplos llevados al absurdo, como los que se presentan en el artículo “La navaja y el milagro” (La Nación 17/07/13), no demuestran que Dios no existe, que no hace sentido profesar la fe católica o que los santos, como Juan Pablo II, no interceden para que se conceda a los fieles lo que piden, con fe, en la oración.

La fe católica no es enemiga de la razón. Sin embargo, su valor no depende de la razón o de evidencia científica.

Lo que realmente importa en nuestras vidas y en nuestra sociedad —como el amor por nuestros seres queridos, la amistad y nuestras virtudes—tampoco depende de la razón o de la evidencia científica.

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¿Estaríamos mejor sin fe, amor, amistad y virtudes? No lo creo. Me parece, por el contrario, que necesitamos más de todas.

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