Opinión

El malagradecido Daniel Ortega

Actualizado el 04 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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El malagradecido Daniel Ortega

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Han pasado apenas tres décadas desde el momento en que el enfrentamiento con la dictadura de los Somoza entró en la etapa de insurrección popular que culminó con la caída del tirano, en julio del 79.

Todavía en nuestra memoria están frescas las imágenes de las grandes jornadas de solidaridad con el Frente Sandinista en todo el territorio nacional y de los centenares de jóvenes que con total desprendimiento marcharon al frente a combatir al sátrapa, al igual que lo hicieron nuestros antepasados cuando tocó enfrentar a los filibusteros en 1856. No hubo en este país una familia que no tendiera su mano generosa al pueblo hermano y muchos hogares albergaron a decenas de combatientes sandinistas, incluyendo a quien hoy ostenta el cargo de presidente, Daniel Ortega, y a otros miembros de su gobierno.

La fraternal relación entre ticos y nicas está sellada con afecto, desprendimiento y sangre de luchadores nacionales que cruzaron la frontera para combatir a la dinastía somocista en ese último período, pero va más allá, hasta cuando el general Sandino enfrentó la invasión de su país y al primero de los Somoza.

Nuestros antepasados tuvieron la vocación de compartir su pan y su techo con los nicaragüenses que huían de su patria buscando libertad y abrigo, y fue así como la figura del nica se volvió familiar en los talleres de zapatería de nuestros barrios, en los equipos de béisbol y también en las plantaciones bananeras donde muchos llegaron a ganarse el sustento.

Esa estrechísima relación forjada por la ausencia de libertad y democracia en el hermano país abarcó a todos los estratos sociales del nuestro. De ahí el surgimiento, desde décadas atrás, de familias tico-nicas, que, con el correr del tiempo, se han multiplicado por varias generaciones.

En este contexto, resulta imposible encontrar la mínima razón que explique el comportamiento de Daniel Ortega, hoy presidente de Nicaragua, ayer protegido de nuestro pueblo, quien vive inventando pretextos para agredir de palabra y de hecho a nuestro país.

Además, existe hoy una realidad histórica que Ortega debería tener presente. Ya son más de medio millón los nicaragüenses que conviven con nosotros, están integrados a nuestro entorno social, desempeñan las más variadas actividades, están protegidos por nuestra seguridad social y periódica-mente envían dinero a sus parientes al otro lado del San Juan.

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Ciertamente, en su gran mayoría son gente muy trabajadora, que se gana honradamente el sustento diario y contribuye a la riqueza nacional, como también es cierto que ninguna institución pública, ningún hospital ni ninguna escuela le cierran el ingreso a un nicaragüense, independientemente de su edad, condición laboral o social.

En ellos debería pensar Ortega cuando escupe contra nuestro país, que ya es también el país de miles de sus coterráneos. Dichosamente, la naturaleza pacífica de nuestro pueblo y su inteligencia le permiten discernir claramente entre un presidente provocador y los nicaragüenses que deben abandonar su patria en busca de trabajo, pan y abrigo.

Llevan razón los nicaragüenses que conviven con nosotros al sentirse abochornados por las afrentas que sin ningún fundamento Ortega lanza contra nuestro país.

Pero, una vez más, se equivoca Ortega. El recurso de reclamar Guanacaste como parte del territorio nicaragüense, inventado por la propia dinastía somocista y que él hoy repite, no nos desvela, y menos a los guanacastecos.

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