Opinión

Al maestro, con cariño

Actualizado el 24 de julio de 2014 a las 12:00 am

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“El mundo pesa menos”, dijo Rubén Darío en el sepelio de Víctor Hugo. Yo no podría decir eso de Julio Rodríguez. Con su muerte, Costa Rica pesa más. Ya no contamos con su pluma para alivianar la carga de una democracia cada vez más gravada de desalientos. El silencio de su palabra deja por entero sobre nuestros hombros colmado el continente de aspiraciones nacionales insatisfechas. ¿Quién calzará la medida de sus zapatos para seguir los pasos de su fe en el poder transformador de la palabra?

Costa Rica lo merecía, como pueblo especial de una historia llena de hidalgos caballeros, como él. Su letra tableteó constante contra la persistencia testaruda de nuestras falencias. Pero el destino inevitable de la condición humana silenció su pluma venerable. ¿Habremos aprendido algo, mientras lo tuvimos entre nosotros? Eso sería un homenaje más significativo que todas las elegías. Pero es una esperanza vana. Julio Rodríguez se fue sin ver cambios significativos en los vicios de todas las formas de poder, de ese sistema de poderes y abusos que permean la sociedad y que él denunció, como conciencia incómoda para muchos, por si fuera poco, tres veces por semana, durante 28 años. Costa Rica le debe eso y nos corresponde a nosotros pagar esa deuda de honor, con él y con nuestra historia.

En 1993, hace ya 21 años, siendo aún estudiante, tuve la ocurrencia de enviarle por fax un comentario. Era un verdadero atrevimiento porque, al tiempo que apreciaba su columna, le cuestionaba la capacidad de cambio que tienen las palabras. A Julio Rodríguez le llamó la atención mi largo comentario y me llamó a la casa de mi abuelo, rastreando mi apellido, para discutir el tema. Ahí comenzó una larga amistad. “Eso que piensa –me dijo– no me lo diga a mí, dígaselo a Costa Rica”, y me abrió las páginas de “Voces nuevas” de La Nación . Ese fue mi primer artículo y se tituló: “Una democracia enferma”. Hoy, dos décadas después, releo aquellas páginas de adolescente y veo ahí todavía retratada la misma democracia de nadadito de perro, el más practicado deporte nacional y siempre explícitamente criticado por él. Junto a ese escrito nació una amistad filial con quien se convirtió, así, en maestro espiritual y mentor intelectual. Siguieron 20 años de una persistente discusión sobre el mismo tema: el valor de la palabra.

Hoy que ha muerto, quiero que Julio Rodríguez tenga razón. Él creía firmemente en la fuerza ética de la palabra y, muchas veces, estuvo en el tapete de nuestras discusiones el versículo primero del evangelio de Juan, al que se refería con su sólito latinazo: “ In principio erat Verbum ” (“Al comienzo estaba la Palabra”). Era su credo y pienso que ningún otro es más profundo, más cívico, más civilizado: pensar que la fuerza que nos mueve es la conciencia, movida por la palabra que convence y se traduce en cambios.

Julio Rodríguez estaba convencido de que lo que la palabra y la persuasión no logran, tampoco dura llevado a cabo por la fuerza. Que la conciencia es la que dirige la política y ella se forma en la palabra. Que las transformaciones históricas y sociales duraderas son producto de goteos interminables, de exhortaciones persistentes, de reflexiones que alimentan el permanente diálogo. Que la comunicación es el camino de la civilización humana, cuando se comprende que las victorias de las armas son efímeras y que en las leyes se encuentran siempre vericuetos para esquivar o evadir lo que no se ha convertido en conciencia colectiva. Por eso, su periodismo fue de maestro, muchas veces incomprendido, pero siempre respetado, como Quijote inveterado, “en vela” de banderas descuidadas, incluyendo las del fútbol nacional. ¿Predicó en el desierto?

Sus reflexiones presentan un diagnóstico de las tareas pendientes de la política y la sociedad costarricense. Ahora descansa ese Sísifo de las causas nacionales, esperanzado cada vez que llegaba un nuevo aliento a la palestra pública, adolorido después, otra vez, al mirar rodar la piedra hacia abajo, cuando las estrellas se habían alineado para que hubiera podido llegar a la ansiada cima. Todo, menos el valor que exige librarnos del “ peso muerto que nos asfixia. Nadie se atreve a molestar a los burócratas atrincherados, dueños de numerosas conexiones, aunque ello tenga un interés indudable para la sociedad ” –como él me instó a publicar un 7 de agosto de 1993–.

Si pudiera volver a aparecer un “En vela”, ¿qué diría hoy de las esperanzas que nacieron, de nuevo, el 6 de abril del 2014? Gran pregunta esa, que no se puede responder todavía. Otra vez, nuestro noble pueblo, sediento de cambios significativos, nos llevó a una elección en dos tractos, con un gesto dramático que entierra, a medias, los partidos tradicionales. Ahí estamos, en la antesala de un giro hacia el futuro o de una nueva inflexión hacia la impotencia.

Pero como bien sabía doña Ana Patricia, su fiel asistente de tantos años, Julio Rodríguez no sería el mismo, si no fuera también un incorregible optimista. Por eso, nosotros no podemos dejar de serlo y necesitamos cifrar, de nuevo, esperanzas en quienes conducen la cosa pública. Si su pluma pudiera todavía palpitar, estoy segura de que estaría alentando a dar pasos, más allá de gestos, acciones que muestren garra, decisiones que marquen el sentido de una lucha que tanto espera nuestro pueblo. Esperaría, sin duda, es cierto. Pero no esperaría mucho, tampoco.

Julio –¡hélas!– no puede hacerlo ya. A los que quedamos, nos toca ahora la tarea de soñar por él, de alentar por él, de “velar” por él, valiente soldado del alma, cansado un poco por el peso del tiempo, pero siempre luminoso, de pluma eternamente juvenil, más que ligeramente sarcástica, y patológicamente optimista en la nobleza del espíritu humano.

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