El espacio puede ser grato; el tiempo, sin embargo, siempre es infame

Por: Jacques Sagot 3 febrero

Tiempo y espacio no son una dualidad; es el sentir de una buena parte de los científicos, de diversas áreas, que estudian la índole de ambos fenómenos. Sospecho que la deconstrucción de esta configuración binaria operó como matriz, como paradigma –por lo fundamental de su naturaleza– para la mise en question de todas las dualidades que la posmodernidad ha desestabilizado.

Pero aun cuando se niegue la configuración binaria espacio-tiempo, y se pretenda que son indiscernibles –la única y misma cosa–, sigo percibiendo dos sensibilidades: hay gente que siente predominantemente el tiempo, y gente que siente de manera más intensa el espacio. Sensibilidades que propenden a lo temporal y sensibilidades que buscan en el espacio una especie de tibio asilo contra la dimensión vertiginosa, incoercible del tiempo. Los primeros tenderán al pater, los segundos a la mater.

La madre representa, por definición, el espacio acotado. El tiempo es percibido por estas sensibilidades como intemperie, caída libre, el horror de la infinitud y la eternidad. Propugnarán, entonces, por una concepción del tiempo como producto del espacio: es la nube cuántica la que genera el tiempo, el instante. El tiempo sería un subproducto del espacio.

Para otros, el tiempo es, antes bien, la condición de posibilidad de la materia. No tengo el instrumental teórico para dirimir la cuestión. Pero sí puedo advertir –intuir– a qué punto los “tiempistas” y los “espacialistas” darán su adhesión a uno u otro bando desde el fondo de la emotividad, aun cuando disfracen su sentir con el lenguaje de la más rigurosa racionalidad.

Es que, en efecto, creo que esta es, primariamente, una cuestión de sensibilidad, y afectividad. Los hay que se librarán al padre tiempo –inhóspito, abstracto, gélido, únicamente concebible en la esfera de la intelección–, los hay que buscarán cobijo en la madre materia –acogedora, concreta, acotable, tangible y finita–.

Lo que quiero subrayar es el origen esencialmente afectivo de tales posturas teóricas. A partir de aquí, los razonamientos devienen todos, poco más o menos, racionalizaciones. Y aquellos que postulan la identidad espacio-tiempo, buscan la síntesis de dos hemisferios psíquicos que, me temo, sean irreductibles y no fusionables.

Por principio, desconfío de todo aquello que, en el ser humano, no se reconozca en tanto que subproducto, más o menos elaborado, de su emotividad, de los afectos, de la sensibilidad.

Estéril ejercicio teórico. Intentar definir el tiempo es una verdadera pérdida de tiempo. Me temo que quien se dedica a pensar el tiempo, debe renunciar a hacerle el amor.

Platón, Ovidio, Stendhal, Proust, Ortega y Gasset… Ninguno de ellos elaboró su poética del amor mientras retozaba con su amante. Lo hizo sustrayéndose al gozo erótico o, por decir lo menos, postergándolo. Lo paradójico del caso es que el tiempo no nos permite tomar distancia de él, toda vez que nos contiene y es la sustancia misma de nuestro ser.

De pronto se me ocurre que la reflexión en torno al tiempo no sea quizás otra cosa que una argucia más para instalarnos en una ilusoria suspensión del movimiento, y paladear un espejismo de eternidad.

Tiempo lineal, cronológico, subjetivo, objetivo, circular, cíclico, durée, sincrónico, diacrónico, anacrónico… A fin de cuentas, todos nos matan.

Por principio, debemos desconfiar de aquello que genere tal inflación discursiva, tan elaborada taxonomía, sinonimia tan abundosa. Es la manera específicamente humana de lidiar con todo lo que lo sume en el terror.

Caras del espacio. ¿El espacio? Puede ser grato (el locus amoenus ), sacro, profano, acotado, remoto, cercano, estrecho, vasto, cálido, frío, acogedor, inhóspito, mágico, bello, nauseabundo, estimulante, misterioso. El tiempo, en cambio, siempre es infame. Un asesino. El futuro es, por definición, odioso. Temible, ominoso paraje. ¿Por qué? Pues porque es ahí, amigos, donde nos prenderá la muerte.

Poetas los hubo, inmensos, que cantaron al tiempo más bien que al espacio (Heráclito, Verlaine, Machado, Unamuno), como los hubo que encontraron en el espacio un mejor filón lírico que en el tiempo (Parménides, Whitman, Rimbaud, Valéry, García Lorca).

Unos propendieron al padre, los otros a la madre. Cantar al espacio es siempre, por definición, cantar a la madre. Cantar al tiempo es atreverse a interpelar al padre, el legislativo, el que detenta los códigos, las normativas, las leyes que rigen el universo, y, de manera eminente, el dueño del tiempo, por cuanto objeto de intelección, de raciocinio, de intuición filosófica, una dimensión más fácil de aprehender mediante la inteligencia que a través de la sensibilidad o la emotividad (por lo demás, herramientas cognitivas tan válidas como las que más).

Distintos. He ahí mi reflexión del día de hoy. Las más racionales y abstractas de nuestras cogitaciones hunden sus piernas hasta la rodilla en un barreal de sentimiento, de emoción pura. ¿Que el tiempo y el espacio son, rigurosamente, la misma cosa? Quizás, pero eso no impide que los percibamos distintos, connotados y psicológicamente cargados.

El Ser de Parménides es, en esencia, un locus, un topos, un lugar. Perfecto, redondo, inmóvil y eterno. Por poco, un útero donde el sujeto flota, sub specie aeternitatis, en el presente suspenso del líquido amniótico. El Devenir de Heráclito es, por el contrario, posterior al alumbramiento –y es tal vez lo que sugiere la salida del río en cuyas aguas nunca jamás volveremos a bañarnos–.

El Ser parmenídeo se inscribe dentro del régimen femenino y específicamente materno de la imagen. El Devenir heracliteano es ya posterior a la escisión, al proceso de individuación del sujeto, y supone claramente la irrupción de un logos paterno en nuestra historia.

Así que espacio=madre, y tiempo=padre. Ahí les dejo este sentir, que también proviene de la emoción en mucha mayor medida que de la reflexión. Ahí me dirán qué les parece.

El autor es pianista y escritor.