20 septiembre, 2016

La opinión pública tiende a ser severa con las personas que se adelantan a su tiempo, especialmente con las mujeres. Ello pone en evidencia que existe un doble rasero, ya que a los varones se les aplica una mayor benevolencia en sus actuaciones por variopintas que puedan ser.

El 15 de marzo de 1892 nació en Guanajay, provincia de Pinar del Río, Cuba, María Calvo Nodarse, cuyo verdadero nombre era María Constancia Caraza Valdés. Fue una de esas mujeres rompedoras de esquemas y conformidades, y es mejor conocida popularmente como La Macorina. A los 15 años de edad huyó de su familia a La Habana con su novio de entonces.

Aunque provenía de un hogar de clase media, el pretendiente le abrió una pequeña puerta a un mejor estilo de vida. Su belleza no podía estar contenida en las cuatro paredes del modesto cuarto habanero donde el pretendiente quiso de alguna manera confinarle, y ella, discretamente, con astucia y un criterio muy selectivo, comenzó a ejercer como meretriz de hombres ricos y poderosos.

Entre esos hombres figuró nada más y nada menos que el mayor general José Miguel Gómez, antes y después de ocupar la presidencia de la República, y a quien ella guardó lealtad, aun cuando el caudillo estuvo preso en el Castillo del Príncipe tras los sucesos de La Chambelona.

Influyente. Con esa influencia y la de otros amigos, La Macorina subió como la espuma. Llegó a ser propietaria de cuatro residencias suntuosas en La Habana, dos de estas en el Vedado, una en Línea y otra en la calle Calzada, y de varios automóviles, casi todos de fabricación europea, que eran sus preferidos.

Fue dueña de caballos de carreras y solía lucir en público suntuosas joyas que valían un dineral. Sus gastos no se cubrían con menos de dos mil pesos mensuales, una verdadera fortuna para la época, recuérdese que hablamos de los años 20 del siglo XX, y en esa cifra no se incluían las generosas mesadas con las que ayudaba a su numerosa familia que había quedado en el natal poblado de Guanajay.

Su época de esplendor fue inusualmente extensa para su estilo de vida, quizás de 1917 a 1934.

Hizo historia.

Un aspecto remarcable que revela su indómita personalidad es que La Macorina fue la primera mujer que condujo un auto en Cuba y tal vez en Latinoamérica, en 1917.

Fue la dama que a bordo de un convertible rojo llegó a hacerse célebre porque gustaba de pasearse por las tardes a lo largo del Paseo del Prado y el Malecón.

Entonces, a los permisos para conducir no se les llamaba cartera dactilar ni licencia de conducción. Se les llamaba títulos. Y esos títulos equivalían para aquellos choferes a un diploma universitario. No debe haber sido fácil obtener uno de ellos para ella, o ¿lo fue?

En 1978, el pintor cubano Cundo Bermúdez la recordó en un cuadro en el que se le ve al volante de un llamativo vehículo descapotable; ese “carro colorado”, al que se alude en aquella pegajosa melodía que hace muchísimos años interpretaba, con el respaldo de la orquesta Sensación, el gran intérprete Abelardo Barroso, que a medida que envejecía mejor cantaba.

Inmortalizada. Muchísimo tiempo antes, Alfonso Camín, el poeta asturiano avecindado en La Habana, le había dedicado un poema que musicalizaría después la cantante Chavela Vargas. Poema, cantado por Chavela, con una sensualidad y un erotismo que acrecienta el estribillo. Aunque la Vargas trató de apropiarse de alguna manera de esta pieza, no se discute que su autor es el bardo asturiano.

Cuando se escucha “ponme la mano aquí, Macorina”, ese “aquí” puede ser la parte del cuerpo que el oyente quiera imaginar. Pero en el poema de Camín, como afirma alguien, La Macorina, comparada con las frutas criollas, puede verse, olerse, palparse, saborearse, sentirse…

A María Calvo Nodarse nunca le agradó realmente que la llamasen Macorina, y ese apodo se debió a que una tarde, al pasar frente a la acera del Louvre, esto es el tramo del Paseo de Prado que corre desde San Rafael a San Miguel, o lo que es lo mismo, entre el hotel Inglaterra y el hotel Telégrafo, un joven exclamó: ¡Ahí va La Macorina!

En realidad, quiso decir La Fornarina, famosa cupletista española llamada Consuelo Bello, pero aquel muchacho había bebido más de la cuenta y pronunció Macorina en vez de Fornarina, lo demás es leyenda.

Decadencia. Como todo, la belleza también se esfuma, ello, sumado a la crisis económica de las décadas del veinte y el treinta del pasado siglo, fue el comienzo de su decadencia material.

Los hombres que antes la adoraban y protegían su fastuosa vida ya no mostraban interés por ella, a pesar de que conservaba vestigios de su hermosura. Los amigos del pasado se amparaban con más frecuencia en excusas cada vez que ella les pedía ayuda.

Así es como fue vendiendo todas sus pertenencias, desde las joyas hasta las casas y los automóviles, por lo que La Macorina acabó en la pobreza, viviendo en un cuarto alquilado en una casa familiar de la capital.

María Calvo murió en La Habana el 15 de junio de 1977. Hoy quiero rescatar su memoria porque mujeres así no pueden pertenecer al silencio del olvido.

El autor es abogado.