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La luz de esperanza que irradia el vuelo MH370

Actualizado el 06 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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La luz de esperanza que irradia el vuelo MH370

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MELBOURNE – El misterio desgarrador del vuelo 370 de Malaysian Airlines, que desapareció el 8 de marzo con 239 personas a bordo, puede ser parcialmente resuelto en unos pocos días más. Los vehículos de búsqueda submarina están siendo teledirigidos en una zona de pocos kilómetros de ancho ubicada en la inmensidad del océano Índico meridional, a unos 2.000 kilómetros al noroeste de Perth.

Aquí es donde, probablemente, el Boeing 777-200 se quedó sin combustible y se estrelló, según el análisis de la empresa Inmarsat del Reino Unido y de los expertos británicos en señales horarias que se envían automáticamente desde la aeronave al vehículo espacial en órbita de Inmarsat. Lo que es aún más prometedor es que este también es el lugar donde, el pasado 5 de abril y los días subsiguientes, un “localizador pinger” estadounidense remolcado por el Ocean Shield, un buque de la Armada australiana, recogió señales que, se supone, provienen de las radiobalizas de localización que se encuentran adjuntas a los registradores de datos de vuelo de la “caja negra”.

Las autoridades australianas de Defensa que en la actualidad coordinan la búsqueda continúan aseverando que descubrir restos, que probablemente se encuentren a 4,5 kilómetros (2,8 millas) de profundidad en un remoto lecho del mar, será como “encontrar una aguja en un pajar”. Y que, obviamente, cualquier operación de recuperación posterior llegará a ser un gran desafío. No obstante, las autoridades están seguras de que, al menos, han encontrado el pajar.

Durante los primeros días de la búsqueda, casi todo lo que podía haber salido mal, salió mal –esto incluye desde datos que se pasaron por alto o se malinterpretaron hasta comunicaciones deficientes, y falta de coordinación y mala asignación de recursos–, ya que la atención se mantuvo centrada en la ruta prevista del avión de Kuala Lumpur a Pekín. Incluso, cuando la búsqueda se desplazó al océano Índico, se experimentaron grandes frustraciones, pues los masivos recursos de búsqueda desplegados, tanto aéreos como navales, no encontraron ningún rastro de escombros en la superficie del mar.

No obstante e independientemente de cualquier frustración pasada y de la posibilidad de cualquier decepción futura aún mayor, lo que sí salió bien en la búsqueda del vuelo MH370 fue la historia general y más significativa sobre dicha búsqueda. En pocas palabras, ha sido una magnífica demostración de cómo la respuesta frente a la tragedia humana puede unir en lugar de dividir, reforzando el impulso de cooperar en lugar de confrontar.

Y esto ha dado testimonio del buen sentido común con el que actúan aquellos quienes han estado discutiendo durante años, en una variedad de contextos asiáticos y más amplios; se ha demostrado que los casos de búsquedas marinas y alivio de desastres son situaciones ideales para iniciar la construcción de mecanismos de confianza dirigidos a sentar las bases para la prevención y resolución de conflictos.

La búsqueda ha implicado esfuerzos de cooperación internacional sin precedentes, al principio en el mar Meridional de China y, posteriormente, en el océano Índico, desplegados por un total de 26 países. Lo extraordinario es que muchos de estos países (como, por ejemplo, China, Japón, Filipinas, Malasia, Corea del Sur y Vietnam) han estado involucrados en peleas territoriales y en otras disputas, mientras que otros (sobre todo, China y Estados Unidos) se han mantenido permanentemente suspicaces sobre los motivos e intenciones geopolíticas que cada uno de ellos tiene.

La estrecha cooperación, a lo largo de toda la búsqueda, de Australia con China –país cuyos ciudadanos componen casi dos tercios de las personas a bordo del desafortunado vuelo, y cuyos recursos navales y aéreos se han dedicado incesantemente al esfuerzo común– ha dado frutos de manera inmediata: en la forma de una visita altamente exitosa a China que realizó a principios de este mes el primer ministro australiano Tony Abbott. Se lograron progresos en un importante acuerdo comercial, y no se puso en el tapete de discusión la vergonzosa aceptación plena del nuevo Gobierno de Abbott en cuanto al liderazgo de EE. UU. en la región, como tampoco se mencionó el error de principiante cometido al describir a Japón como “nuestro mejor amigo en Asia” (la fórmula correcta en estos casos es “no tenemos un mejor amigo que...”).

Aunque parece exagerado, es tentador sugerir que la seguridad a largo plazo de Australia podría incluso estar mejor garantizada a través del gasto de unos pocos millones de dólares en remolcar localizadores de “fingers” y minisubmarinos no tripulados Blufin-21, estos últimos equipados con sus dispositivos de ecolocalización y cámaras, como también a través de la dedicación de alguna infraestructura naval importante para apoyar dichos esfuerzos, en vez de gastar los $20 milllones a $40 millones que actualmente se está considerando gastar para renovar y ampliar la envejecida flota de combate submarino de Australia.

No es tan ingenuo como parece pensar que la paz y la seguridad de toda la región del Indo-Pacífico, sin tener que mencionar la seguridad de otras partes del mundo que son igualmente volátiles, podría avanzar de mejor manera, si se dedican muchos más recursos y esfuerzos a las estrategias comunes de seguridad en lugar de destinarlos a objetivos militares tradicionales. Encontrar la seguridad con los demás, en lugar de encontrar seguridad frente a ellos, y concentrarse en abordajes de cooperación para el logro de bienes públicos globales y regionales, parece ser más productivo que dar rienda suelta a sentimientos nacionalistas crudos y a la planificación de maneras cada vez más sofisticadas y costosas, dirigidas a destruirse unos a otros.

La búsqueda del vuelo MH370 ha demostrado en un microcosmos lo mucho que hay que ganar a través de una cooperación pacífica. Esto también debería ayudar a enfocar nuestra atención en lo mucho que hay que perder en el mundo de hoy –un mundo que es mucho más interdependiente que aquel que estalló en una guerra en el año 1914–, si no somos capaces de aplicar estas lecciones a nuestras relaciones internacionales en una manera más amplia. El mundo es un lugar mucho más seguro y más sano cuando los Estados buscan y encuentran un terreno común en el que pueden trabajar de manera conjunta.

Gareth Evans, quien fue ministro de Relaciones Exteriores de Australia, de 1988 a 1996, y presidente del International Crisis Group, del 2000 al 2009, es el rector de la Universidad Nacional de Australia. © Project Syndicate.

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