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La lucha armada de Jesús

Actualizado el 22 de octubre de 2012 a las 12:00 am

La tesis de la lucha armada de Jesús parte de los Evangelios canónicos

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En respuesta al artículo de don Carlos Alonso Vargas (“Aquel judío del siglo I...”, La Nación, martes 16 de octubre del 2012, p. 29A), la hipótesis de la investigación crítica sobre la lucha armada de Jesús no ha sido refutada ni siquiera por autores como E. Sanders (Jesús y el judaísmo) ni por J.P. Meier (Un judío marginal), pues en ninguna de las dos obras los autores se dedican al análisis pausado de esa lucha armada, menos a una refutación. Desarrollemos la hipótesis.

En la narración evangélica aparecen espadas (de máchaira, espada de dos filos que, con todo y vaina, pesaba cerca de 5 kilogramos – esta no era un juguete, sino un arma letal– ya antes de la mención de su uso en el Monte de los Olivos (Cf. Lc 22, 35-38: dos espadas). Los tres sinópticos (Mc 14,26-52; Mt 26,30-56; Lc 22,39-53) dicen que Jesús y sus discípulos salieron de noche hacia el Monte de los Olivos. Juan (18,1) se limita a indicar que fue del otro lado del Cedrón. El texto de Juan rompe la narrativa y se dice que, a este respecto, es más antigua. Asimismo, habla de “pontífices” y “fariseos”, mas en esa época los fariseos no tenían que ver con el poder político en Jerusalén, pero sí cuando se escribió el 4Ev (100 d. C.), lo cual hace anacrónica la inculpación de Juan a los fariseos.

En Lc 22,36 aparece la orden de adquisición de espadas: “a quien no tenga...”, lo cual presupone que había quien ya la tenía. En Lc 22,49 los acompañantes de Jesús dijeron: “Señor, ¿acometemos con la espada?”. Recordemos que Lucas había mencionado antes las dos espadas. El término singular aparece claramente como distributivo: “¿Acometemos con nuestras espadas?” Los acompañantes de Jesús llevaban espadas y estaban dispuestos a presentar resistencia armada.

Pero en Mc 14,47, en particular, heis dé tis ton parestêkóton (“uno de los presentes”) ofrece dificultades de interpretación (y esto hace más interesante el texto). El autor del evangelio calla el nombre del responsable. Una interpretación es la hipótesis de que Jesús estaba implicado activamente en la resistencia antirromana. Es más, los sinópticos hablan de uno de los acompañantes de Jesús que sacó una espada (máchaira) y, golpeando al siervo del sumo sacerdote, le cortó la oreja. Juan, en su evangelio, habla de la espada y de quién fue el que la desenvainó y cortó la oreja a Malco: Simón Pedro. Fin del episodio: todos se quedan paralizados reverentemente (!), Jesús cura al herido y amonesta a Pedro. La llamada “purificación” del Templo (Mc 11,15-18) muestra hechos de innegable violencia física. El temor a una revuelta del pueblo si se apresa a Jesús (Mc 14,2). La acusación pública y reiterada de mesianismo (Mc 15,26 y 32). Es decir, en los dos depósitos más antiguos de la tradición sinóptica –Marcos, escrito después del 70 d. C., y en los dichos y hechos de Jesús en la Quelle (Fuente)– no hay condena de la violencia.

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Ahora bien, siguiendo con Mc 14,47, podría decirse que los evangelistas no hablan de dos grupos de crucificados independientes, sino de un solo grupo crucificado (F. Bermejo). Los 4 evangelios dicen que Jesús fue crucificado (como su cabecilla) en medio de ellos (en calidad de subordinados). Solo tres murieron en cruz, otros murieron en el enfrentamiento en el Monte, otros huyeron. El Reino de Jesús sí era de este mundo...

Por otra parte, Jesús ‘maldecía higueras’, consideraba a los paganos ‘charlatanes’, a su gobernante lo llamaba ‘zorro’ y comparaba con bestias peligrosas a algunos de sus correligionarios con quienes discrepaba, y de paso les amenazaba con el ‘fuego eterno’. Además, hubo una denuncia de que Jesús incitaba a la rebelión popular y condenaba el pago del tributo al emperador (Lc 23,2 y 14). En Lc 22,51 no hay condena alguna de la violencia, sino una prudente decisión. La insinuación a usar la violencia (Mt 26,51-53) dentro de los designios de Dios. El apresamiento por una cohorte romana (500 hombres) al mando de un tribuno (Jn 18,3 y 10).

La lucha armada de Jesús tiene como punto de partida la textualidad de los Evangelios canónicos, en virtud de que los relatos de la Pasión tienen contradicciones, incoherencias e inverosimilitudes que saltan a la vista, cuestión que se profundiza con los muchos actos antirromanos de Jesús. Quien rechace esta hipótesis tiene el deber académico de dar una explicación unitaria y convincente del material neotestamentario (de los evangelios primordiales) usado como fundamento, y no invisibilizar versículos o pasajes porque “sobre esto ya se dijo todo” (!).

La lectura confesional sobre este episodio –de la crucifixión como consecuencia de la resistencia antirromana– tiende a enfatizar el constructo teológico (dogmático) del justo entregado a muerte voluntariamente. Epistemológicamente, han de separar lo histórico, lo filológico y lo teológico para que sea robusta la lectura.

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