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De la Redacción

La lucha de Merino

Actualizado el 10 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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La lucha de Merino

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La lucha de Merino - 1
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La lucha de Merino - 1

Son muy pocos los políticos que salen a la calle fuera de los tiempos de campaña electoral a sentarse al lado de ciudadanos de carne y hueso para escucharlos y conversarles. José Merino del Río fue uno de esos pocos y nunca se cansó de hacerlo.

Alzó la bandera en contra del “Combo” del ICE y el proyecto minero en Cutris de San Carlos. Se convirtió en una figura de oposición a la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, marchó en defensa del agua en Sardinal y se manifestó en pro de la Ley de Sociedades de Convivencia.

Su discurso no era un simple berreo; era el de la defensa por la justicia social y el repudio a la corrupción de la clase política. Por su insistencia se ganó fama de “majadero”, pero esto no era más que una señal de su incesante batalla que iba más allá de la curul que ocupó dos veces.

Merino fue un intelectual, mas no de los que se conforman con repetir citas de teóricos de antaño, sino de los que se arremanga la camisa para liderar manifestaciones, coger el micrófono y tomar la palabra para darles entusiasmo y fe a los ciudadanos con menos voz.

A Merino debe recordársele por su tesón y su integridad intachable, por llevar la indignación de la calle a la Asamblea Legislativa y convertirla en un contrapeso necesario para la democracia.

En lo personal, no puedo decir que lo conocí a profundidad, pero lo tuve cerca como profesor en mi primer curso de Ciencias Políticas. Entraba al aula un poco sudado, con el periódico enrollado dentro de la mano y saludando con su imperdible acento español. Sin tomar asiento, apoyaba ambos puños sobre el escritorio y no pasaban dos minutos antes de que invitara a los estudiantes a comentar el aconte- cer nacional.

Esperaba a que alguien opinara alguna noticia del día y, a partir de ahí, desencadenaba un debate que a veces se extendía durante toda la lección. Conforme pasaban los minutos, el ejercicio cobraba sentido. Su dinámica permitía a los alumnos de primer ingreso formarse un criterio y también saber acogerlo con propiedad. Motivaba a los presentes a despojarse de su timidez de juventud y a levantar la voz cuando fuera necesario.

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Lo mismo hizo él con su propio discurso y proyecto político, al defenderlo y mantenerlo siempre en pie de lucha en la búsqueda de un país más próspero. Por eso, la política y el país deben extrañarlo.

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