¿Es realmente una tradición estadounidense no ocuparse de lo que les suceda a los demás?

 1 marzo

CAMBRIDGE – En el verano del 2015, parecía seguro que el ex primer ministro canadiense Stephen Harper iba a ganar su cuarta elección consecutiva, la que tendría lugar en octubre. Sin embargo, su Partido Conservador obtuvo solamente 99 de los 338 escaños de la Cámara de los Comunes. Dicho partido no triunfó en ninguna circunscripción en Toronto, ni en todo el litoral del Atlántico. Por su parte, el Partido Liberal, liderado por Justin Trudeau, terminó consiguiendo la segunda mayor victoria de su historia –184 escaños– a pesar de haber estado en tercer lugar al inicio de la campaña electoral.

Este rápido revés fue gatillado por hechos que ocurrieron a miles de kilómetros de distancia. En horas del amanecer del 2 de setiembre del 2015, en Bodrum, Turquía, una familia sirio-kurda abordó un bote en el que pretendía llegar a Grecia. Sin embargo, el bote zozobró a los pocos minutos y Rihanna Kurdi, junto con sus dos hijos, Ghalib y Aylan, se ahogaron. Un fotógrafo turco, Nilüfer Demir, publicó en Twitter la imagen del cuerpo del pequeño de tres años, Aylan Kurdi, que yacía en una playa. Esta fotografía sacudió al mundo –y puso fin a la carrera política de Harper–.

Durante la primavera anterior, Harper había ordenado al ministro de Ciudadanía e Inmigración, Chris Alexander, que revisara la política de refugiados de Canadá para cerciorarse de que no se estaba permitiendo la entrada de terroristas, una directiva que prácticamente paralizó el sistema. Un mes antes, Harper había contemplado prohibir el uso del niqab en lugares donde se prestan servicios públicos, lo que hizo que surgieran sospechas acerca del motivo al que verdaderamente obedecía la decisión sobre los refugiados.

Tima Kurdi, una tía de Aylan Kurdi con residencia en Vancouver, había estado tratando de conseguir que él y su familia llegaran a Canadá, pero esto fue impedido por las decisiones de Harper con respecto a los refugiados. De pronto, una política que supuestamente iba dirigida a proteger a la ciudadanía frente al terrorismo islámico, se convirtió en una política ofensiva para el concepto que tienen los canadienses de sí mismos: ser una sociedad abierta y compasiva. Harper lo pagó muy caro.

Al sur de la frontera canadiense, las cosas no podrían haber sido más distintas. Allí, Donald Trump triunfaba en las elecciones presidenciales de noviembre prometiendo prohibir la entrada al país de musulmanes, construir un muro en la frontera con México y crear una “fuerza de deportación”. El primer intento de implementar su prohibición fue revocado por los tribunales de justicia, pero solo después de haber creado caos en aeropuertos, confusión en universidades y trastornos en familias. Y ahora el gobierno de Trump está elaborando una nueva prohibición.

De acuerdo a avances recientes en sicología y neurociencia, existen dos posibles razones para explicar por qué los estadounidenses y los canadienses reaccionan de manera tan diferente. La primera se basa en los descubrimientos sobre la toma de decisiones en el contexto de incertidumbre que propone la llamada teoría prospectiva, desarrollada en las décadas de 1980 y 1990 por Daniel Kahneman y Amos Tversky.

Toda restricción a la inmigración, dirían Kahneman y Tversky, entraña un compromiso entre dos errores. El error tipo I implica dejar entrar a un supuesto terrorista, mientras que el error tipo II consiste en prohibir la entrada a extranjeros inocentes.

Para formular una política apropiada es preciso equilibrar estos dos riesgos, teniendo en cuenta sus probabilidades relativas y la importancia que se le otorgue a las vidas salvadas de residentes y a las vidas trastocadas de inmigrantes potenciales. ¿Cuántas vidas inocentes se está dispuesto a desbaratar o a poner en peligro para evitar un ataque terrorista?

Kahneman y Tversky sostienen que, al calcular probabilidades, la gente comete errores sistemáticos, producto de que busca ejemplos en su memoria. Si uno recuerda los ataques en París y en Niza, sobreestima la probabilidad de terrorismo. Si uno ha estado expuesto a la fotografía de Aylan Kurdi, puede que estime lo contrario.

Al manipular la prominencia de un recuerdo, uno afecta la percepción del riesgo y el cálculo de la decisión. Es posible que sea por esto que el bando de Trump ha estado exagerando el peligro de ataques terroristas inventando incidentes inexistentes, como la “masacre de Bowling Green” y, más recientemente, uno especificado solo como “anoche en Suecia”.

Trump puede sostener que todo peligro para un estadounidense es inaceptable, independientemente de cuántos Aylan Kurdi mueran y cuántas vidas se trastoquen. Sin embargo, de ser así, ¿cómo se puede pedir a soldados estadounidenses que arriesguen sus vidas en Mosul o Kandahar? ¿Acaso no es la preocupación por el bienestar de los demás lo que justifica que se exija este sacrificio, aunque sea en parte? ¿Es realmente una tradición estadounidense no ocuparse de lo que les suceda a los demás?

El segundo descubrimiento proveniente de investigaciones psicológicas, resumido por Bruce Hood en su libro The Self Illusion , se relaciona con el papel desempeñado por la conciencia en la toma de decisiones. Investigaciones realizadas recientemente en laboratorios muestran que nuestros pensamientos conscientes elaboran ex post justificaciones convincentes para muchas decisiones que nuestros cerebros tienden a tomar de manera inconsciente.

Por ejemplo, es posible que el expresidente estadounidense George W. Bush haya decidido invadir Irak y derrocar a Saddam Huseín por muchas razones: ventaja estratégica, preocupaciones humanitarias, y hasta competencia con su padre. La mayor parte de ellas no involucraba armas de destrucción masiva. Sin embargo, este fue el argumento que se utilizó porque era el más fácil de justificar, dado el contexto.

¿Es la protección de los estadounidenses el motivo real para que se prohibiera el ingreso de musulmanes o es posible que existan otros? Analicemos el hecho de que dicha prohibición se aplicó a siete países. ¿Por qué se consideró el país de origen como predictor útil para determinar quién puede que sea un terrorista? Al fin y al cabo, en Estados Unidos ningún refugiado musulmán jamás ha cometido un acto terrorista, como tampoco lo ha hecho ningún nacional de los siete países especificados por Trump.

¿Representa mayor peligro un sirio que padece de cáncer o un académico iraní destacado, tan solo a causa de su país de origen? ¿No se puede confiar en el Departamento de Estado y en los servicios de inteligencia para que formulen estos juicios, sin recurrir exclusivamente a la información sobre el país de origen?

La cuestión es que puede que la prohibición de la entrada de musulmanes –como asimismo la construcción del muro en la frontera con México– se relacione menos con sus justificaciones expresas que con otras consideraciones, incluso inconscientes. Después de todo, la política no fue diseñada por el aparato de seguridad nacional sino por Stephen Bannon, estratega principal de Trump y abierto guerrero contra la cultura dominante.

Es muy posible que el apoyo a tales medidas obedezca a la inquietud que provoca pensar que si se permite que personas que realmente no son como “nosotros” pasen a formar parte de “nosotros”, en realidad dejaremos de ser “nosotros”. Pero ¿realmente seríamos “nosotros” si renunciáramos a ser abiertos y compasivos?

Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es director del Center for International Development at Harvard University y profesor de Economía del Harvard Kennedy School. © Project Syndicate 1995–2017