12 julio, 2014

BRUSELAS – Muchos políticos europeos elogian la red de Internet. Desafortunadamente, su rimbombante retórica a menudo suena hueca. Mientras que con mucho entusiasmo hacen un llamado a la adopción de una agenda digital sólida, frecuentemente ellos mismos, apoyados por intereses proteccionistas en sus países, abogan a favor de poner un freno a la “perturbación” que causa Internet, mediante la imposición de regulaciones nuevas y estrictas.

Este doble discurso es un error. Para que Europa pueda prosperar en el siglo XXI, sus líderes recientemente electos necesitan adoptar una agenda pro Internet que sea concreta y positiva. Esto significa firmar acuerdos de libre comercio digitales y crear un verdadero mercado único digital en Europa, formado por las actuales 28 jurisdicciones nacionales fragmentadas. Las leyes sobre derechos de autor y licencias que están obsoletas desde hace ya mucho tiempo atrás deben ser revisadas completamente. Nuevas normas sobre privacidad deben proteger a los ciudadanos y deben permitir la innovación. Además, se debe oponer resistencia a los llamados que buscan una localización obligatoria de datos y versiones locales de “Internet”.

Si se lleva a cabo, esta importante agenda digital podría proporcionar lo que Europa necesita más después de la crisis financiera: crecimiento económico. De acuerdo con la OCDE, la red de Internet en la actualidad da cuenta de hasta el 13% de la producción económica en EE. UU. Hoy en día, todos y cada uno de los tipos de actividad empresarial dependen de la economía digital. Con unas cuantas pulsaciones en el teclado, empresas pequeñas que venden antigüedades polacas, trajes tradicionales bávaros y zapatos españoles han transcendido rápidamente los límites de sus mercados locales y han llegado a consumidores en todo el mundo.

Al desatar las ligaduras de la red de Internet, una Europa que está financieramente confinada puede crear nuevos empleos sin asumir nueva deuda. Las cifras de la Comisión Europea sugieren que la denominada fuerza de trabajo de la “economía de las aplicaciones” crecerá a 4,8 millones hasta el año 2018, de una cifra de 1,8 millones en el 2013, con ingresos que llegarán a más que triplicarse, y que alcanzarán 63.000 millones de euros ($86.000 millones). También sabemos que alrededor del 90% de los empleos hasta el año 2020 requerirán trabajadores que tengan destrezas en tecnologías de la información y comunicación.

Tal éxito requiere que se venza la resistencia de los participantes en el mercado de Europa y que se acoja, en vez de bloquear, el ingreso de nuevos participantes. Bajo los actuales regímenes regulatorios fragmentados de la Unión Europea (UE), las empresas deben obtener permisos separados para vender en cada uno de los 28 mercados nacionales. Aun a las grandes empresas, como Apple y Google, les lleva años poder abrir tiendas locales y lanzar nuevas ofertas de productos. El crecimiento de los pequeños innovadores europeos, como Spotify, se ha visto atrofiado. Muchos de los nuevos servicios que nos permiten intercambiar, alquilar o compartir todo, desde viajes en taxi hasta vestidos de diseñador de segunda mano, están luchando por conseguir que sus actividades empresariales se pongan en marcha.

Quienes son escépticos en cuanto a Internet podrían también echar por tierra conversaciones sobre libre comercio transatlántico que tienen un potencial transformador, y que se iniciaron con bombos y platillos el año pasado. Un volumen de comercio cada vez mayor se lleva a cabo en bits y bytes que fluyen a través de Internet. Un nuevo estudio realizado por McKinsey llega a la conclusión de que, hoy en día, las mercancías que son intensivas en conocimiento e impulsadas por el ámbito digital constituyen un generoso 50% del total del comercio transfronterizo a nivel mundial, y se encuentran creciendo a un ritmo que es, por lo menos, 1,3 veces más rápido que el de otros tipos de comercio. Si las tendencias actuales persisten, el volumen de dichas mercancías podría triplicarse hasta el año 2025.

No obstante, muchos europeos hablan sobre imponer, como condición previa a la firma de cualquier nuevo acuerdo de libre comercio, reglas draconianas sobre privacidad y localización de datos. Tales requerimientos serían diametralmente opuestos a los principios fundamentales de la red de Internet, que se basan en un acceso sin fronteras y sin obstáculos a la información. De manera similar a lo que ocurre con Rusia y China, Europa sería bloqueada del resto de la red de Internet global, debido a que los nuevos servicios se quedarían fuera porque no podrían construir centros de datos europeos.

En este contexto, el reciente fallo del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que reconoce el “derecho a ser olvidado” –y, por lo tanto, requiere que Google retire información de búsqueda a pedido, incluso cuando dicha información es de carácter legal–, representa un peligro significativo. Al exigir que todos los servicios de búsqueda, incluidos los de las bibliotecas universitarias, hagan que sea difícil encontrar información de carácter legal, correríamos el riesgo de abrir la puerta a una censura privada a gran escala.

Dichas consecuencias no deseadas impregnan también la política de competencia de la UE. Las autoridades europeas encargadas de formular políticas están considerando una regulación que requeriría que las plataformas de Internet, como las tiendas de aplicaciones, las redes sociales, los motores de búsqueda y los sitios de comercio electrónico, cumplan con ciertos criterios especificados públicamente para lograr fines económicos, sociales o políticos. Tal regulación, se argumenta, facilitaría el surgimiento de plataformas europeas de Internet y garantizaría un “acceso abierto” para los usuarios.

En los hechos, estas acciones podrían crear nuevas barreras a la entrada, afianzando las posiciones de los líderes de los mercados y socavando la innovación Los mercados de la red de Internet se tipifican por su cambio dramático. Somos testigos de la forma en que Facebook superó a MySpace en las redes sociales, o en que Apple se volcó al mercado de los teléfonos inteligentes, o de cómo se inventan constantemente nuevos servicios y mercados. Twitter no ha desplazado a nadie; más bien, complementa y compite con todas las otras modalidades de comunicación.

Mas, por el contrario, las investigaciones de la UE sobre la competencia se alargan cada vez más. Tomó diez años llegar a un acuerdo con Microsoft, y puede ser que se tarde un período similarmente largo para llegar a uno con Google.

Hasta dicho momento, el entorno de Internet, que se mueve a un ritmo muy acelerado, podría haber evolucionado en una forma que lo torne en irreconocible.

Las autoridades europeas deben evitar encadenar el progreso digital. Los consumidores de Europa deben poder comprar canciones en línea, mirar videos en línea y comprar en línea cualquier producto que les plazca, y las empresas de Europa deberían poder beneficiarse plenamente del mercado gigantesco de la UE. En la práctica, dejar que la red de Internet florezca no solo es algo sensato desde un punto de vista empresarial, sino que también podría ayudar a restaurar la menguante fe de los votantes en el proyecto europeo.

James Waterworth es vicepresidente de The Computer and Communications Industry Association. © Project Syndicate.

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