2 abril, 2015

Gracias a las abundantes y claras evidencias científicas, principalmente desde la neurociencia, la pediatría y la genética, puede afirmarse con certeza que los primeros mil días de una persona son los más importantes de toda su vida, en términos de su desarrollo biológico y las bases de su desarrollo social y afectivo.

Algunos de los sorprendentes cambios que suceden desde la concepción hasta los dos años de vida fueron reseñados en un reportaje del diario El País de España titulado “No habrá mil días iguales”.

En él, José Manuel Moreno, que forma parte del Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría, afirma que “el cuerpo nunca volverá a crecer tan rápido: en el primer año de vida se crecen 20 centímetros, el peso del cuerpo se triplica, el cerebro crece en los primeros seis meses más que en ningún otro momento de la vida”. Por ejemplo, el peso del cerebro al nacer tiene el 25% del peso que logrará alcanzar en la adultez.

Los primeros mil días son el momento más importante del desarrollo y el aprendizaje del ser humano y constituyen una ventana de oportunidad única e irrepetible para impactar positivamente a la persona y, comprensiblemente, a toda una generación. Lo que una nación invierta en sus niños y niñas tiene incontables beneficios inmediatos para la infancia, sus familias y el país en general, además de positivos impactos a largo plazo.

En este contexto, es pertinente insistir en lo importante que es una nutrición suficiente y balanceada, tanto para la madre en el período de gestación, como para los niños, para quienes es esencial contar con lactancia materna exclusiva al menos los seis primeros meses y luego complementada con otros alimentos.

Señala el reportaje que “la nutrición en los primeros mil días de la vida marca la diferencia entre un adulto fuerte y uno débil, desde el punto de vista físico e intelectual”.

En esta misma línea, un estudio llevado a cabo en Brasil por el Dr. Bernardo Lessa, publicado en The Lancet Global Health Journal , hizo un seguimiento a aproximadamente 6.000 bebés desde su nacimiento hasta la edad de 30 años. La investigación reveló que cuanto más tiempo sean amamantados los bebés, mayor coeficiente intelectual alcanzan (hasta cuatro puntos más que quienes tienen pocas semanas de lactancia). Además, logran más años de estudio y perciben mayores ingresos en su adultez.

Nace la empatía. Con respecto al desarrollo social y afectivo, en los dos primeros años de nacido el ser humano aprende la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Claro que es un proceso que se perfecciona y mejora durante todo el ciclo de la vida, pero es en estos primeros años cuando se sientan las bases de la empatía, esa extraordinaria capacidad de percibir y sentir lo que afecta a los semejantes. Asimismo, se arraigan distintos valores, como la solidaridad, se adquieren habilidades para el autocontrol y se va aprendiendo a expresar emociones.

Todas estas habilidades y destrezas sociales y afectivas les permitirán una convivencia saludable, les ayudará a ser personas más plenas y más comprometidas con sus pares y con las demás especies del planeta.

Nuestros niños no merecen heredar pobreza y desigualdad. Atacar estos flagelos depende de cada uno de nosotros y, claro, del Gobierno y las municipalidades, que con políticas de apoyo y promoción a la familia, pueden aprovechar esa gran ventana de oportunidad que constituyen los primeros mil días.

Construir desde la infancia la sociedad justa, equitativa y sostenible a la que todos aspiramos no solo es la mejor inversión que pueda hacer un país en su capital humano, sino que constituye un tema de respeto a los derechos humanos.

La autora es experta en políticas sociales con énfasis en primera infancia.

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