11 noviembre, 2014

BERLÍN – “La guerra”, dijo el antiguo filósofo griego Heráclito, “es el padre de todas las cosas”. En vista de los sangrientos –y, en verdad, bárbaros– acontecimientos habidos en Oriente Medio (y en Irak y en Siria, en particular), podríamos sentir la tentación de convenir al respecto, aunque esas ideas parecen estar ya fuera de lugar en la concepción del mundo posmoderna de la Europa actual.

Los triunfos militares del Estado Islámico en Irak y en Siria no solo están avivando una catástrofe en materia humanitaria, sino también sumiendo en el caos las alianzas existentes en esa región e incluso poniendo en tela de juicio las fronteras nacionales. Está surgiendo un nuevo Oriente Medio, que ya difiere del orden antiguo en dos sentidos importantes: un mayor papel para los kurdos e Irán, y una menor influencia de las potencias suníes de la región.

Oriente Medio no solo afronta el posible triunfo de una fuerza que intenta alcanzar sus objetivos estratégicos mediante matanzas y esclavización en masa (por ejemplo, de las mujeres y las muchachas yazidíes). Lo que también está resultando patente es el desplome del antiguo orden de la región, que se había mantenido más o menos inalterable desde el fin de la Primera Guerra Mundial y, con él, el declive de las potencias estabilizadoras tradicionales.

La debilidad política de dichas potencias –ya sean protagonistas mundiales como los Estados Unidos o regionales como Turquía, Irán y Arabia Saudí– ha provocado una notable inversión de los papeles en la dinámica del poder en esa región. Aunque los Estados Unidos y la Unión Europea siguen clasificando el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) como una organización terrorista (cuyo fundador, Abdullah Öcalan, está encarcelado en Turquía desde 1999), solo los combatientes del PKK son capaces, al parecer, de impedir que el Estado Islámico siga avanzando, y están dispuestos a hacerlo. A consecuencia de ello, el destino de los kurdos ha pasado a ser una cuestión candente en Turquía.

Turquía es miembro de la OTAN y cualquier violación de su integridad territorial podría activar fácilmente la cláusula de defensa mutua del Tratado del Atlántico Norte. Y la cuestión kurda entraña la posibilidad de un conflicto mucho más amplio, pues la condición de Estado para ese pueblo amenazaría también la integridad territorial de Siria, Irak y, probablemente, Irán.

Y, sin embargo, al combatir al Estado Islámico para defender sus vidas, los kurdos han conseguido una nueva legitimidad: una vez que hayan acabado los combates, no olvidarán sencillamente sus ambiciones nacionales ni la amenaza mortal que afrontaron. Y no han sido solo la unidad y la bravura de los kurdos las que han aumentado su prestigio; es que han llegado a ser cada vez más un ancla de estabilidad y un socio pro occidental fiable en una región en la que esas dos cosas escasean.

Así, Occidente se encuentra ante un dilema: dada su renuencia a comprometer sus propias fuerzas en el terreno en una guerra que, como sabe, debe ganar, deberá armar a los kurdos –no solo a las milicias peshmergas kurdas del norte de Iraq, sino también otros grupos kurdos– con armamento más avanzado, cosa que no agradará a Turquía –o, más probablemente, a Irán–, razón por la cual, para resolver la cuestión kurda, hará falta una gran inversión de pericia y compromiso diplomáticos por parte de Occidente, la comunidad internacional y los países interesados.

Pero el mayor vencedor regional podría ser Irán, cuya influencia en Irak y Afganistán recibió un importante impulso por la política de Estados Unidos durante la presidencia de George W. Bush. La cooperación iraní es esencial para lograr soluciones estables en Irak y en Siria, y ese país desempeña un papel importante en el conflicto palestino-israelí y en el Líbano.

Resulta imposible esquivar a Irán en la búsqueda de soluciones para la infinidad de crisis que se dan en esa región. En realidad, en la lucha contra el Estado Islámico, ni siquiera una limitada cooperación militar entre los Estados Unidos e Irán parece ya quedar descartada.

Sin embargo, no será en los campos de batalla donde se resolverá la cuestión estratégica decisiva, sino en las diversas negociaciones sobre el programa nuclear de Irán. Si se logra una avenencia (o, incluso, una prórroga a corto plazo del actual acuerdo provisional, con una perspectiva realista para un acuerdo final), el papel regional de Irán llegará a ser más fuerte y más constructivo, pero ese resultado sigue siendo muy incierto.

La cuestión nuclear entraña otra importante y oculta: la de la relación de Irán con Israel, en cuya frontera septentrional con el Líbano se encuentra Hezbolá, el socio más fiel de Irán en esa región. Hezbolá sigue comprometido con la destrucción de Israel, e Irán le suministra armas potentes y, a ese respecto, no se debe esperar, lamentablemente, cambio importante alguno.

Esto es lo que, al menos, está claro respecto del nuevo Oriente Medio: será más chií e iraní, y más kurdo, lo cual lo volverá también mucho más complicado. Las antiguas alianzas (y conflictos) dejarán de ser evidentes como en el pasado, aun cuando persistan.

Aparte de eso, lo único que podemos decir es que Oriente Medio seguirá siendo el barril de pólvora de la política mundial en el siglo XXI. Su estabilización, si bien reviste gran interés, será difícil de lograr, y solo mediante una complicada combinación de medios militares y diplomáticos. No es probable que una sola potencia mundial lo logre por sí sola.

Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores de Alemania y vicecanciller de 1998 al 2005, fue un dirigente del Partido Verde Alemán durante casi 20 años. © Project Syndicate.