31 mayo, 2014

LAGUNA BEACH – Llevar en auto a mi hija de 11 años a la escuela no solo es divertido, sino que muchas veces me deja pensando. Como días atrás, cuando ella me hizo notar algo acerca de Frozen (la aclamada película de Disney) que a mí se me había escapado por completo. Me dijo: “Es raro ver una película de Disney donde al final nos dicen que no nos casemos con alguien a quien acabamos de conocer”.

Cerca del principio de la película, la princesa Anna conoce al príncipe Hans en el baile de coronación de su hermana, la princesa Elsa. Inmediatamente llega el flechazo y, claro, se “enamoran”. Enseguida el príncipe propone casamiento y ella acepta, pero Elsa se niega a bendecir la unión.

A Anna le lleva la mayor parte de la película descubrir que Hans es un malvado que planea deshacerse de ella y de su hermana mayor para tomar el control del reino. Pero, afortunadamente, en el transcurso de sus aventuras conoce a un plebeyo estupendo llamado Kristoff que, a diferencia de Hans, es sincero y confiable, y los dos terminan juntos.

Después de tantas décadas de ver películas de Disney, ya estamos condicionados a esperar que las princesas y sus príncipes encantadores se enamoren enseguida y “vivan felices para siempre”. Y, cuando aparecen problemas y obstáculos (algo que sucede sobre todo en las películas más recientes), se los supera rápidamente (y con humor).

Algo similar pasó con la economía: durante muchos años, los inversores que se enamoraron (rápida y decididamente) de las nuevas medidas adoptadas por la Reserva Federal de los Estados Unidos fueron generosamente recompensados. De hecho, el romance entre ambas partes siguió el guion de la Disney casi punto por punto. Sí, de vez en cuando pudo haber algún problema, pero se lo superó en poco tiempo. Y el romance terminó con las dos partes viviendo felices: la Reserva Federal, porque se considera en mejores condiciones de cumplir su doble mandato (alto empleo e inflación estable), y los inversores, porque ven ante sí oportunidades de obtener considerables ganancias financieras.

Fue una relación tan cómoda que los inversores tomaron por norma no tratar nunca de oponerse a la Reserva. Y por buenos motivos. La Reserva Federal es el banco central más poderoso del mundo. Posee la imprenta de la que sale la principal moneda de reserva del mundo, disfruta de un importante grado de independencia política y no tiene miedo de usar su considerable autonomía operativa.

Los inversores también saben que la Reserva Federal los necesita para transmitir la influencia de sus políticas y para cumplir su mandato, al que, en la práctica, en años recientes se le agregó, acertadamente, la búsqueda de la estabilidad financiera. Esto llevó a la Reserva Federal a volverse mucho más “transparente” de cara a los mercados y compartir más abiertamente sus minutas y las transcripciones de sus reuniones de discusión de políticas. Incluso se hizo costumbre que la Presidencia de la Reserva celebre periódicamente conferencias de prensa que son seguidas con atención en todas las bolsas del mundo.

El romance se volvió particularmente intenso después de la crisis financiera global del 2008, especialmente porque, para salir del caos que envolvió a los mercados de capitales y casi hunde a la economía mundial en una profunda depresión, la Reserva tuvo que usar una variedad de medidas no convencionales que la llevaron a involucrarse más en el funcionamiento de los mercados, la valoración de los activos y la fluctuación de sus cotizaciones. Al mismo tiempo, los mercados se volvieron mucho más dependientes de la Reserva Federal, esperan que les prodigue más atención y apoyo, y puede que hagan un berrinche si sus expectativas no son satisfechas (como ocurrió un año atrás).

Al principio, los responsables de la Reserva estaban bien dispuestos a cultivar este romance como medio para cumplir sus objetivos políticos más amplios: crecimiento, empleo, inflación estable y estabilidad financiera. Pero, de un tiempo a esta parte, algunos empezaron a sentirse incómodos y a advertir que esta codependencia alienta a los inversores a correr riesgos excesivos y, en algunos casos, puede impulsar burbujas financieras. A algunos les preocupa también que pueda debilitar la independencia política de la Reserva Federal. Hace solo dos semanas, Jeremy Stein, director saliente de la Reserva Federal, declaró que la institución está en medio de una transición hacia una política por la que la orientación que ofrece a los mercados sobre sus planes será “más cualitativa” y “menos determinista”; es decir, más vaga.

Como a la princesa Anna en Frozen , a los mercados les llevará algún tiempo darse cuenta de que su relación con la Reserva está cambiando (y que está bien que así sea). Y, lo mismo que en la película, hasta que todos comprendan la nueva situación pueden surgir conflictos. Pero aun así, es indudable que el resultado no será tan dramático como en la película, al menos porque, a diferencia de Hans, la Reserva Federal no pretende tomar el control de los mercados.

Así que el romance sobrevivirá, aunque seguramente no será ni tan intenso ni tan incondicional. Solo cabe esperar que, llegado el momento, una economía más vigorosa cumpla el papel que en la película tuvo Kristoff.

La mejor historia de amor para los mercados, y la más sostenible, depende de una economía real fuerte y dinámica que crea empleos y oportunidades para más y más personas. Lamentablemente, a tal respecto, todavía es demasiado pronto para saber si viviremos felices para siempre.

Mohamed A. El-Erian es jefe de asesores económicos y miembro del Comité Ejecutivo Internacional de Allianz, presidente del Consejo de Asesores en temas de desarrollo global para el presidente Barack Obama, y autor del libro Cuando los mercados chocan. © Project Syndicate.