El programa de Macron incluye golpes mortales al insostenible Estado de bienestar francés

 4 junio

Macron ya está en la historia. Es un hecho irreversible. Entró como relámpago inesperado en las turbulentas aguas de una Europa fatigada y una Francia decaída, rescatadas ambas, al borde mismo de un mortal asalto populista. La prensa da cuenta del cambio de ánimo en el país del pesimismo crónico, del existencialismo derrotista y de aquel romanticismo que daba bienvenida a la tristeza. Pero en Costa Rica bien se sabe que es más difícil dejar huellas de significancia que triunfar de forma aparatosa y sorpresiva.

La victoria de Macron es un caso insólito de manejo perfecto de la opinión pública con propuestas dolorosas. Su mérito es haber tenido el coraje de rehusarse a seguir alimentando el usual clientelismo de las dádivas sociales, sustento de un sistema de privilegios que divide a los franceses. Llegó prometiendo escenarios peores, como condición indispensable para mejorar la realidad. Su programa incluía golpes mortales al insostenible Estado de bienestar francés, con su sistema de transferencias para entrenamiento laboral en manos de los sindicatos, que beneficia a los que ya tienen trabajo en detrimento de los desempleados.

Prometió reducir impuestos a las empresas, unificar los 37 esquemas de pensiones existentes en un sistema universal, para que “todos reciban la misma pensión por cada euro cotizado” y aligerar la abultada maquinaria burocrática, con más de 120.000 despidos.

Esos fueron algunos de sus poco populares compromisos. Pero con mayor potencial explosivo, también previno que acometería una profunda reforma laboral facilitando despidos, eliminando onerosas cargas de indemnización por cesantía y limitando la facultad judicial de reinstalación laboral.

Otro de sus ejes es eliminar el poder de veto de los grandes sindicatos nacionales que restringen la facultad de negociación de las organizaciones obreras locales con sus empresas para mayor diversidad y competitividad en el mundo empresarial.

Oposición. Con toda y esa crudeza, arrasó. Pero macronitas de hueso colorado son solo el 24% del electorado, su voto duro de primera ronda. En su victoria definitiva, en cambio, un 63% de quienes le apoyaron lo hicieron solo para detener a Le-Pen, sin suscribir su programa. Poco creíble es pensar que tareas que tocan tantos intereses creados son posibles de cuajar sin enfrentar encarnizada oposición.

Sus propuestas no son nuevas. De vieja data es la necesidad de flexibilizar las condiciones laborales de un código que pesa 1,5 kg. En eso Francia acusa un deplorable retardo. Desde Sarkozy y Hollande, varios gobiernos han visto naufragar reformas a un rígido sistema legal de 400.000 regulaciones de negocios, 11.500 leyes y 360 diferentes tipos de impuestos.

Se entiende el centro que promueve Macron porque las grandes contradicciones actuales son producto de situaciones que no existían cuando se definieron las corrientes tradicionales de izquierda y derecha: globalización contra nacionalismo, humanismo contra xenofobia, urbes cosmopolitas contra periferia empobrecida. Pero eso no significa que haya desaparecido la gran oposición entre equidad social y eficiencia de mercado.

Lo que se ha perdido es una visión política de cohesión social que hermane por encima de las brechas. En la consigna histórica de Francia se ha desdibujado la palabra fraternité.

Privilegios. Mientras tanto, cada cual defiende lo que considera sus “derechos adquiridos”. Las conquistas sociales históricas se contraponen, anacrónicas, desde el pasado contra el futuro. Es la ley de las argollas. Son los grandes sindicatos como centros de privilegios. Las élites defendiendo sus feudos y dejando abandonado al tiers état de los que no tienen prerrogativas diferentes a su ciudadanía de a pie.

Así las cosas, el programa de Macron es la crónica anunciada de una colisión social inevitable y de resultados inciertos. Al fin y al cabo, no son las elecciones, sino la calle el escenario obligado de la política social francesa. Ahí topan con muro las mejores intenciones.

La apuesta de Macron es mejorar las condiciones de atracción de inversiones, y ofrece eficiencia de costos, flexibilidad laboral y menos riesgos asociados a una judicialización del mercado de trabajo. Se precariza, como en Holanda, la seguridad laboral a cambio de condiciones que generen empleos.

Macron espera una mejora de la competitividad que fomente la inversión y genere el crecimiento económico largamente esperado.

Interrogantes. Por otro lado, muchas interrogantes se abren al programa de Macron. ¿Quién asegura que facilitar despidos no aumentará el desempleo? ¿Acaso no es cierto que la inversión moderna automatizada crea pocos puestos de trabajo? Macron dice que lo resolvería con masivas inversiones públicas en infraestructura. Pero ¿de dónde sacaría los fondos en una economía estancada, donde el Estado ya absorbe el 57% del PIB, con una deuda pública enorme? ¿Le dará Merkel margen a mayor endeudamiento?

Y le está vedada otra de las condiciones básicas para mejorar la competitividad francesa. Su política macroeconómica no puede recurrir a la devaluación de una moneda que es más alemana que francesa. Restringe su margen de maniobra la camisa de fuerza del euro, que encierra en el mismo saco, como homogéneas, diferentes productividades, sistemas laborales y condiciones financieras. Por eso el escenario de su mandato va más allá de sus propias fronteras y cae en territorio teutón.

Para triunfar en Francia, necesita una victoria en Europa, y para ser escuchado en Europa, necesita haber prevalecido en Francia. Y sus propuestas europeas son todavía más audaces que su plataforma francesa.

Sin importar la fuerza que le otorguen las elecciones parlamentarias, esos son los laberintos de Macron. En sus dilemas, nacionales y europeos, se juega el futuro de Francia, de Europa y, tal vez, del mundo. Ya no importa cómo ingresó a la historia. Lo que importa es cómo saldrá, porque en esa puerta de salida está Le Pen.

La autora es catedrática de la UNED.