25 junio, 2014

RÍO DE JANEIRO – Preparado, o no, Brasil está desplegando la alfombra para dar la bienvenida a los aficionados deportivos de todo el mundo. En cuanto el reloj marque el fin del partido final de la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA, ese país reanudará los preparativos para albergar los Juegos Olímpicos del 2016.

Pero, justo cuando Brasil entra en el círculo de luz de los reflectores internacionales, mantiene considerables obstáculos frente a la economía mundial, con lo que perjudica sus perspectivas para el crecimiento y la prosperidad futuros. En un mundo que está volviéndose constantemente más interconectado, Brasil corre el riesgo de quedarse rezagado.

Brasil se ha alzado hasta el séptimo puesto mundial por el tamaño de su economía, impulsada por un auge de los productos básicos, un dividendo demográfico y un aumento del consumo. Sin embargo, ocupa el puesto 95 en PIB por habitante. Se puede explicar, en parte, esa disparidad por su puesto 43 en “conectividad” desde el punto de vista de las corrientes de bienes, servicios, finanzas, personas, y datos y comunicaciones.

Al haberse aislado de los efectos benéficos de la competencia mundial, Brasil está minando el impulso que tanto necesita, lo cual tiene graves consecuencias para los hogares, la mayoría de los cuales han experimentado solo un moderado aumento de los ingresos en los últimos años. Si bien Brasil ha reducido a la mitad su tasa oficial de pobreza desde el 2003, unos precios de los artículos de consumo prohibitivamente elevados y unos tipos de interés astronómicos de las tarjetas de crédito (un 145% por término medio) han impedido a muchos de los que han escapado de la pobreza alcanzar los estilos de vida de las clases medias.

Para elevar a la mitad de la población aún vulnerable hasta la categoría de clase media, Brasil necesitará un crecimiento anual del PIB del 4,2%, por término medio, hasta el 2030, meta que se puede alcanzar triplicando el aumento de la productividad. Puede ser un objetivo ambicioso, pero es alcanzable, sobre todo si Brasil llega a integrarse más profundamente en los mercados mundiales y en las redes de producción multinacionales.

JOHN OVERMYER
JOHN OVERMYER

En realidad, una evaluación de cómo afectan las conexiones mundiales al crecimiento económico indica que, manteniéndose más en contacto con el mundo, Brasil podría aumentar su tasa anual media de crecimiento del PIB en hasta 1,25 puntos porcentajes, lo que impulsaría su economía para recorrer la tercera parte, aproximadamente, de la vía para la obtención de unos ingresos mayores y mejores niveles de vida.

Como la conectividad mundial está experimentando una profunda transformación, ahora es el momento de establecer asociaciones decisivas y obtener participaciones en los mercados. Con ello, Brasil conseguiría el acceso a innumerables oportunidades de crecimiento. También cosecharía los beneficios de la competencia mundial, que obligaría a las empresas locales a conseguir una mayor eficiencia aplicando procesos de agilización, invirtiendo en investigación e innovación o adoptando las tecnologías más recientes. La apertura al mundo insufla dinamismo a las cadenas de suministro y permite a las empresas absorber más innovaciones, tecnologías e ideas de las que están surgiendo constantemente a escala mundial.

Durante decenios, la política económica de Brasil se ha beneficiado de la potencia de su enorme mercado interno y ha protegido las industrias locales mediante un completo sistema de subvenciones, impuestos y aranceles, pero las exportaciones equivalen a solo el 13% del PIB, muy por debajo del nivel de la India (24%) o de México (33%). Además, la rápida apreciación del tipo de cambio del real, impulsada por unos precios altos de los productos básicos, ha disminuido la competitividad de las exportaciones. A consecuencia de ello, del 2005 al 2012 el superávit comercial de Brasil en materia de productos manufacturados, de $20.000 millones, dio paso a un déficit de $45.000 millones. Para aumentar las exportaciones, Brasil tendrá que desarrollar aptitudes y capacidades distintivas, en particular en las industrias adyacentes a los productos básicos.

Pese a las medidas encaminadas a liberalizar el comercio, la reforma ha sido irregular. En la industria automovilística, muy protegida, la imposición de unos aranceles elevados a las importaciones ha alentado a los fabricantes extranjeros de automóviles a establecer fábricas en Brasil, pero su productividad sigue siendo escasa. Las fábricas de automóviles de México, por ejemplo, producen el doble de vehículos por trabajador y Brasil exporta solo una parte pequeña de los vehículos que produce.

Esa situación contrasta profundamente con el éxito de Brasil en el desarrollo de unos sectores aeroespacial y agrícola mundialmente competitivos. Una diferencia decisiva fue la insistencia de las autoridades en impulsar la investigación y la innovación en dichos sectores antes de reducir el papel directo del Estado en ellos.

El comercio de bienes de Brasil sufre también por la insuficiencia de las redes de transporte y comunicaciones del país. El sistema ferroviario es limitado y solo el 14% de las carreteras está asfaltado, lo que no es de extrañar en vista de que la inversión en infraestructuras representó tan solo el 2,2% del PIB, por término medio, en el período 2000-2011, muy inferior a la media mundial. Brasil puede mejorar esa ejecutoria utilizando los beneficios de los yacimientos de petróleo cercanos a sus costas que está desarrollando actualmente.

En cuanto al comercio de servicios, sector en el que los resultados han sido deslucidos en el mejor de los casos, Brasil se beneficiaría considerablemente de un aumento del dominio de lenguas extranjeras, que permitiría a más brasileños hacer negocios en el extranjero. También el turismo ofrece un importante potencial de crecimiento, en particular si Brasil aprovecha la estupenda oportunidad que representa la organización de la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos.

El programa de conectividad de Brasil debería incluir también medidas encaminadas a atraer más talento extranjero. Los migrantes especializados han sido esenciales para el crecimiento de algunos de los centros más destacados de tecnología e innovación: de Silicon Valley a Irlanda, pasando por la India y Taiwán.

Actualmente, solo el 0,5% de la fuerza laboral de Brasil es de origen extranjero, frente a más del 5% a comienzos del decenio de 1900.

Brasil está rezagado también en materia de corrientes de datos y comunicaciones, en parte porque un gran porcentaje de la población carece de acceso a la red Internet. Con unas mejores conexiones digitales, Brasil obtendría nuevas oportunidades para mejorar la productividad y la innovación. ¿Qué mejor lugar que Brasil, con su enorme mercado de consumo en aumento, para incubar el próximo Facebook? Si parece inverosímil, considérese lo siguiente: el cofundador de Instagram, Mike Krieger, es un brasileño que abandonó su país para buscar fortuna en San Francisco.

Este mes, la Copa Mundial de Fútbol va a llevar al mundo a Brasil. Corresponde a este invitarlo a quedarse.

Matt Slaughter, investigador de la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas, es profesor en la Escuela Tuck de Administración de Empresas de Dartmouth, donde dirige el Centro de Negocios Mundiales y Gobierno.

Jaana Remes es socia del Instituto Mundial McKinsey. © Project Syndicate.

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