Sandro construyó el Centro de Rescate Jaguar, uno de los más importantes del país

Por: Diego Bosque 2 abril, 2016

En los últimos días se nos ha erizado la piel al ver a varias personas arrastrar una tortuga atada a un automóvil por una enlodada calle de Limón. Minutos después, le arrancan cabeza y aletas con un hacha, luego exhiben sus partes ensangrentadas como si fuese un trofeo.

Al ver el video, rebotaban en mi cabeza las palabras de Sandro Alviani, conservacionista italiano radicado en Costa Rica desde el 2003. Sandro, quien falleció hace poco más de un mes decía: “Prefiero a los animales que a los seres humanos (…). El ser más estúpido de la tierra, yo incluido, es el ser humano, porque es la única criatura que no respeta el ambiente donde vive”.

La cruel escena de los jóvenes limonenses contra la indefensa tortuga demuestra que Sandro tenía razón.

Paradójicamente, este hecho ocurrió cerca del Caribe sur, sitio que Sandro convirtió en un santuario para los animales.

Junto con su pareja, Encar García, construyó el Centro de Rescate Jaguar, uno de los más importantes en el país, donde, gracias a su labor y a la de decenas de voluntarios, la vida de cientos de animales es salvada todos los años.

Además del centro, abrieron la reserva biológica privada La Ceiba, en el corazón de Manzanillo. Allí, los animales son liberados tras su recuperación.

Conciencia. Varias veces vi a Sandro y a su equipo salir corriendo a socorrer a un oso perezoso atropellado, a un mono que colgaba del cableado eléctrico, a un águila agonizante a la orilla de un río contaminado o a un ocelote macheteado por campesinos.

Sandro era lo opuesto a los estúpidos que arrastraron la tortuga. El día de su muerte, hasta el presidente de la República envió un video de condolencias a su familia.

“Soy esclavo de los animales, vivimos para ellos”, decía constantemente. Ahora debe estar en el cielo junto a Pit, el mono que más amó, lejos de los desalmados que no soportan el aullido de los monos al amanecer.

El hombre tenía un don. En varias oportunidades vi a los tucanes, de forma natural, posarse sobre su hombro mientras él conversaba en medio del bosque o del centro de rescate.

Al meditar en la entrega de Sandro por los animales y el desprecio total mostrado en el lamentable video, me pregunto: ¿Qué motiva a un grupo de personas a comportarse como cavernícolas frente a una tortuga indefensa? ¿Por qué tanta crueldad?

Quienes aparecen en el video sabían lo que hacían. Ellos mismos advierten, al final de la grabación, que si las imágenes llegaban a las redes sociales –como finalmente ocurrió– terminarían en la cárcel. Por eso debe caer sobre ellos todo el peso de la ley.

Y con respecto a Sandro... tenía razón. Hasta siempre, querido amigo.

El autor es periodista de La Nación.