12 septiembre, 2015

Según una vieja historia –posiblemente falsa, pero útil como ejemplo–, a un niño le pidieron donar sangre para salvar la vida de su hermano. El niño aceptó y, una vez que se la extrajeron, preguntó en cuánto tiempo moriría porque creyó que estaba entregando su vida para salvar la otra.

Si la historia es cierta, a muy pocas personas se les ocurriría burlarse del niño, porque nadie muere por donar sangre, pues, aunque su creencia era errónea, su acto de entrega fue absolutamente auténtico.

No voy a decir “la verdad” sobre la fecundación in vitro (FIV) porque hay criterios fundamentados a favor y en contra, tanto desde el derecho como desde la ética y la investigación médico-científica. Basta con leer la sentencia de la Corte IDH y el voto disidente para darse cuenta de ello.

No entraré en detalles porque estoy seguro de que todos los que están inmersos en esta discusión habrán prestado atención sincera y crítica a ambas posiciones antes de tomar partido.

Las personas a favor de la técnica estarán absolutamente convencidas de que están defendiendo el derecho a la reproducción y que ninguna vida se perderá en el proceso. Aunque quizá estén equivocados.

Los que asumen una posición en contra estarán absolutamente convencidos de que la aplicación de la técnica segará vidas humanas inocentes. Y aunque quizá estén equivocados, su convicción totalmente auténtica merece el mayor de los respetos.

Es incomprensible que se ofenda y repudie a quien defiende la vida de alguien más, porque, aunque usted suponga que está en un error y ninguna vida corre peligro, esa otra persona así lo cree.

Por ello, quienes renuncian a su derecho a ser padres porque creen estar protegiendo algo aún mayor –tengan razón o no– merecen tanto mi admiración como la suya, sobre todo, ante tanto insulto que se les lanza.

Cuando los de cada lado de la palestra estemos dispuestos a comprender la posición del otro, en lugar de atacarlo desde la nuestra, quizá recuperemos aquella posibilidad de diálogo que nos humaniza.

Yo escucho a ambas partes (mientras dialoguen y argumenten) y estoy convencido de que hay una duda razonable. Porque si me dijeran que para alcanzar algo que deseo mucho (tener un hijo, por ejemplo) debo disparar sin mirar a dónde, pero existe la posibilidad de matar a alguien, le ruego me disculpe si le parezco iluso o retrógrado, pero yo no disparo.

Rafael León Hernández es psicólogo.