24 julio, 2014

TEL AVIV – La desintegración del Estado iraquí, espoleada por el rápido avance de los militantes del Estado Islámico en Irak y Siria (ISIS), sorprendió a norteamericanos y europeos con la guardia baja, y ahora volvieron a su tendencia habitual a la autoflagelación. De hecho, un alto porcentaje de la responsabilidad por el tumulto en Irak –para no hablar de Siria– sin duda recae en el pernicioso legado colonial y las políticas erróneas de Occidente en el Medio Oriente árabe. Pero, en última instancia, la agitación en el mundo árabe refleja el difícil encuentro de una civilización antigua con los desafíos de la modernidad.

Sin duda, la aventura iraquí del presidente norteamericano George W. Bush estuvo calamitosamente mal concebida, como lo estuvo la subsiguiente imposibilidad del presidente Barack Obama de dejar una fuerza residual adecuada en Irak después de que Estados Unidos retiró sus tropas. Por cierto, la partida apresurada de Estados Unidos permitió que el ISIS ganara terreno, desdibujando al mismo tiempo la frontera con Siria. En su esfuerzo por forjar un estado islámico, el ISIS invadió Siria desde Mosul mucho antes de que invadieran Mosul desde Siria.

Pero la historia frecuentemente está forjada por fuerzas impersonales abrumadoras –como la religión, la identidad étnica y las actitudes culturales– que no son receptivas a las soluciones basadas en la fuerza, mucho menos a la intervención de ejércitos extranjeros. Aun si Estados Unidos nunca hubiera invadido Irak, no es descabellado suponer que la transición del liderazgo de Saddam Hussein habría sido violenta, con un desenlace muy similar al de Siria hoy o al de Yugoslavia en los años 1990, cuando una brutal guerra civil terminó en la división del país según líneas étnicas.

En su famoso ataque al determinismo, el filósofo Isaiah Berlin no negaba que los factores estructurales pudieran ser un motor de la historia; simplemente rechazaba su uso como pretexto para evitar la responsabilidad moral. Si bien las élites árabes no podían controlar, digamos, las fuerzas del imperialismo occidental, el hecho de que no reconocieran su parte de responsabilidad por los problemas que aquejan a las sociedades árabes modernas representa una traición de sus pueblos.

Hoy en día, el dilema árabe es, en su núcleo, una crisis del concepto del Estado árabe. Los árabes desde hace mucho vienen denigrando el concepto étnico de nacionalismo de Israel, con el argumento de que la religión no es una base legítima para la categoría de Estado, como si los países europeos no hubieran nacido como repúblicas cristianas y lo siguieran siendo durante siglos, y como si los países árabes alrededor de Israel fueran un monumento a la diversidad religiosa y étnica.

De hecho, los países árabes están implosionando precisamente por su incapacidad para reconciliar esta diversidad. Por supuesto, esa lucha no es exclusiva de los países árabes. En el caso de Europa, crear una unión pacífica y cuasi federal demandó dos guerras mundiales y un nuevo trazado de las fronteras nacionales mediante una depuración étnica, y todavía hoy se ve desafiada por movimientos xenófobos y nacionalistas. Del mismo modo, el experimento multiétnico de Yugoslavia terminó de manera violenta luego del colapso de su dictadura.

La lucha del mundo árabe por crear un orden sociopolítico viable no será más fácil. De hecho, Siria e Irak –hoy compuesto por cuasi Estados kurdos, chiitas y sunitas separados, con estos últimos propagándose hacia Siria– podrían no ser los últimos países en la región en enfrentar desafíos a las fronteras arbitrarias establecidas en la región por las potencias coloniales a fines de la Primera Guerra Mundial.

Las revoluciones de la Primavera Árabe no tienen que ver solo con el anhelo de democracia de la nueva generación árabe, anhelo que aún no está cumplido en absoluto. Hoy tienen que ver esencialmente con la frustración de larga data de las minorías que estuvieron ignoradas en la era poscolonial y fueron reprimidas por los autócratas que buscaban imponer la unidad en sociedades multiétnicas.

Hoy, Oriente Medio está experimentando el colapso de la noción de que los Estados árabes pueden amoldarse religiosamente a sociedades diversas. Este no es un problema que una potencia extranjera pueda resolver.

El error que cometió Estados Unidos en Oriente Medio ha sido intentar interrumpir el proceso de maduración que exigen los grandes cambios históricos. De hecho, al invadir Irak, Estados Unidos en efecto intentó eludir la lógica del ciclo histórico.

Si Europa tuvo que padecer siglos de guerras religiosas y dos guerras mundiales sucesivas para resolver sus disputas nacionales y étnicas, ¿cómo podía imaginar Estados Unidos que iba a poder exportar democracia y respeto por las minorías a Oriente Medio en las alas de F-16? Es revelador que las dos transiciones democráticas más exitosas en el mundo árabe en los últimos años –Túnez y Kurdistán– ocurrieran con una mínima intromisión de Occidente.

El futuro del Oriente Medio árabe está en manos de sus pueblos, y la historia no da lugar a atajos. Al igual que todas las otras civilizaciones en la historia, los árabes deben involucrarse en un largo proceso de prueba y error destinado a superar sus desafíos estructurales, un proceso que probablemente se prolongue durante gran parte del siglo XXI.

Por más perniciosas que puedan haber sido las políticas occidentales, las fuerzas islamistas son un resultado natural en tierras árabes, una respuesta genuina a los fracasos del nacionalismo árabe secular y el Estado árabe moderno. Esto no quiere decir que Occidente no pueda ofrecer alguna ayuda. Pero debe hacerlo con humildad y sensibilidad cultural, utilizando diplomacia inteligente en lugar de “ataques contraterroristas”.

Shlomo Ben Ami, exministro de Relaciones Exteriores israelí, es vicepresidente del Toledo International Center for Peace. © Project Syndicate.

Etiquetado como: