21 diciembre, 2015

Una vez más Mauricio Herrera, en su condición de ministro de Comunicación, ha metido la pata. Al tratar de justificar el volumen de la comitiva presidencial para la visita a Cuba, se expresó de una forma que, con toda razón, fue interpretada por el grueso de la ciudadanía como una ofensa a su inteligencia.

Afirmar que los ciudadanos de a pie no son capaces de entender la trascendencia de la visita presidencial a Cuba –que, entre otras cosas, justifica la voluminosa comitiva– deslizó, quizá sin proponérselo, que el tico promedio no tiene ni la información, ni el criterio ni, probablemente, la inteligencia para entender estos temas.

La afirmación de Herrera es ofensiva y carente de fundamento: entender que no se necesita una comitiva de 32 funcionarios para una visita prácticamente de cortesía y reaccionar críticamente frente a este hecho, contrario a lo que supone o insinúa el ministro, es la comprensión correcta de un hecho que lleva aparejada una reacción crítica más que justificada.

Lo que no es justificable es el tamaño de la comitiva y la declaración del ministro, obligado por su cargo, a defender lo indefendible. El problema para don Mauricio es que le ha tocado hacer de vocero político de un gobierno con una extraordinaria vocación para hacer mal hasta las cosas buenas.

Don Mauricio es un buen periodista, pero ha quedado en evidencia que es un mal comunicador político: no mide las consecuencias de sus palabras, se enoja con facilidad y tiende a lanzar invectivas que terminan ofendiendo, incluso, a quienes no deseaba ofender.

Los problemas de comunicación de los gobiernos, salvo el primero de Oscar Arias, ha sido una debilidad compartida desde siempre. Oscar Arias, Rodrigo Arias –su hermano y ministro de la Presidencia– y Guido Fernández han sido los únicos que entendieron cuál es el papel de un ministro de Comunicación: coordinar el contenido del mensaje estratégico, el lenguaje que se utilizará para comunicarlo, las fuentes llamadas a hacerlo, así como los canales y formas en que llegará al público meta que no es otro que los ciudadanos de a pata.

Don Mauricio, al igual que la mayoría de sus predecesores en el cargo, no ha sido capaz de articular estratégicamente el proceso de comunicación política –no confundir con propaganda o publicidad– y, en su lugar, para sentir que ayuda en algo, se ha convertido en un vocero para lo humano y lo divino, sustituyendo a las fuentes llamadas a comunicar lo que corresponda según sus cargos y, en muchos casos, como en el presente, a hacer la ingrata labor de defender lo indefendible y hacerlo mal.

El autor es abogado.