¿Debería la gente decente colocar su dinero en fondos de bonos de mercados emergentes?

 27 mayo

CAMBRIDGE – La inversión suele crear dilemas morales en cuanto a sus metas: ¿se debería buscar solo que a uno le vaya bien o también hacer el bien? ¿Es apropiado invertir en empresas tabacaleras? ¿O en compañías que venden armas a bandas de narcotraficantes?

La reciente popularidad de los llamados fondos de inversión de impacto, que prometen retornos buenos y al mismo tiempo promueven objetivos sociales o ambientales, se basa en esta preocupación. Las fundaciones a menudo descubren que estos instrumentos de inversión les ayudan a hacer el bien tanto con el dinero que gastan en filantropía, como con las inversiones que hacen con su patrimonio, cuyos retornos permiten financiar su filantropía.

Hoy día, lo que tendría que causar incomodidad moral son los mercados emergentes como inversión. ¿Debería la gente decente colocar su dinero en fondos de bonos de mercados emergentes?

Los retornos del índice de bonos de mercados emergentes (Emerging Market Bond Index o EMBI+, por su significado en inglés) de JP Morgan se encuentran profundamente influenciados por lo que ocurra en Venezuela. La razón es simple: aun cuando este país constituye apenas alrededor del 5% del índice, representa cerca del 20% de su rendimiento, ya que la rentabilidad de la deuda venezolana es casi cinco veces más alta que la de los otros países del índice, lo que refleja la enorme prima de riesgo que enfrenta Venezuela. Más aún, la volatilidad de los precios de la deuda venezolana –la más alta del EMBI+– constituye una parte desproporcionada de los movimientos diarios de los precios del índice.

Podemos invertir en el EMBI+ porque este promete rendimientos altos, o porque queremos que un segmento más amplio de la humanidad tenga acceso a nuestros ahorros. En cualquier caso, después de invertir uno estará deseando que a la deuda venezolana le vaya bien, lo que, en el contexto actual, entraña desear que cosas realmente malas les acontezcan a los venezolanos.

Como los medios han informado ampliamente, Venezuela está pasando por uno de los colapsos económicos más calamitosos de la historia mundial, acompañado de dosis masivas de represión política y violaciones de los derechos humanos. De modo que invertir en el EMBI+ significa que uno se alegra cuando los analistas de Wall Street le informan que el país está haciendo pasar hambre a su población con el fin de evitar la reestructuración de los bonos que uno posee.

La alegría se explica fácilmente: las importaciones venezolanas, luego de caer 75% entre el 2012 y el 2016, se han reducido más del 20% en el primer trimestre del 2017. Estas son buenas noticias para los inversores en el EMBI+ porque significan que queda más dinero para el pago de intereses y capital de sus bonos. Mientras tanto, los venezolanos están bajando de peso involuntariamente y buscando alimentos en pilas de basura. Claro, esto es una catástrofe humanitaria, pero para el inversor se trata de una fabulosa oportunidad de inversión.

Ahora supongamos que uno quiere poseer deuda venezolana porque alberga la esperanza de que el presidente Nicolás Maduro pierda el poder y que surja un gobierno más sensato, de orientación más democrática, más en línea con los valores morales que uno tiene. Aun en este caso, uno va a desear que los ingresos que produzca la futura recuperación de Venezuela se empleen preferiblemente en el servicio de la antigua deuda emitida para financiar la corrupción y la destrucción nacional generada por Maduro y su antecesor, Hugo Chávez. Uno no va a estar apoyando la recuperación del bienestar que merecen los venezolanos después de haber pasado por esta pesadilla.

El inversor también va a estar de acuerdo en que jueces estadounidenses ordenen el embargo de bienes y la confiscación de dinero para que le paguen. De hecho, los analistas que son alcistas con respecto a la deuda venezolana han estado haciendo lobby ante el gobierno y los líderes de la oposición con una amenaza velada: tan solo considerar la reestructuración de sus bonos, les advierten, permitirá causar estragos en Venezuela a quienes administran esos bonos.

Cualquier persona decente que invierta en bonos venezolanos debe sentirse “levemente nauseabunda”, para emplear los términos utilizados hace poco por el exdirector del FBI, James Comey, en su testimonio ante el Congreso de Estados Unidos. Los administradores de fondos de mercados emergentes sienten un malestar semejante. En la actualidad dedican una parte desproporcionada de su tiempo a “acertar con la predicción sobre Venezuela”, puesto que sus bonificaciones se basan en que sus resultados excedan al índice –del que Venezuela es el principal determinante–.

Quienes tienen menos principios morales disfrutan del reconocimiento que reciben por haber acertado cuando predijeron que el gobierno de Maduro optaría por dejar que la población pasara hambre antes que reestructurar los bonos. Analistas y bonistas también han hecho lobby ante el gobierno y la oposición para que estos se abstengan de buscar el apoyo financiero del Fondo Monetario Internacional, ya que temen que la comunidad internacional exija que se reestructure la deuda existente con un importante recorte en su valor, como se les ha exigido a los acreedores de Grecia.

Ello probablemente no sería bueno para el valor de los bonos. Analistas y tenedores de bonos también han cabildeado ante la Asamblea Nacional, controlada por la oposición, para que ella reconozca la deuda externa de Venezuela a cambio de la libertad de los presos políticos, lo que implica que se puede lograr el pago de los bonos que uno posee exigiendo un rescate por liberar a inocentes.

Entonces, ¿debería uno dejar de invertir en fondos de mercados emergentes solo porque el 5% de los recursos irían a comprar bonos de Venezuela? Claramente, esto castigaría a países que son meros espectadores inocentes del caos venezolano. Tiene que haber una solución mejor.

Y la hay. La solución es exigir que JP Morgan excluya de inmediato a Venezuela de los índices de bonos de mercados emergentes que calcula, liberando así a los administradores de los fondos de la necesidad de comparar sus resultados con los bonos del hambre. A través del tiempo, JP Morgan debería crear un nuevo índice de Mercados Emergentes Decentes (MED), el que al incluir solamente a países que se ciñen a estándares mínimos de respeto a su ciudadanía, disiparía la angustia moral del inversor.

El MED permitiría que uno pueda aspirar a rendimientos más altos en sus ahorros sin para ello tener que desear sufrimiento humano. A uno le podría ir bien, sin sentirse mal.

Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es director del Center for International Development at Harvard University y profesor de Economía del Harvard Kennedy School. © Project Syndicate 1995–2017