La unión integral de las gentes del Viejo Continente no quedará en los libros de historia

 29 abril

Europa no va a implosionar. La idea de una unión integral de las gentes del Viejo Continente no va a quedar en los libros de la historia como una efímera e insostenible aspiración de algunos de quienes lo habitaron y lo dirigieron en la segunda mitad del siglo XX y el inicio del XXI.

Asolada durante 30 años del siglo anterior por guerras globales en su territorio, que trajeron decenas de millones de víctimas, destrucción extendida de infraestructuras y de economías, la Europa de la segunda posguerra vio en un continente unido el vehículo que la llevaría hacia la paz, el bienestar y la verdadera calidad de vida.

Sus dirigentes se propusieron alcanzar y consolidar esa unidad. En palabras de uno de sus fundadores, en un proceso de “pequeños pasos”, adoptados por unanimidad de los Estados (Jean Monnet), pasos que fueron realistas, pero sin escrutinio democrático, por lo que ya por lustros hubo de abandonarse el criterio orientador para adoptar, incluso, el de generar una “Europa de varias velocidades”, en la que los países ratifiquen los convenios que consideren aceptables para su propio desarrollo y población, y llegar, en nuestros días, a determinar que a Europa, para seguir adelante, no lo queda más que reiventarse. A refundarse, han dicho algunos.

En estas últimas dos décadas, de una crisis seguida de otra, Europa ha demostrado su resiliencia. No perecerá. Bien lo señaló en nuestro Teatro Nacional el embajador europeo, recientemente: sus tratados no tienen fecha de caducidad; durarán mientras sean relevantes, y de hecho, afirmó, “han durado más de lo que nadie hubiese imaginado”.

Paso histórico. Precedida por la unión aduanera de tres pequeños países (el llamado Benelux-Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) y de la genialidad que fue el Tratado Europeo del Carbón y del Acero que, desde inicios de la década de los años 50 del siglo anterior sentó las bases para el despertar organizado y la reconstrucción ordenada de las destrozadas bases económicas e industriales del Ruhr, zona de colindancia y de encarnizados enfrentamientos entre Francia y Alemania, en marzo de 1957 los cinco países mencionados, más la anfitriona Italia, firmaron el Tratado de Roma.

El tratado estableció el “Mercado Común Europeo”, en el que habrían de circular libremente las personas, los bienes y los capitales de los territorios firmantes. Se sentaban los principios de la amistad entre poblaciones, la paz, la prosperidad económica. Se huía del laberinto de la guerra.

Europa salvó a los europeos del infierno, de una profunda desmoralización y hasta de hambrunas. Las decisiones creadoras fueron el resultado de la visión y el coraje político de unos líderes (Adenauer, Monnet, De Gasperi, Shumann) que supieron leer los tiempos y a las poblaciones del continente.

Europa se convirtió en algo necesario para su gente, para la democracia de sus países integrantes (democracia todavía no alcanzada plenamente en los órganos comunitarios) y para la preservación y desarrollo de los derechos humanos.

Expansión. Desde la década de los años 50 del siglo anterior hasta los primeros años del presente siglo, el proceso europeo fue de expansión continua y también de profundización mantenida. Cuatro oleadas de adhesiones-admisiones hicieron que los seis países originarios pasaran a ser veintiocho, once de los cuales tuvieron regímenes comunistas totalitarios hasta la caída del “socialismo real” en los albores de los años 90.

La población comunitaria aumentó hasta 510 millones de habitantes (superada solo por China y la India) y la renta per cápita subió desde 15.000 euros (equivalentes en los años 60) hasta más de 50.000 en el presente.

La fuerza de atracción de la Comunidad, convertida luego en Unión, era enorme (aunque Noruega votó temprano por no aspirar a formar parte de ella).

Los logros constantes fueron siempre, sobre todo, a partir de los años 80, acompañados de desavenencias, de estertores de crecimiento e incluso de pequeñas crisis.

La capacidad de invención y de adaptación europea se puso a prueba constantemente y fue así como se gestaron los tratados de Maastricht (1992), Ámsterdam (1997, que convirtió a la Comunidad en la Unión Europea), Niza (2001) y los acuerdos para la gran expansión que integró 10 países de manera simultánea en el 2004 (Lisboa).

En esos cónclaves y en todas sus reuniones preparatorias se gestionaban partos sucesivos de complicaciones descomunales y, de alguna manera, Europa salía adelante, se adaptaba.

Conviene agregar que en el 2015 Dinamarca votó en plebiscito por sostener la profundización del sistema, retirándose de las conversaciones de convergencia para políticas comunes de seguridad interior y que, finalmente, en el año 2016, el Reino Unido (o una parte de este si se escucha lo que dice Escocia y los escoceses), decidió retirarse de la Unión Europea. Decisión difícil de encajar de uno y otro lado, sin duda alguna. Sale uno de los baluartes del sistema, una de sus más fuertes economías y, por supuesto, una nación con siglos de desarrollo y experiencia.

Puntos negros. Pecados los ha tenido la Unión Europea. Más recientemente, y a pesar de la solidez de pensamiento de los más, la crisis de refugiados procedentes del África y el Oriente ha destapado heridas en Europa, se ha hecho más sonora la xenofobia, Hungría levanta un muro para evitar la entrada de refugiados (tan solo 26 años después de que abriera fronteras que llevaron al derribo del muro que representaba la realidad de la Guerra Fría en Europa) y de parte de los refugiados hay sostenidas reacciones contra la integración social en los países de recepción e incluso proliferación de violencia y hasta de terrorismo en demérito de la coexistencia humana en algunos de los grandes países.

Ha crecido el populismo que en países como Italia, Austria, Holanda y Francia levanta banderas contra Europa y de manera negativa impulsa la ruptura, el regreso a la obtusa soberanía de países con precarias condiciones de paz por sí solos.

Imperdonable fue para Europa el papel que cumplió en la desgarradora crisis de los países que hasta 1991 formaron Yugoslavia, a pesar de fronteras comunes en algunos casos, o pocos cientos de kilómetros de distancia entre ciudades. Europa “vio para otro lado” mientras en su vecindario se atacaba a poblaciones enteras, se ultrajaba a centenares de miles de personas, se llegaba incluso a prácticas de “limpieza étnica”.

Pasarán muchas décadas antes de que, con apoyo político, económico y de otras índoles, pueda Europa siquiera volver a ver a lo que no es más que su puerta trasera (en la actualidad Eslovenia y Croacia son miembros de la Unión; Montenegro se acerca a serlo; Serbia, Macedonia, Bosnia y Kosovo están en lista de espera).

Europa está en crisis; crisis de crecimiento, no de senectud, nos dijo el embajador europeo en Costa Rica, en marzo, al tiempo que el papa Francisco recordaba en Roma a los jefes de Estado que conmemoraban el sexagésimo aniversario del Tratado de Roma, que “Europa no es un conjunto de normas, de protocolos, de procedimientos; Europa es una visión de vida, una manera de concebir al ser humano a partir de su realidad trascendente e inalienable”.

Buena es esa partitura para reinventar a la Europa que los europeos y el mundo necesitan: una Europa lanzada a lo social, hacia el desarrollo equilibrado, hacia la solidaridad entre los pueblos. En Europa no se vive “el fin de un sueño”, pues quedó demostrado ya que se trata de una realidad inexorable.

A Europa le queda vida, y mucha. El mundo la necesita como la necesitó Centroamérica cuando en los años 80, ensayando una naciente política externa común, Europa tomó aquí partido por la paz y por la gente.

Hoy no ha de ser distinto, ni tiene Europa que cruzar sus fronteras para hacerlo. El mundo ha de concluir que “viva Europa”. Yo lo hago.

El autor es exdefensor de los habitantes.