Ella conocía su lugar en el mundo y comprendía la podredumbre de Dinamarca

Por: Jacques Sagot 15 septiembre

Trabajaba, en un café de la plaza Saint-Michel, una mesera que bien podría ser la mujer más bella de París, acaso de la Comunidad Europea, o del hemisferio occidental, yo qué sé. No me detendré ahora a describirla, porque sé que en el futuro le dedicaré muchas páginas. Le pregunté su nombre.

“Ophélie”, me respondió con esa sonrisa “en modo menor” que la caracteriza, fugaz eclosión de luz en medio de una expresión naturalmente melancólica.

“¡Cómo la heroína de Hamlet !”. “No señor, no tenemos omelette”.

“No le pedí omelette, le dije que usted se llama como la heroína de Hamlet ”.

“De nuevo, señor, aquí no hacemos omelette”. “¿Pero quién está hablando de omelette?”

“Pues eso, ‘hamelette’, o como sea que usted la llame, el hecho es que no lo tenemos en el menú”.

“Hamlet es un personaje de Shakespeare, no un revoltijo de huevos”.

“De nuevo, señor: no existe ningún plato que se llame ‘hamelette’”.

“Escúcheme, Ophélia…”. “Ophélie, Ophélie: con “E” al final”.

“Perdón, Ophélie: Hamlet es una pieza de teatro, y no: nadie en ella bate huevos con leche, champiñones, queso, cebolla, torrezno, pimienta y… bueno, no es un drama culinario; tiene que ver con… pues con un rey que es asesinado y cuyo hijo debe vengar el crimen y recuperar el trono, pero entretanto se enamora de Ophélia…”.

“Pero yo me llamo Ophélie”. “Sí, bueno, de Ophélie…”.

“¿Y qué hace, la tal Ophélie?”. “Pues no mucho: volverse loca y suicidarse, supongo”.

“Entonces no quiero tener nada que ver con ella”.

“Sea, sea… solo quería decirle que usted se llama como la amada de omelette, perdón, de Hamlet”.

“Pues algún día iré a ver su ‘Hamelette’”. “ Hamlet, Hamlet, a ver, vamos despacito: Ham-let”. “O-me-le-tte”.

“Bueno, la cosa es que… Pues yo le puedo regalar el libro, si quiere, usted lo lee y después lo comentamos”.

“Gracias, es usted muy gentil. Por cierto, señor, si le apetece comer omelette, en el café de al lado los hacen de varios sabores, usted sabe: champiñones, lardón, queso”.

“Lo tendré en cuenta, y… pues nada. Gracias, mil gracias”.

“Con todo gusto, señor”.

Rimas. Recordé las Rimas de Bécquer: “¿Que es estúpida?... ¡Bah!, mientras, callando guarde obscuro el enigma, siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla más que lo que cualquiera otra me diga”. Bécquer me llevó a Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”. Y Neruda me remitió a Baudelaire: “La estupidez es a menudo el ornamento de la belleza; es ella la que le confiere a los ojos esa triste limpidez de los negros estanques y de los aceitosos mares tropicales” — dictamina el poeta de mi vida— .

Perdón, maestros, pero si hay algo que ha resultado siempre ajeno a mi sensibilidad es esa extraña concepción de la belleza femenina donde la idiotez y la afasia pareciesen ser funciones de la seducción. Extraña alianza, en verdad. Es casi como si para ser amada — o por lo menos deseada— la mujer tuviese que ser máscara, esfinge, estatua, serpiente… seres desprovistos de voz y de inteligencia.

Una parte de la mujer es con ello convertida en ídolo pagano, objeto de ciega veneración; y otra silenciada, negada, celebrada únicamente por su mutismo, mezcla de hierática sacerdotisa y de bestia. Nada podría parecerme más aburrido que una esfinge muda. La fantasía de Baudelaire es estrictamente sistémica con las de Neruda y Bécquer. Los caballeros las prefieren tontas, tal parece.

Se fue. Dejé de ver a Ophélie cuando comencé a frecuentar otros cafés del barrio. Una noche cualquiera paso a mi antigua guarida y pregunto por ella. Ya no laboraba ahí. Vi a docenas de mozos y mozas desfilar por este campo de trabajos forzados, y ninguno duró más de algunos meses, a lo sumo un año.

Ophélie fue sin duda la más coriácea, la más briosa y resistente. La última imagen que guardo de ella: paso frente al café, y la veo recostada a una pared, fumando un cigarro, tregua en medio de su implacable trajín. Me abordó radiante, sonriente.

Luego me dijo algo muy bonito: “Por cierto, Jacques, ya sé quiénes son Hamlet y Ophelia. Ella es la verdadera heroína de la obra. No se volvió loca: era la sociedad en que se debatía la que estaba loca. Ophelia era la única persona cuerda, en Elsinor”.

En ese momento supe que comprendía perfectamente cuál era su lugar en el mundo, y conocía, mejor que yo, la podredumbre de Dinamarca. Entendí también que se sabía princesa, y que nadie jamás la pisotearía.

El autor es pianista y escritor.