29 octubre, 2014

El refrán que sirve de título a este comentario contiene una gran dosis de sabiduría popular, aplicable en muchas partes y, especialmente, en nuestro país. Múltiples experiencias, individuales y colectivas, nos confirman que, a veces, es preciso que una situación llegue a extremos insoportables para que nos veamos obligados a desandar el camino equivocado y enderezar el rumbo en la dirección correcta.

Un profundo conocedor del alma popular, el tres veces presidente, don Ricardo Jiménez Oreamuno, solía decir que “en Costa Rica, todo lo provisional, con el tiempo, se hace definitivo”. Razón le sobraba, pues nuestra habitual actitud de obviar los problemas y eludir las confrontaciones nos ha llevado al desorden en el que hoy nos encontramos, con un Estado hipertrofiado y obeso, fragmentado en múltiples instituciones, con límites no bien definidos y un poder central debilitado y temeroso de poner orden en el caos que han creado, por una parte, nuestros improvisados legisladores y, por la otra, nuestra propia incuria e indiferencia.

Retos. Para superar los retos del momento, es indispensable que seamos conscientes de los problemas que nos aquejan, y, por eso, recibimos con esperanza y satisfacción el hecho de que, cada día, más amplios sectores del país están comprendiendo que ya hemos tocado fondo; que la maquinaria estatal, herrumbrada y mohosa, es cada vez más ineficiente y dispendiosa; que así no podremos seguir, y que los múltiples problemas que enfrentamos, provienen. en definitiva, del desmedido crecimiento del Estado y de una falta de autoridad que ponga orden en este pandemónium.

Uno de los más graves problemas es, sin duda alguna, la prepotencia de algunas organizaciones sindicales enquistadas en instituciones del Estado, que, por definición, prestan servicios públicos esenciales que no pueden interrumpirse sin causar grave daños a la economía del país. Según el artículo 60 de la Constitución Política, los sindicatos son organizaciones cuyo fin exclusivo es obtener y conservar beneficios económicos, sociales o profesionales, a sus agremiados, concepto que ratifica el artículo 333 del Código de Trabajo.

Sin embargo, muchos dirigentes de sindicatos de trabajadores del sector público, usurpando funciones que no les corresponden, han pretendido marginar a los legítimos representantes de las instituciones a las que sirven, formulando planteamientos y exigencias improcedentes en asuntos que no les corresponden, y hasta pretenden revisar y calificar actos y contratos que el Poder Ejecutivo celebró con arreglo a sus competencias legales.

Alto a la prepotencia. Por eso, la negativa del Poder Ejecutivo a reunirse con los representantes de Sintrajap para discutir el contrato de concesión celebrado por la anterior Administración con la empresa holandesa AMP Terminals, que construirá un moderno puerto en Moín, y las medidas acertadas que tomó subsiguientemente el señor presidente para contrarrestar los efectos de la ilegal paralización de labores que pretendió llevar a cabo ese sindicato, han sido como una bocanada de aire fresco, pues nos permite esperar que, finalmente, se le pondrá un alto a la prepotencia y arbitrariedad de una dirigencia sindical envalentonada por la débil actitud de anteriores Administraciones. No hay duda de que la decisión del presidente ha sido un paso en la dirección correcta. Es de esperar que a esa medida le sigan otras en el mismo sentido.

La conclusión es que los ciudadanos no podemos permanecer como simples espectadores ante los problemas que atañen al país, y debemos contribuir con nuestro aplauso o nuestra crítica a las actuaciones de nuestros gobernantes. La tolerancia, que en sí es una virtud, llevada al extremo se transforma en ceguera. En vez de la democracia “alegre y confiada” en que hemos vivido, afirmemos la necesidad de una militancia vigilante, pues así lo demandan los tiempos que corren, si es que aspiramos a conservar el legado de nuestros padres y abuelos.

Hoy, más que nunca, cobra vigencia la advertencia que el político inglés del siglo XIX, John Curran, hacía a sus compatriotas: “El precio de la libertad es la vigilancia eterna”.

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