28 agosto, 2016

Quizá no lo tengamos muy pensado pero el corazón, más que la cabeza, nos conduce a comprender la realidad. Además, contamos también con una facultad a la que llamamos voluntad, que es capaz de dirigirse al bien verdadero, que de algún modo nos ofrece la pluralidad de la naturaleza, a la que ahora comenzamos a llamar “casa común”, inmensamente llena de riquezas de todo orden.

El progreso de las ciencias, de la técnica, de la cultura en general, se ha dado, se está dando y se seguirá dando, porque en el corazón humano anida un afán incontenible de verdad y de bien. El relativismo, enemigo de la búsqueda de la verdad, es como un narcótico devorador del corazón humano. Ahora estamos rodeados de muy distintos poshumanismos, que intentan aplastar la noción de naturaleza y nos conducen a una grave crisis de humanidad.

Amor a la verdad. Esta capacidad de conocer la realidad objetiva, encontrada fuera de nuestro entendimiento, y unas leyes que no dependen de nuestra opinión, es como una premisa indispensable, que hemos de retomar, para avanzar respetuosamente en cualquier ramo del saber.

Las cosas no son como mi pensamiento las pueda imaginar: son como son para que las vea con admiración y aprenda a reconocerlas en su aspecto real. Hay que abrir el corazón y los ojos a la sabiduría que nos rodea.

En el plano moral, también existen verdades objetivas, leyes que nos señalan el comportamiento propio de la naturaleza humana, el hombre no es hombre porque yo lo diga, ni la mujer es mujer porque yo lo opine, a mí no me toca determinar culturalmente que realidad le doy al hombre o a la mujer, es la naturaleza la que me ofrece el espectáculo de la persona humana, en su condición de hombre y de mujer, con toda su maravillosa dignidad.

Y vemos también que el ser humano tiene dos características diversas, a saber, es un ser material, unido a este mundo mediante su cuerpo, y un ser espiritual, abierto a la trascendencia y al descubrimiento de “una verdad más profunda, a causa de su inteligencia, que lo hace partícipe, tanto al hombre como a la mujer, de la luz de la inteligencia divina” (cfr. CDSI, n. 129).

¿Qué es la verdad? Entonces, ¿qué es la verdad? No puedo cerrar los ojos ni huir del anhelo de conocerla, no limita mi libertad. Debemos buscar la verdad con valentía y humildad, sin escepticismos, con la libertad, sin coacción, porque deberá iluminar mi vida. Se puede decir que la verdad es luz, que acogida con el corazón, enriquece el entendimiento humano.

La verdad me llevará a respetar a los demás, a reconocer y observar el gran tesoro de la naturaleza, a rectificar cuando he incurrido en el error, a escuchar para aprender y no vivir salvajemente, a huir del relativismo que inmoviliza el afán de conocer.

Adherirse a la verdad da alas para conocer más y mejor, libera a la razón y a la voluntad de la esclavitud de la soberbia y de la lujuria, amplía la capacidad de escuchar, meditar, razonar y valorar las opiniones de los demás.

Qué diferente funcionaría Costa Rica si en nuestras asambleas legislativas hubiera diálogo, valorando el pensar de los demás y del pueblo, aunque estén equivocados, como parece a veces, pero con gran respeto al bien común del país, encaminado por las rutas de la verdad. Tenemos ejemplos catastróficos en países de América que conducen a la pobreza no solo económica sino también espiritual, por seguir normativas equivocadas y erróneas, alejadas de la verdad y del respeto a la dignidad humana.

El triste panorama de Europa y de Medio Oriente es otro espectáculo sembrado de desinformación de la verdad y abonado de rencores históricos muy graves.

Enaltecimiento. Adherirse a la verdad y proclamarla enaltece a cada persona, porque la hace partícipe de la libertad inscrita en la intimidad de cada hombre y de cada mujer. Pero además es un bien para toda la sociedad. Allí donde reina la sinceridad y la veracidad son posibles las relaciones auténticamente humanas entre las personas y los pueblos, de lo contrario se disgrega la comunidad humana.

“No es posible convivir sin darse crédito mutuamente, sin creer que los demás manifiestan la verdad”, escribió Tomás de Aquino. Y el papa Francisco nos llama ahora a tender puentes de diálogo, que nos puedan devolver la fraternidad universal.

Las sociedades auténticamente libres se forjan si existe información verdadera en los medios de comunicación. Una verdad a medias permite tantas posibles interpretaciones, que puede calificarse de mentira.

“Que el diálogo entre nosotros ayude a construir puentes entre todos los hombres, de modo que cada uno pueda encontrar en el otro no un enemigo, no un contendiente, sino un hermano para acogerlo y abrazarlo. Dejar el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices” (vea en “Cien frases del papa Francisco”, N.° 42).

El autor es presbítero.