4 julio, 2014

Por ambos lados del Atlántico, el término central del título de este artículo se encuentra cargado de connotaciones sustancialmente diferentes. En estos días, Europa recuerda el desembarco en Normandía –inicio del fin–, la liberación, dando siete décadas sin guerras en el Viejo Continente. Por estos lares, en cambio, “liberación” suele asociarse con un partido político surgido a fines de los años cuarenta, desde una interesante gestación ideológica. Una circunstancia curiosa: durante varios años conocí personalmente a doña Yvonne Clays, la otra primera dama venida de fuera, igual que en el caso actual. En los años setenta, esta gran mujer dio su adhesión a Liberación Nacional: hombres y mujeres de ese calibre ven mucho más allá de etiquetas. ¡Liberación, santa palabra!

Por lo que se observa de los meses recientes, parecía necesario oponerse a todo lo de “Liberación”. Todavía estamos con escoba nueva: a ver hasta cuándo. Pero que, en vez de gestos grandilocuentes, exteriores (banderas incluidas), se siga insistiendo y actuando en liberación de prejuicios y de discriminación. En alguna parte leí que el presidente Solís y el papa Francisco tendrían un temperamento parecido, invitando al cambio de actitud. Me parece que el argentino recalca más y mejor el aporte profundo, interior: es la auténtica liberación que requerimos con urgencia.

Liberación de adicciones. Libertad, aquí, debe ser primero liberación de adicciones: drogas, bebidas (alcohólicas o no), el sexo y el fútbol vividos como alienación, y ese fumado persistente en las narices de uno (ese olor a marihuana en los alrededores de la UCR, detrás del edifico Saprissa). Cómo no, también el de liberarse, aquí, tanto de fariseos de nuevo cuño como en las tiendas protestantes de fanáticos “ortodoxos” más preocupados por rédito político que por espiritualidad.

¡Ah!, la libertad no es solo esa estatua, entrando a Nueva York, ni es para guardar celosamente en el clóset: en la línea del gran Martí, se conquista, pero desde uno mismo. Veo, más bien, la libertad como la asunción personal de escogencias, limitaciones y compromisos dentro de una vida con necesaria visión de trascendencia.

Liberación femenina. De ahí, unas reflexiones muy del momento, aquí, respecto de la liberación femenina.

En el entorno abundan salidas falsas. Aquí van apenas tres, insinuadas:

1. Más allá de la cáscara de ese mecanismo de "las y los", o al revés en un idílico paraíso de igualdad genérica, queda la raíz: un machismo espantoso. Aparte, la lengua, si bien está al servicio de la comunidad y, por tanto, puede cambiar, tiene una inherente necesidad de economía, de eficacia, frente a esa cansina repetición y duplicidad.

2. El hábito no hace al monje (ni a la monja, para los fanáticos de la fórmula doble), ergo, por ejemplo, tampoco esos tacones altísimos “hacen” a la mujer. La nueva Miss Costa Rica acaba de confesar “heridas de guerra”, varias cicatrices, porque “casi dormía con tacones”. Lo mismo, en este país tropical, mucho más allá de la “moda” (imposición, dizque libre), va de repente una alienación de costosas botas altas, forradas…: igual de ridículo sería andar en chancletas en Berlín, en invierno. ¿Libertad es hacer el ridículo?

3. En el nuevo equipo de gobierno, más allá de la equidad numérica per se interesa la capacidad, no la definición de “género” (y otras confecciones). Me atrevo a felicitar con su nombre de pila a Elizabeth, Olga Marta, Sonia Martha, Yamileth… tan emprendedoras como prometedoras.

Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en su nombre!: me gustan las ideas desnudas, igual si se visten de varón o de mujer. Interesa la persona.

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