El estadistaescritor, el cancillerlector y eldiputado censor

 5 abril, 2015

Un fogoso diputado del Frente Amplio se sintió sorprendido y agredido por una foto en que el canciller, Manuel González, sostiene sobre su regazo un libro de Henry Kissinger.

Tras revelar su “asco y vergüenza”, anunció que retira “por el momento” su apoyo al candidato del PAC para la presidencia de la Asamblea Legislativa.

Esta actitud de Jorge Arguedas no solo sacó a la luz el censor que todo fanático lleva en sus entrañas; también reveló su lamentable ignorancia sobre los aportes de Kissinger a la teoría de las relaciones internacionales, el análisis del poder mundial y el ejercicio de la diplomacia.

Para toda persona medianamente conocedora, lo sorprendente sería que el canciller no leyera algunas de sus obras. Porque la mayoría de ellas –14 hasta ahora– son referente indispensable para quienes se interesan o deben tomar decisiones sobre política global o regional.

La gran síntesis. Pocos, como Kissinger, han combinado de manera tan orgánica el conocimiento, la fuerza intelectual y el rigor analítico con el ejercicio activo del oficio diplomático, uno de esos ámbitos en que la adecuada percepción de lo concreto y la acción pertinente sobre lo específico resultan indispensables.

A pesar de su virtual condición de estadista, o quizá por ella, Kissinger ha sido un personaje contradictorio.

Para bien o para mal, transformó el tradicional abordaje de la diplomacia estadounidense, al añadir a su universalismo idealista variables más frías, basadas en los balances de poder. Diseñó y condujo la apertura de Estados Unidos a China, transformó lúcidamente su diálogo estratégico con la Unión Soviética y fue uno de los principales gestores de los acuerdos de paz en Vietnam, por lo cual obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1973.

Estos y otros cambios los impulsó entre 1969 y 1977, durante las administraciones republicanas de Richard Nixon y Gerald Ford, primero como Consejero de Seguridad Nacional; luego, como Secretario de Estado. También en esa época fortaleció turbias alianzas con las dictaduras militares de Argentina y Chile, y otorgó apoyo a Pakistán durante su conflicto con la India en 1971, a pesar de lo que funcionarios estadounidenses calificaron como un “genocidio selectivo” de su aliado. Además, en su vida de consultor no han faltado contratos con regímenes autoritarios.

Parte del gran aporte de las obras de Kissinger, además de cómo destila su enciclopédico conocimiento de la historia y analiza la política internacional, es, precisamente, la franqueza con que aborda las contradicciones propias y ajenas, y las lecciones que saca de ellas.

Tres libros clave. Diplomacy (La diplomacia), que el canciller sostenía al ser fotografiado, quizá sea su libro más integral, un admirable tour de force intelectual. Publicado en 1994, repasa la historia diplomática, analiza el método y quehacer de sus más conspicuos practicantes, revela trasfondos de sus propias actuaciones, valora estructuras, identifica tendencias, analiza decisiones y emite penetrantes criterios.

On China (China), que vio la luz en el 2011, representa otro aporte clave. En él, aborda con profunda agudeza la relación entre su pasado milenario y sus decisiones y actuar contemporáneos. Es una obra de análisis histórico, cultural, estratégico y político, que revela cómo las corrientes más profundas determinan o explican muchas decisiones, pero, a la vez, pueden ser reencauzadas a partir de la voluntad y el liderazgo personales.

El pasado año, con 91 sobre sus espaldas, Kissinger publicó World Order (Orden mundial), en el que regresa a algunos de los temas de Diplomacy , pero desde la perspectiva de un mundo distinto.

Su tesis central es que el “orden” internacional construido tras la Segunda

Guerra Mundial, asentado en reglas y esencialmente “protegido” por el poder de Estados Unidos, enfrenta múltiples desafíos. Entre ellos están el surgimiento de nuevas potencias (China, en primer lugar), la desintegración de algunos Estados, la depredación ambiental, el poder creciente de actores internacionales no convencionales, como terroristas, corporaciones u organizaciones no gubernamentales, y los riesgos que plantea la necesidad de recibir y reaccionar con instantaneidad ante los hechos, debido al impacto de las nuevas tecnologías de comunicación.

Para afrontar con éxito estos retos y reconstruir un “nuevo orden” estable y asentado en normas, hay que buscar nuevos acomodos y lograr un adecuado equilibrio entre poder y legitimidad.

Valor intrínseco. A pesar de los contrastantes anverso y reverso de su autor, estos y otros libros, por su valor intrínseco, han aparecido en las editoriales más prestigiosas del mundo; son leídos en casi todos los centros de enseñanza e investigación sobre política exterior, diplomacia y relaciones internacionales, y atraen a quienes las practican, como nuestro canciller.

En esto el ministro González tiene, al menos, un acompañante en el seno del gobierno; se trata del presidente Luis Guillermo Solís.

En octubre del pasado año, Solís participó como orador de fondo en una conferencia internacional organizada por el Toronto Global Forum, en esa ciudad canadiense. Durante su exposición, reflexionó sobre los retos y oportunidades del crecimiento. Al final, recibió copiosos aplausos del auditorio. A ellos se sumó el otro invitado especial, con el que departió animadamente. Su nombre: Henry Kissinger.

No sé si esta información generará mayor rechazo en el diputado censor. Sería mejor si, en su lugar, le hace comprender que el mundo es mucho más que perseguir fantasmas y repetir consignas, y que la exploración y contraste de las ideas son parte de la naturaleza humana.

El autor es periodista.