Como comunidad internacional no hemos cumplido la promesa del ‘nunca jamás’

 12 febrero

En el 2005, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) designó el 27 de enero como el Día Internacional de la Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto.

Entre otros puntos, la resolución rechaza toda negación, parcial o total del Holocausto como hecho histórico; condena todas las manifestaciones de intolerancia religiosa, incitación, acoso o violencia contra personas o comunidades, basadas en el origen étnico o las creencias religiosas, dondequiera que tengan lugar; y pide al secretario general un programa de divulgación titulado El Holocausto y las Naciones Unidas y que adopte medidas para movilizar a la sociedad civil en pro de la recordación del Holocausto y la educación al respecto, con el fin de prevenir actos de genocidio en el futuro.

Este año, ese programa de divulgación escogió como su tema la “Recordación del Holocausto: educar para un futuro mejor”. El propósito tiene una dimensión universal y busca fomentar el respeto de los derechos humanos, aumentar la tolerancia, atacar el extremismo y prevenir el genocidio, principios que Costa Rica apoya y defiende como ejes de su política exterior.

Desde el punto de vista de la política exterior costarricense, quisiera destacar cuatro de las más importantes lecciones que, como comunidad internacional, podemos derivar de los horrores de Auschwitz, del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial.

Responsabilidad de prevenir. El Holocausto no empezó en las cámaras de gas; comenzó con palabras. El Holocausto no estalló sin previo aviso. Existían claros indicadores de alarma, pero actuamos hasta que fue demasiado tarde.

De hecho, como comunidad internacional no hemos cumplido la promesa del “nunca jamás” sobre la que se fundó la Organización de las Naciones Unidas, poco después de la Segunda Guerra Mundial.

Los ejemplos son varios: Libia, Malí, la República Centroafricana, Somalia, Sudán, Sudán del Sur y Yemen, entre otros, así como los actos de violencia sexual y violencia por motivos de género contra niñas y niños, mujeres y hombres en Irak, Siria y el noreste de Nigeria.

Lo digo también por los genocidios de Ruanda y Srebrenica o por la tolerancia hacia las violaciones que se cometen constantemente en contra de muchos pueblos y contra las minorías raciales, étnicas o sexuales en todo el orbe.

Todas estas crisis se gestaron sobre años –y a veces decenios– de agravios contra la dignidad y los derechos humanos, acciones de represión, discriminación y exclusión, que acabaron por coartar libertades fundamentales, privar a las poblaciones de sus derechos económicos, sociales y culturales y acentuar las desigualdades en el desarrollo, entre muchos otros factores.

Para Costa Rica, está claro que no hemos utilizado del todo las herramientas de la diplomacia preventiva, los buenos oficios y la mediación, que nos permitiría atender los conflictos antes de que estos exploten para ayudar a restaurar la paz en conflictos armados que ya hayan estallado y para promover la paz duradera entre las sociedades que logran salir de las guerras.

Además, la responsabilidad de prevenir los conflictos y de promover sociedades pacíficas e inclusivas se encuentra en el corazón de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) aprobados en setiembre del 2015.

Esa responsabilidad de prevenir es también el eje central de la revisión de la Arquitectura de la Consolidación de la Paz de las Naciones Unidas del 2015, que nos aportó el concepto de “paz sostenible”. La responsabilidad de prevenir también es el espíritu de los Acuerdos de París sobre Cambio Climático.

Esto nos lleva a la segunda lección.

Responsabilidad de proteger. Para algunos, la responsabilidad de proteger plantea un dilema entre el respeto a los principios de soberanía y no intervención, frente a la necesidad de proteger a las poblaciones en peligro, en casos de violaciones graves, masivas y sistemáticas de sus derechos humanos o del derecho internacional humanitario.

Para Costa Rica, ningún país puede esconderse tras el muro de la soberanía y el silencio cuando se cometan graves violaciones a los derechos humanos.

Compartimos la posición expresada por el ex secretario general de la ONU Ban Ki-moon al afirmar: “Una acción temprana para prevenir los conflictos y proteger los derechos humanos ayuda a consagrar la soberanía, no la pone en peligro, ni la restringe”.

En este sentido, apoyamos la iniciativa “Los Derechos en Primer Lugar” que ubica a los derechos humanos en el centro de los esfuerzos de las Naciones Unidas. Es un intento de corregir los fallos sistémicos del pasado, pues la iniciativa reconoce que las violaciones a estos constituyen, efectivamente, señales de alerta temprana.

Desde el 2015, apoyamos las iniciativas de Francia y México para restringir el veto en caso de atrocidades masivas, y somos uno de los más de cien países que llaman a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad a adoptar un código de conducta para que se abstengan de utilizar el veto en situaciones de genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.

El código, además, exige un compromiso político de actuar de manera oportuna y decisiva en tales situaciones.

Así lo expresó el presidente Solís en la Asamblea General de la ONU en el 2015: “Para Costa Rica, no puede seguir teniendo más peso la opinión de un solo miembro permanente que la necesidad de salvar vidas. Cuando un miembro permanente usa el veto o la amenaza del veto, abandona y desprecia públicamente el derecho de las víctimas a la justicia y a la paz, y socava los esfuerzos internacionales para ponerle fin a la impunidad. El veto traiciona la confianza de millones de personas depositada en las Naciones Unidas como su última esperanza”.

Intolerancia. Nuestra posición en este tema es incuestionablemente clara: cuando se cometan crímenes de guerra o de lesa humanidad, así como genocidios, sus responsables deben ser investigados y procesados, incluso por la Corte Penal Internacional cuando la justicia nacional resulte insuficiente. Nuestro país se opone al debilitamiento de la Corte y a toda propuesta de reforma que pueda resultar en la tolerancia de la impunidad.

Además, Costa Rica ha insistido reiteradamente al Consejo de Seguridad su potestad y responsabilidad de remitir a la Corte Penal Internacional los casos que ocurren en Estados no parte del Estatuto de Roma.

Continuamos impulsando iniciativas para la lucha contra los crímenes más graves y tenemos una política exterior de tolerancia cero ante la impunidad. El país participa en grupos de amigos o iniciativas como la de los Puntos Focales Nacionales para la Responsabilidad de Proteger, el Grupo de Amigos del Estado de Derecho y el grupo de apoyo a la Corte Penal Internacional, entre otros.

Responsabilidad de educar. Educar sobre el Holocausto es educar para prevenir y no olvidar. Es un llamado a la acción para combatir el extremismo, la intolerancia, los estereotipos negativos, la estigmatización, la discriminación, la incitación a la violencia y la violencia contra las personas, basados en la religión o en las creencias.

Educar sobre el Holocausto es educar sobre los peligros de la “indiferencia”. Así nos lo advirtió el Premio Nobel de la Paz 1986, Elie Wiesel (1928-2016), con estas palabras: “Lo contrario del amor no es odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte”.

El autor es canciller de la República.