Opinión

Las lecciones de Pablo Iglesias

Actualizado el 26 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Pablo Iglesias y su partido Podemos son la revelación de la política española. Fundado este año, cosecha el cabreo de los indignados y erosiona los apoyos electorales de los tradicionales Izquierda Unida y Socialista Obrero Español (PSOE). En las elecciones europeas obtuvieron cinco escaños y las encuestas ya los colocan como la tercera fuerza política, pisándoles los talones a los socialistas. Omnipresentes en las tertulias políticas de las cadenas privadas de televisión, se han convertido en la oposición mediática de la derecha gobernante, que los utiliza para ningunear al PSOE. Financiado por el Gobierno venezolano y dado a conocer con su programa en Hispan TV (la cadena en castellano del régimen iraní), Iglesias se apresta a “hacer el cambio político en España”, echando del poder a la “casta” (los políticos) para asumirlo él y los suyos, que son el pueblo organizado. Suena fascistoide, pero Podemos se considera de izquierdas. Una pulsión autoritaria explica la confusión.

En entrevista publicada por el periódico El Mundo el 15 de agosto, a la ingeniosa pregunta “¿En qué es de derechas?”, Iglesias contestó: “Fíjate, me voy a mojar. Tengo algo en común con los conservadores: me gusta la mano dura. Pero no me gusta la mano dura contra los débiles, sino contra los poderosos” (y se siente muy progre diciéndolo). Parece no estar enterado de que la mano dura siempre se ha dirigido contra “los poderosos”: los poderosos “mareros” en Honduras, “terroristas” en Guantánamo, “mercenarios” en La Habana, “pitiyanquis” en Venezuela, judíos en la Alemania de Hitler o en la Castilla de Isabel la Católica, y, quisiera Le Pen, contra las “incontenibles oleadas de inmigrantes” en Francia. No está enterado de que siempre quien ha tenido el poder de emplear “mano dura” ha tenido también la capacidad retórica de retratar como poderosos o amenazantes a aquellos contra quienes la empuña. Tan amenazantes eran los curas y monjas para los republicanos en el poder, como lo eran los rojos para los nacionales en el poder. Porque el poder tiene eso, la capacidad de representar al otro como poderoso… para luego aplastarlo. De eso se dio cuenta el republicano Ortega cuando en 1933 rompió con la República y el nacional Unamuno, cuando en 1936 espetó a los nacionales “venceréis pero no convenceréis”. Iglesias, en cambio, no toma nota.

Lecciones no aprendidas. Lo de la mano dura no fue un desliz. Hace más de un año, previo a su salto a la política, le oí decir que el feliz desarrollo de la república francesa, en contraposición al retraso político español, se debía a que España había carecido de ese instrumento de higiene pública que es la guillotina, a la que califica de “madre de la democracia”. De inmediato recordé mi visita a la Conciergerie, durante la revolución francesa antesala de la muerte, de ese linchamiento público que las masas celebraban como justicia solo porque durante algunos instantes aliviaba la furia de su rencor.

Lo más aleccionador de visitar esa fortaleza parisina es ver en la lista de guillotinados, junto a los girondinos, al mismísimo paladín del Terror, al justiciero, al impoluto: Robespierre, que con su ira patriota avivó el fuego del odio, acabó consumido por este. Embriagó a su generación con oníricos paraísos y terminó bebiéndose la hiel amarga de su fervoroso idealismo. Algo de lo que Iglesias tampoco se percata.

Pablo Iglesias es hijo de la crisis española y el desencanto político. Hijo también de nuestra época y, en ese tanto, las lecciones que no ha aprendido nos conciernen a todos, costarricenses incluidos. Lecciones urgentes en esta sociedad de la información, era de la desconfianza y la indignación. Una advertencia para políticos, periodistas, fiscales y, en general, para todos nosotros, usuarios de redes sociales que ya hemos gustado el dulce sabor de la sentencia fácil, del narcicismo irresponsable de la opinión propia, del soberano derecho a pronunciarse sobre casi todo, sin comprender bien casi nada. En medio del malestar, Robespierre está siendo nuevamente elevado a arquetipo de patriota y a todos nos excita el silbido de la guillotina mientras cae, sin pensar que entre la muchedumbre no faltará quien, mañana, querrá ver rodar también nuestra cabeza.

Costa Rica debe tomar nota. Este aire cargado, esta pulsión por reprimir el pensamiento ajeno, ya ha sido medido: el barómetro de opinión pública de la Universidad de Vanderbilt alertó niveles crecientes de autoritarismo social en nuestro país, al tiempo que bajaron los niveles de tolerancia. ¿De verdad queremos vivir asediados por contralores de opiniones y vigías de gestos sospechosos? ¿De verdad creemos que saldremos ilesos de este torbellino en el que cada cual exige a gritos punición draconiana para los otros, al tiempo que espera indulgencia permisiva para los propios? Las redes sociales a veces dan miedo. “Me oye y se calla”, parece el deseo. Nos mostramos más preocupados por cómo callar al que no piensa como nosotros, que por cómo expresar mejor nuestras ideas. Cada tribu de coincidentes constituida en el ciberespacio, donde solo es bienvenido el “diálogo” reafirmante de los que se expresan como ecos de cada ethos , está mutilando el debate público, al punto de reducirlo a un mascullar de silentes recelos y prejuicios entre grupos.

Ante el fantasma de la “dictadura mediática”, cuya premisa es siempre la estupidez de aquellos a los que se pretende proteger, demandamos tantas mordazas que, en vez de ganar libertad, alguna terminará apagando nuestra propia voz. Legitimemos la mano dura y pronto un puño nos molerá el rostro. Celebremos la guillotina y formemos fila hacia el cadalso. Cada ladrillo de censura elevará los muros de nuestro castillo de intolerancia. Nos empequeñecerá como pueblo y, sin importar cuántos TLC suscribamos o si alcanzamos elevados niveles de conectividad por banda ancha, nos aislará de un mundo cada vez más plural, abierto y cruzado por las comunicaciones y el libre flujo de las informaciones.

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