21 junio, 2014

La Unión Europea está enferma. ¿Quién no la defendía hace 15 años? Ya no. No cree en ella uno de cada cuatro del apenas 43,1% que fue a las urnas en las recientes elecciones al Parlamento Europeo. Tiene el síndrome TINA (del inglés: There Is Not Alternative ). Aquel sentimiento de pertenencia a una patria grande se trastocó en una lúgubre relación de compadres ricos con compadres pobres, acreedores, los unos, hasta la opulencia, y endeudados, los otros, hasta el cuello.

Insatisfacción. Las encuestas son más dramáticas, si cabe. Uno de cada tres europeos está descontento con el presente y sin confianza en el futuro. La insatisfacción comenzó, se nos dice, con la crisis de la deuda soberana de los PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España). Pero eso fue consecuencia de decisiones políticas previas.

La trampa fue el euro. Su origen, más que conveniencia económica, fue cálculo político. El éxito del Mercado Común Europeo, la caída del Muro de Berlín y la euforia de la reunificación alemana revivieron la visión de una Europa bajo una Constitución, una gobernanza y una moneda. Eso está bien, pero ¿qué iba primero? Decidieron que la moneda. El euro, empujado a troche y moche, más que acercar y unir, enfrenta y aleja.

El euro vinculó a 18 de los 28 países comunitarios. Pero entre ellos existía una fortísima diversidad competitiva y productividad diferenciada. Al momento de su arranque, países de baja productividad adquirieron una moneda “dura”, cuya fortaleza permitió acceso a crédito a bajas tasas de interés. Eso estimuló una ola de endeudamientos. Con la misma competitividad monetaria, los países de mayor productividad adquirieron una ventaja adicional: los menos productivos no podían usar sus monedas para hacer más competitivos sus productos. Los más productivos invadieron los mercados de los menos productivos. Alemania llegó a un superávit comercial del 8% y usó esos ingresos excedentarios para financiar créditos a los países deficitarios, que así siguieron comprando. En España, el déficit comercial llegó hasta -10%. Entre el 2000 y el 2008, las exportaciones alemanas aumentaron más de un 70%. En ese mismo período, las importaciones griegas crecieron un 90%.

Endeudamiento. Tigre productivo suelto contra burro competitivo amarrado. El endeudamiento, más que de Gobiernos, fue de compañías, bancos y personas. Los Gobiernos ofrecieron, con deuda, servicios sociales más allá de sus medios, pero eso tuvo un impacto menor que el endeudamiento privado. En España, por poner un caso, la deuda privada llegó en el 2010 al 283% del PIB, contra el 72% de la deuda del Gobierno.

Cuando la burbuja del crecimiento basado en deuda estalló, los países estaban atrapados. Amarrados al euro, siguen impedidos de tener una política monetaria que haga más competitivas sus exportaciones. Mientras tanto, la brecha de productividad se profundizó. Los superávits alemanes, además de facilitar créditos, ahora muy caros, fueron utilizados para investigación, desarrollo e innovación de su aparato productivo, no para consumo.

A eso hay que añadirle que la moneda fuerte, el euro, llamémosle por su legítimo apellido, “alemán”, fue el carísimo medio de pago de la fuerza laboral de los países menos productivos. En Italia y España, el costo de la mano de obra aumentó un 38%. En Alemania, que ni siquiera tiene ley de salario mínimo, los costos salariales han sido los mismos estos 15 años.

Los déficits de gobierno determinaron el desmantelamiento del Estado de bienestar. La deuda impagable de las empresas resultó en quiebras, despidos y contracción del empleo. Dramática espiral, sin salida, mientras se siga con el mismo factor estructural que provocó la crisis. Ahora que los países que compraban, ya no pueden hacerlo, Alemania vende menos y la crisis también le llegó: se acabó el cuento de dos velocidades diferentes de crecimiento.

Pobreza y desempleo. El resultado es un mapa devastador del incremento generalizado de pobreza y desempleo. Los pobres son más del 25% de la población. Hasta en Alemania, millones buscan bancos de alimentos para poder subsistir. Y la desigualdad aumentó. El número de millonarios españoles es un 13% más que antes de la crisis, al tiempo que las familias españolas, en su conjunto, tuvieron una pérdida de riqueza del 18,4%, apenas el último año.

Y, ante eso, ¿qué se hace? Algo increíble: ¡Salvar al euro! La gente viene después.

En realidad, son tantas las incógnitas de lo que sucedería si algunos países se decidieran a salir de la zona euro, que mejor seguir ahí. Pero, entonces, ¿para qué Europa? Si el concepto de la gran patria europea no se puede traducir en bienestar para su población, la unidad se convierte en una entelequia sin sentido. Entonces, llegaron estas elecciones al Parlamento Europeo con voces de descontento con el presente y desesperanza con el futuro que no pueden seguir siendo ignoradas. O ¿tal vez sí?

Los primeros días que siguieron a las elecciones encontraron al bipartidismo europeísta todavía sordo. Socialdemócratas y democratacristianos están preocupados por tsunamis extremistas, hacia la izquierda en Grecia, hacia la derecha xenofóbica en Francia y Dinamarca. Pero siguen satisfechos de ser todavía mayoría, consolándose en las divisiones de los euroescépticos, más convencidos de simplemente unirse y seguir con más de lo mismo. ¡Es que no hay otra cosa! Así lo comprueba el estrepitoso fracaso del rimbombante “cambio” de rumbo prometido por Hollande, en el 2012, para ganar las elecciones francesas.

¿Suena familiar? ¡Toquemos madera!

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