Los israelíes han demostrado una y otra vez su voluntad de compromiso

 13 enero

Las Resoluciones de la ONU no son un tema muy popular o común en la vida ordinaria, y rara vez abren las ediciones de noticias. Es decir, si no tiene nada que ver con los judíos. Una famosa resolución del CSONU (Consejo de Seguridad de la ONU) designó a un solo movimiento nacional como una forma de racismo: el de los judíos. Hace dos meses, otro organismo de la ONU negó la conexión del pueblo judío con Jerusalén.

En los últimos tres meses, diferentes organismos de la ONU han aprobado 20 resoluciones antiisraelíes, y solo una ha condenado la masacre de más de medio millón de sirios. No se aprobaron resoluciones sobre lo que está sucediendo en Cuba, Venezuela, Arabia Saudita, Turquía y otros países que violan sin rodeos los derechos humanos.

Ahora la resolución 2.334 ha atraído la atención internacional, culpando a la única democracia en el Oriente Medio por el conflicto árabe-israelí.

Lo más grave de esta resolución no es que se considere el Muro Occidental y toda Jerusalén oriental, el núcleo mismo de una civilización judía de 4.000 años, como un territorio ilegal; o que corona los asentamientos, todos los cuales fueron construidos en tierra estéril pública, con las cuales los judíos han demostrado vínculos históricos durante siglos, como el mayor obstáculo para sabotear la paz y así prevenirla.

El verdadero problema es colocar el terrorismo en la más baja de las prioridades y darle muy poca importancia en comparación con los asentamientos.

Aunque las referencias a los asentamientos son agudas y múltiples, las referencias al terrorismo siguen siendo ambiguas: no se definen como un obstáculo para la paz, ignorando el hecho del año pasado cuando casi 50 israelíes fueron asesinados por terroristas palestinos y más de 600 resultaron heridos.

Entrega de territorio. También se ignora la existencia de la organización terrorista Hamas que gobierna Gaza después de que Israel se retiró por completo de ella en el 2005, desmantelando 20 prósperas ciudades israelíes y moviendo cementerios judíos. Muchos israelíes, que apoyaron la retirada territorial de la Franja de Gaza con la esperanza de lograr la paz, están muy preocupados ya que solo en el último año más de 3.000 misiles fueron lanzados por Hamas sobre las ciudades civiles israelíes en la zona.

Obligar a Israel a entregar más territorios a los palestinos que ni siquiera están dispuestos a reconocer el derecho del Estado judío a existir en cualquier frontera, es simplemente alejado de la realidad y por lo tanto inaplicable.

Además, la resolución no atribuye terrorismo a la parte palestina, como si no tuvieran nada que ver con el odio diario y la incitación a la violencia que inunda su sistema educativo, los medios de comunicación y la política.

Solo la semana pasada la facción del presidente palestino (Fatah) publicó una caricatura mostrando una bandera palestina que cubre un cuchillo, que es un mapa de todo Israel. Abajo aparece la palabra “asentamiento”, y junto a ella un charco de sangre.

Dado que el 96% de la población palestina en los Territorios es autogobernada, tiene derecho a votar y a dirigir sus propias oficinas gubernamentales, es hora de que lo tomen en sus manos.

Actos de paz. Israel ha extendido su mano en paz muchas veces; la resolución de la ONU en 1947 sugirió dividir la tierra entre árabes y judíos, pero los árabes decidieron emprender una guerra para hacerse cargo de todo el territorio.

Desde 1993, el primer ministro Rabin inició un proceso de paz, y fue contestado por ataques terroristas y terroristas suicidas.

En el 2000, el presidente Barak ofreció al presidente de la OLP, Arafat, una oferta muy generosa, incluida la división de Jerusalén, pero este rechazó la propuesta. En el 2008 Olmert hizo una oferta similar, pero también fue rechazada por Abbas.

En el 2010, Netanyahu paró cualquier construcción en los territorios, incluido el centro de Jerusalén por un año entero, pero Abbas se negó incluso a reunirse para negociaciones directas durante ese período.

No, los asentamientos en el corazón de la antigua patria judía histórica no son el principal problema; los israelíes han demostrado una y otra vez su voluntad de compromiso. Es más bien la renuencia de los árabes a reconocer los derechos de los judíos a vivir en cualquier parte de su patria histórica. Estos sentimientos se manifiestan por la incitación y el terror.

Este intento de alcanzar logros y abstenerse de concesiones a través de instituciones internacionales y evitar las negociaciones directas –una acción contundente que viola los acuerdos de paz de Oslo firmados con Israel en 1995– solo aleja más esta solución soñada para este conflicto centenario.

El autor es primer secretario y cónsul de la Embajada de Israel en Costa Rica.