27 agosto, 2014

LOS ÁNGELES – Nadie cuestionaría el peligro inherente de poseer activos nucleares. Pero ese peligro se torna mucho más agudo en una zona de combate, donde los materiales y las armas nucleares corren el riesgo de ser robados, y donde los reactores pueden convertirse en blancos de los bombardeos. Esos riesgos –más aparentes en Oriente Medio hoy, una región sumergida en el caos– plantean interrogantes perturbadores sobre la seguridad de los activos nucleares en países volátiles en todo el mundo.

Dos episodios recientes demuestran lo que está en juego. El 9 de julio, el grupo militante, hoy conocido como Estado Islámico, capturó 40 kilos (88 libras) de compuestos de uranio en la Universidad de Mosul, en Irak. El uranio capturado no era de grado de armamento, los inspectores internacionales retiraron todo el material sensible de Irak luego de la Guerra del Golfo de 1991 (razón por la cual no se encontró nada cuando los Estados Unidos invadieron el país en el 2003). Pero ¿qué respuesta internacional se habría generado, si es que se generaba alguna, si las provisiones escondidas hubieran estado altamente enriquecidas?

El mismo día, Hamás lanzó desde Gaza tres poderosos cohetes, diseñados por Irán, contra el reactor Dimona de Israel. Afortunadamente, dos de ellos erraron el blanco e Israel logró interceptar el tercero. Pero el episodio representó una seria escalada de las hostilidades y sirvió de recordatorio importante sobre la vulnerabilidad de los reactores nucleares en las zonas de guerra.

Por cierto, Hamás hizo intentos similares de atacar el complejo Dimona en el 2012, como lo hizo Irak en 1991, con el propósito de liberar los contenidos del sitio, a fin de infligir un daño radiológico en la población de Israel. (Los perpetradores aparentemente no eran conscientes de que ciertas condiciones climáticas habrían concentrado los desechos radioactivos en Cisjordania, de mayoría palestina).

Por supuesto, es posible que estos acontecimientos sean una aberración. Después de todo, el único conflicto hasta la fecha en el que las autoridades perdieron el control de materiales nucleares sensibles fue la Guerra de Georgia-Abjasia en los años de 1990, cuando fuerzas desconocidas capturaron una pequeña cantidad de uranio altamente enriquecido de un instituto de investigación.

De la misma manera, aunque se han producido numerosos ataques contra reactores nucleares en construcción, la única amenaza a una planta en funcionamiento en una zona de combate fuera de Israel ocurrió en el inicio de las contiendas en la ex Yugoslavia, donde los nacionalistas serbios consideraron atacar la central eléctrica Krško en Eslovenia y enviaron aviones de guerra a sobrevolar el lugar. Los operadores de la fábrica interrumpieron temporalmente la generación de electricidad para frenar el riesgo de una liberación de radiación, pero la amenaza nunca se concretó.

De hecho, toda vez que ha habido activos nucleares en riesgo –durante el colapso de la Unión Soviética, la Revolución Cultural de China y el intento de golpe de Estado de Argel (cuando un grupo de generales retirados amotinados le echaron el ojo a un dispositivo nuclear que Francia estaba probando en el desierto argelino)–, nunca estuvieron comprometidos. Inclusive, en Ucrania hoy, a pesar de la escalada del conflicto civil, las 15 centrales eléctricas nucleares del país no han sido tocadas (a pesar de que, con las nuevas medidas defensivas tomadas por las autoridades ucranianas, esto podría cambiar fácilmente).

Es imposible saber si este patrón benigno perdurará, pero los acontecimientos recientes en Oriente Medio sugieren que existen motivos de preocupación en otros países volátiles, entre ellos Pakistán, Corea del Norte e Irán.

Pakistán tiene un importante programa de armas nucleares y enfrenta una amplia insurgencia de la yihad, que anteriormente atacó bases militares sospechosas de albergar activos nucleares. Si bien Pakistán no ha experimentado una fisión nuclear, y el Gobierno insiste en que hay salvaguardas sólidas, los episodios de inestabilidad cada vez más frecuentes y severos del país plantean interrogantes serios sobre el futuro.

Si bien el arsenal nuclear de Corea del Norte es mucho menor, las dudas persistentes sobre la sustentabilidad del régimen lo transforman en un motivo de seria preocupación. En el caso de que se produjera un colapso del régimen –una posibilidad clara–, resultaría difícil impedir el desvío de sus activos o, inclusive, el uso de sus armas.

Por su parte, Irán parece relativamente estable, al menos comparado con sus vecinos, pero enfrenta un futuro político incierto. Si surge una lucha de poder, el gran reactor Bushehr podría ser usado como una moneda de cambio.

Para mitigar esos riesgos, la comunidad internacional podría mantener su política tradicional de cruzarse de brazos y esperar que los Gobiernos retengan el control de su infraestructura nuclear. Pero Estados Unidos, por ejemplo, ya no está satisfecho con este abordaje. Según los informes de prensa, ha diseñado una estrategia para desplegar fuerzas especiales a fin de neutralizar el arsenal nuclear de Pakistán en el caso de que sus autoridades pierdan el control. Y algunos grupos de expertos vinculados al Gobierno han explorado la posibilidad de desplegar fuerzas de combate estadounidenses para encarar los riesgos nucleares en Corea del Norte, si el régimen se desmorona.

Esos planes, sin embargo, no son de ninguna manera infalibles –en especial, debido a las dificultades de encontrar activos nucleares ocultos y salvaguardar los reactores–. Es más, el deseo del pueblo norteamericano de involucrarse en otra aventura militar riesgosa, cuando bastaría con defender la seguridad nacional, es ambiguo, en el mejor de los casos.

En lugar de esperar a que un acontecimiento importante obligue a tomar una medida apresurada, las principales potencias del mundo deberían involucrarse en un debate enérgico, a fin de determinar la mejor estrategia para abordar los riesgos nucleares en países volátiles y buscar maneras de cooperar, si fuera necesario. Después de todo, hasta potencias rivales como China y Estados Unidos, o la India y Pakistán, comparten el interés de impedir que las armas más peligrosas del mundo caigan en manos de sus mentes más fanáticas.

Bennett Ramberg fue analista de políticas de la Oficina de Asuntos Político-Militares del Departamento de Estado norteamericano, bajo la presidencia de George H. W. Bush. © Project Syndicate.

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