La Constituyente de Maduro es el instrumento para completar una ruptura constitucional

 9 agosto

Contra viento y marea se materializó la Asamblea Constituyente en Venezuela, pero en cambio nada indica que cristalice en nuestro medio la idea que algunos predican de convocar aquí un órgano de similar naturaleza.

En la dictadura, la voluntad del Soberano es un mandato suficiente; en la democracia, por el contrario, la voluntad del Soberano se disuelve en múltiples piezas que es arduo reunir y modelar.

Por eso, a Maduro y su camarilla les bastaron unas semanas para salirse con la suya, y entre nosotros se habla de reunir la Constituyente desde que yo era chiquito.

Lo primero que hizo la Constituyente de Maduro fue destituir a la incómoda fiscala general. Quién quita si la manía predatoria, las inevitables luchas intestinas y los apuros de la dictadura redundan al final en la depreciación política de Maduro o hasta en su defenestración.

Tan zoológico como es, Maduro ha de pensar aquello de que “cría cuervos y te sacarán los ojos”.

Diferencia. Pero el objeto de mi comentario no es hacer vaticinios. Es llamar la atención sobre la diversa función de la Constituyente en aquella dictadura y en esta democracia, y el distinto orden de competencias en ambos casos. En un comentario posterior me referiré a nuestro propio caso.

En perspectiva democrática, a la dictadura nada la legitima: ni siquiera una Constituyente: la Constitución que prohíje siempre será la “Constitución de la dictadura”. La función asignada a la Constituyente de Maduro es descarrilar el orden establecido –vaya ironía– por la Constitución de Chávez, archivar ese librito que tan orondamente se exhibe en las galas del régimen, clausurar el acceso al poder público a toda suerte de oposición y opositores (comenzando por la fiscala general, letra menuda, y por la Asamblea Nacional, la “Asamblea podrida” de que habla Maduro) e idear y poner en práctica una estructura de poder cerrada: en suma, prescindir de veleidades democráticas incompatibles con el orden férreo que necesita una “revolución” concebida como estado, no como proceso (ha habido y sigue habiendo varias de estas; la verdad que casi todas), un orden que no sea revocable y volátil como demostró ser el concebido por Chávez.

Competencias. Si por la víspera se saca el día, la Constituyente de Maduro vaciará de competencias el aparato institucional diseñado por la Constitución de Chávez, ejerciendo desde el principio atribuciones que exceden con mucho las propias de una “Constituyente en paralelo”, es decir, aquella que convive simultáneamente con un orden constitucional preestablecido que de momento es intangible para la Constituyente, que solo a la postre lo enmienda.

Esto equivale a decir que la Constituyente de Maduro es el instrumento ideado para completar una ruptura constitucional, ya hace tiempo iniciada: no es el comienzo, sino la fase terminal de un golpe de Estado progresivo, si tal cosa puede concebirse.

El autor es diputado del PLN.