Basta con oír Malas compañías una sola vez para quedar ya enganchado al programa

Por: Santiago Manzanal Bercedo 5 julio

Inusual y escandaloso. En un país –o sea, en este– donde, de boca para fuera, por encima y superficialmente, todo es tan delicado, puro, pulcro y correctísimo, casi como en un convento, aunque, por debajo, ocultamente, la gente se pase leyes, reglas y muchísimas cosas más por donde la espalda pierde su honroso nombre, eso es una gran locura y hasta un riesgo.

“Eso”… Pero qué es “eso”... No es normal: a un programa de radio, que bien podría haber sido de televisión o de la NASA –para el caso, me da lo mismo y me importa un pepino–, resulta que a dos individuos les dio por llamarlo Malas compañías.

Encantadora irreverencia. La verdad es que me encanta esa irreverencia, sobre todo al saber que la fuente de inspiración ha sido una canción homónima de Joan Manuel Serrat, y, bueno, también parte de la letra de un tema de Joaquín Sabina, aunque prefiero mil veces al primero que al segundo, pues me parece mucho más profundo y coherente, al margen de mis discrepancias con los catalanes, que no son pocas, agudizadas por esa soberana idiotez de querer independizarse de España. ¡Están locos!... Locos de remate.

Esos dos individuos –que, dicho así, no suena nada bien–, sí, esos dos a los que se les ocurrió bautizar con el estrambótico nombre el nuevo y reciente espacio radiofónico, son, en realidad, dos periodistas de primerísima línea –aquí y en la Conchinchina–, formidables y, para colmo, estupendas personas. También son abogados. Y, por si todo eso fuera poco, son, para su enorme desgracia y para mi vanagloria y presunción, amigos míos. ¡Le zumba el mango!, para decirlo cubanísimamente.

¿Propaganda gratuita? Que nadie me recrimine eso. Sería estúpido. ¡Si no me la hago ni a mí mismo!… No la necesitan. Basta con oír su programa una sola vez para quedar ya enganchado y seguir escuchándolo los demás días de la semana. Me huele que a mucha gente le ha sucedido lo mismo.

Ellos, excelentes profesionales, no pasan nada por alto y nada se les escapa. Y son muchas cosas, llenas de contrastes: amables, irónicos, agudos, incisivos, con un elegante gracejo y una agilidad mental cercana a la velocidad de la luz, con el manejo total de los antecedentes y contexto del tema tratado con sus invitados, no se andan por las ramas –al pan, pan, y al vino, vino– y, lo más importante, son inteligentes… En estos tiempos de enorme mediocridad, ser inteligente y analítico garantiza el éxito de un programa de este tipo.

Fuego cruzado. En fin, seamos claros: someterse al fuego cruzado de estos dos francotiradores es un acto de heroísmo o, según se mire, de masoquismo. Hay que tener valor, porque, con ambos, no se sabe nunca por dónde saltará la liebre. De verdad, atreverse a ir a ese programa, y dejarse entrevistar, se las trae. Dicho lo dicho, descargo aquí mi conciencia, pues, oído lo oído desde que se inició Malas compañías, para mí era una obligación moral advertir a los futuros participantes sobre los peligros a que se exponen. Misión cumplida. Dormiré hoy mejor.

No hay ninguna duda: Armando González e Ignacio Santos son una “mala compañía”. Lo son. Tienen la gran suerte de no haber sido denunciados, pero que lo son, lo son. Terribles y temibles, aunque, la verdad sea dicha, no llegan a tanto como los amigos de Serrat, que, según confiesa en su canción, “son unos atorrantes,/ se exhiben sin pudor, beben a morro,/ se pasan las consignas por el forro/ y se mofan de cuestiones importantes”.

Y, desde luego y por si acaso, ni González ni Santos –y yo tampoco– practican los tentadores y envidiables excesos de las amistades de nuestro buen Joan Manuel: “Mis amigos son unos sinvergüenzas/ que palpan a las damas el trasero,/ que hacen en los lavabos agujeros/ y les echan a patadas de las fiestas”. Ya quisiera yo saber si Serrat –el académico y laureado Joan Manuel Serrat– habría escrito lo mismo con el Inamu delante.

Aquí se impone un paréntesis aclaratorio: no me refiero al Instituto Nacional de la Música (Inamu), adscrito al Ministerio de Cultura de Argentina, sino al de aquí, al Instituto Nacional de las Mujeres, creado ad maiorem mulieris gloriam (“para la mayor gloria de la mujer”). Lo de ad maiorem Dei gloriam, lema de los jesuitas, suena parecido, pero es otra cosa muy diferente, diferentísima. En fin, no más comentarios. No nos compliquemos. Cierre de la digresión. Punto.

La madre del cordero. Pero, frente a toda apariencia, cinismo y vestimentas rasgadas por tan controvertidos comportamientos, aquí está la madre del cordero: se trata de unos chavales excelentes, de amigos de verdad. Y es que, según afirma de ellos y de sí mismo el creador de Las malas compañías, “mis amigos son gente cumplidora/ que acuden cuando saben que yo espero./ Si les roza la muerte, disimulan./ Que, pa’ ellos, la amistad es lo primero”. ¡Bien por Serrat! Con amigos así, da gusto. Muchísimo gusto. Y, claro, es entonces cuando, como dice el pillín de Sabina, “las malas compañías son las mejores”.

Vuelvo al inicio y puntualizo: en realidad, lo inusual y escandaloso es que un programa de radio con semejante nombre, parido hace apenas unos dos meses y medio, sea, precisamente, todo lo contrario, con claras trazas de convertirse pronto en obligado espacio de referencia por su buena –excelente– calidad.

Ocurre lo mismo que con las simpáticas y maravillosas compañías de Serrat: las apariencias engañan.

El autor es filósofo.