Opinión

Al otro lado de mi ventana

Actualizado el 05 de julio de 2013 a las 12:00 am

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El jueves 13 de junio, pasé por la acera del costado noroeste del parque La Merced, en pleno centro de San José. A paso rápido e incómodo, dadas las ventas ambulantes de todo tipo: “lleve su Kolbi... me da ¢1000 y se lo doy con recarga de ¢4,000” o “lleve sus medias en ¢1000, en solo ¢1000”. Por allá, un anciano vende goma loca y navajillas desechables. También están los quioscos autorizados por la Municipalidad de San José y ante la acera se levanta la pared del hospital San Juan De Dios, con ventanales que evocan el siglo pasado.

A la semana siguiente, exactamente a los ocho días, el médico de emergencias me indicó que debía quedarme internado y la única cama disponible estaba en Ortopedia, aunque mi caso era de maxilo-facial.

Esa misma noche me encontré con una realidad: estaba al otro lado de la acera. Había personas quejándose de dolores fuertes. La enfermera, con las limitaciones de presupuesto de la CCSS, solo Tramal inyectaba a quienes lo tienen autorizado y los que no, tomaban acetaminofen.

Desperté el viernes 21, luego de poco dormir, y me encontré en la sección de infectados de Ortopedia, con personas que habían adquirido alguna bacteria por accidentes de tránsito o laborales. Empecé a hablar con algunos de ellos y tenían hasta cuatro meses en el lugar, luchando contra la bacteria con tal de no sufrir mayor afectación, evitar la amputación o no perder la vida.

Muchos de ellos son el soporte económico de su hogar y dentro de esas cuatro paredes me revelaban que ya el pulpero había cerrado el crédito y su familia la estaba pasando mal. Con lágrimas en los ojos fluía la angustia y uno contaba que incluso su hijo dio la beca para mantener la casa.

Unas horas en ese lugar me hicieron recapacitar. ¿Cuántas veces he pasado por la acera, al otro lado de mi ventana, sin pensar por un momento en lo que sucede detrás de las paredes del hospital? ¿En qué momento dejé mi sensibilidad botada entre las agujas del reloj por estar afanado en lograr algo? ¿En qué momento olvidé el dolor y la angustia de los enfermos? Incluso, me hice “invisible” para quienes me estorban el paso en la acera para llevar el sustento honradamente a su hogar. Esa es mi realidad. Me tocó estar al otro lado de la acera y es demasiado fuerte. Dentro del hospital, sin salud, no se puede trabajar y en el lado de afuera, si no hay clientes, llegan el estrés y la enfermedad.

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Mi experiencia terminó el lunes 24 cuando me dieron de alta y entendí que la vida continúa, sí, pero la podemos hacer diferente para otros.

Prometí a la “Banda de Don Gato”, mis diez compañeros de cuarto, que trataría de publicarlo en Opinión de La Nación para crear conciencia de nuestra insensibilidad ante el dolor, algo que en la cultura costarricense no sucedía. Agradezco a enfermeras como Dorin y Carmen, que con entrega y amor se dan a los demás por vocación, así como a todo el personal de infectados de Ortopedia que en solo cuatro días me hizo recapacitar y ver la realidad al otro lado de la ventana.

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