22 octubre, 2014

ABU DABI – Qatar puede ser pequeño, pero está teniendo repercusiones importantes en todo el mundo árabe. Al apoyar a yihadistas violentos en Oriente Medio, el norte de África y países más lejanos, al tiempo que apoya a los Estados Unidos en su lucha contra ellos, ese país diminuto y rico en petróleo, el de mayores ingresos por habitante del mundo, de ser un tábano regional se ha transformado en un elefante truhán internacional.

Recurriendo a sus vastos recursos e impulsado por una ambición desmedida, Qatar ha surgido como un centro para los movimientos islamistas radicales. La enorme Gran Mezquita, iluminada por multitud de arañas, de Doha, la opulenta capital de Qatar, es un punto de encuentro de los militantes que se dirigen a aplicar la yihad en lugares tan diversos como el Yemen, Túnez y Siria. A consecuencia de ello, Qatar rivaliza ahora con Arabia Saudí –otro Estado wahhabi con una enorme riqueza de recursos– en la exportación del extremismo islamista.

Pero entre Qatar y Arabia Saudí hay diferencias importantes. El wahhabismo de Qatar es menos severo que el de Arabia Saudí: por ejemplo, a las mujeres qataríes se les permite conducir automóviles y viajar solas. En Qatar no hay una policía religiosa que imponga por la fuerza la moralidad, aunque los clérigos qataríes recauden fondos abiertamente para las causas de los activistas en el extranjero.

En vista de ello, tal vez no sea de extrañar que, mientras la esclerótica dirección de Arabia Saudí aplica políticas reaccionarias enraizadas en una concepción puritana del islam, los jóvenes miembros de la familia real de Qatar han adoptado un planteamiento con visión de futuro. Qatar es la sede del canal de televisión por satélite Al Jazeera y de la Ciudad de la Educación, distrito situado fuera de Doha que alberga escuelas, universidades y centros de investigación.

Incoherencias semejantes se reflejan en la política exterior de Qatar. De hecho, la relación de este país con Estados Unidos contradice abiertamente sus vínculos con los movimientos islamistas radicales.

Qatar alberga la base aérea de Al Udeid, con sus 8.000 miembros del personal militar americano y 120 aviones, incluidos aviones cisterna para el reabastecimiento de combustible en pleno vuelo, desde los cuales Estados Unidos dirige sus ataques aéreos a Siria e Irak. El campamento de As-Sayliyah, otras instalaciones por las que Qatar no cobra alquiler, hace de cuartel general avanzado del Mando Central de Estados Unidos. En el pasado mes de julio, Qatar accedió a comprar armas estadounidenses por un valor de $11.000 millones.

Además, Qatar ha recurrido a su influencia sobre los islamistas, a los que financia para contribuir a lograr la liberación de rehenes occidentales, y albergó conversaciones secretas entre Estados Unidos y los talibanes afganos respaldados por Pakistán. Para facilitar las negociaciones, Qatar brindó una sede, con apoyo de Estados Unidos, a la misión diplomática de facto de los talibanes y a los cinco dirigentes talibanes afganos liberados, este año, del centro de detención de los Estados Unidos en Guantánamo.

Dicho de otro modo, Qatar es un importante aliado de Estados Unidos, proveedor de armas y fondos a los islamistas y mediador en pro de la paz a un tiempo. Si a ello añadimos su posición como mayor proveedor de gas natural licuado del mundo y titular de uno de sus mayores fondos soberanos, queda claro que Qatar tiene mucho margen de maniobra, además de una considerable influencia mundial. El Gobierno de Alemania lo descubrió cuando se vio obligado a retractarse de la declaración de su ministro de Desarrollo, en el sentido de que Qatar desempeñaba un papel fundamental en el armamento y la financiación del Estado Islámico.

La influencia cada vez mayor de Qatar tiene importantes consecuencias para el equilibrio de poder en el mundo árabe, en particular respecto de su rivalidad con Arabia Saudí. Esa dinámica competitiva, que ha aflorado recientemente, representa un cambio en una larga historia de cooperación para exportar el extremismo islámico.

Tanto Qatar como Arabia Saudí facilitaron generosamente armas y fondos a los extremistas suníes de Siria, con lo cual hicieron posible el surgimiento del Estado Islámico. Los dos países han fortalecido a los talibanes afganos y también han contribuido a la transformación de Libia en un Estado fallido al ayudar a las milicias islamistas. Durante la campaña de la OTAN del 2011 para derrocar al coronel Muamar el Gadafi, Qatar desplegó incluso tropas de forma encubierta dentro de Libia.

Sin embargo, actualmente, Qatar y Arabia Saudí están en bandos opuestos. Qatar, junto con Turquía, respalda movimientos islamistas de la base como los Hermanos Musulmanes y sus filiales en Gaza, Libia, Egipto, Túnez, Irak y el Levante, lo cual lo enfrenta con Arabia Saudí y países como los Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Jordania, cuyos gobernantes consideran esos movimientos una amenaza existencial y algunos de los cuales, incluida la Casa de Saud, invierten en apoyar regímenes autocráticos como los suyos.

En ese sentido, la actitud de Qatar ha producido un raro cisma dentro del Consejo de Cooperación del Golfo, cuyos miembros poseen colectivamente casi la mitad de las reservas de petróleo del mundo. La competencia por poderes entre monarquías rivales, que movió a algunas de ellas a retirar a sus embajadores de Qatar el pasado mes de marzo, está intensificando la violencia y la inestabilidad de toda la región. Por ejemplo, los Emiratos Árabes Unidos, con ayuda egipcia, llevaron a cabo ataques aéreos en secreto, el pasado mes de agosto, para detener a las milicias islamistas que cuentan con la ayuda de Qatar, a fin de que no consiguieran el control de la capital de Libia, Trípoli.

Los dirigentes de Qatar están dispuestos a desafiar a sus vecinos por una sencilla razón: creen que los movimientos islamistas de la base a los que apoyan –y que, en su opinión, representan las aspiraciones políticas mayoritarias– acabarán venciendo. Previendo que dichos grupos moldearán cada vez más la política árabe y desplazarán a los regímenes caudillistas, Qatar se ha propuesto fortalecerlos.

Con ello, Qatar está desestabilizando a varios países y amenazando la seguridad de democracias seculares muy alejadas de esa región. Por el bien de la seguridad regional e internacional, hay que domeñar a ese elefante.

Brahma Chellaney es profesor de Estudios Estratégicos en el Centro de Investigaciones Políticas de Nueva Delhi. © Project Syndicate.

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