Si lo pensamos bien, unos y otrasnos necesitamospara vivir

 22 mayo, 2016

Los inventores de hombres máquina (la robótica) van dejando a otros rezagados y no saben qué hacer con ellos: si adiestrarlos para nuevos oficios acordes con la nueva era industrial o considerarlos material desechable de la sociedad en gestación.

Ante esta disyuntiva, irrumpe el papa Francisco con una palabra olvidada: misericordia. La conceptúa como una vieja y nueva vitamina vivificante y prodigiosa para una humanidad que se ha olvidado de ser humana. Cuando se incorpora esa palabra al quehacer diario, este encierra una creciente esperanza.

Científicos y tecnócratas miran perplejos la palabra misericordia, y, otros, indiferentes, prosiguen su camino de hallazgos sorprendentes, aunque mañana les caiga el manto de la caducidad. Pero esta es la carrera del hombre, entre el mundo de los descubrimientos y el mundo de la misericordia. Lo importante, lo esencial, es conectarlos, empatarlos, como cuando los dos extremos de un túnel en construcción se topan y los trabajadores hacen fiesta del encuentro.

Estas verdades y luchas de la vida constituyen el terreno donde hombres y mujeres valen por igual y ninguno merece ser descartado, porque nadie sobra, sea hombre o mujer, y el mundo, unidos todos, sigue su marcha.

Repetición. Si lo pensamos bien, unos y otras nos necesitamos para vivir. Por consiguiente, no perdamos el espíritu de servicio, el respeto, la comprensión, la tolerancia y aquello de “ahogar el mal en abundancia de bien”.

Esto ya todos lo sabemos, pero hace falta un día y otro practicarlo, pues el principio pedagógico por excelencia es la repetición. Asimismo, las citadas virtudes humanas se complementan y enriquecen como Dios lo quiere: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Solo así seremos mejores.

El último peldaño de la vida humana consiste en juntar aquellos dos mundos, el científico-tecnológico y el mundo de la misericordia, donde todos valemos, a nadie se excluye y el cielo nos espera.

Volvamos al camino. Volvamos a las fuentes. Volvamos al empeño por ser mejores. La confluencia de estos dos mundos así lo pide. No perdamos la ambición de la vida eterna que nos evoca la palabra misericordia.

El autor es abogado.