Los comentaristas ya especulan con que el país deberá elegir entre Sanders y Trump

 16 septiembre, 2015

WASHINGTON, D.C. – Mientras republicanos y demócratas atraviesan el largo proceso de elegir un candidato para las elecciones presidenciales del próximo año, ambos partidos enfrentan la mismo interrogante. ¿Durará el ánimo contra el establishment –hasta podría decirse antipolítico– que hoy domina la contienda?

Por una vez, el Día del Trabajo (el primer lunes de setiembre) no fue el punto de demarcación de la carrera presidencial: los temas generales ya habían sido definidos. El rechazo del gobierno y los políticos tradicionales azotó a la contienda presidencial como un tornado en el verano, y arrasó las campañas de algunos que, en cierto momento, habían sido considerados contendientes serios.

Entre los republicanos, este sentimiento, obviamente, no es ninguna sorpresa, dada la constante propensión del partido hacia la derecha y su antipatía consistente por el presidente Barack Obama. Pero le vino de perlas a un charlatán rico y ruidoso que se metió de lleno en la carrera presidencial atacando a los políticos convencionales con acusaciones de “estúpidos” e insistiendo en que solo él sabe cómo hacer las cosas.

Quienes desestimaron a Donald Trump y lo calificaron de “bufón” no supieron ver que el hombre había leído astutamente el espíritu de época republicano y que sabe exactamente dónde clavarles el cuchillo a los competidores. Su descripción del exgobernador de Florida Jeb Bush como un hombre de “poca energía” le ha infligido un daño real a un candidato que, para muchos –incluso antes de que ingresara formalmente en la carrera presidencial– era el favorito.

“El Donald” (nadie tiene un mejor reconocimiento de nombre que la expersonalidad de la TV) apeló tanto al patriotismo norteamericano como al lado oscuro del país. Su eslogan “Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande” está destinado a quienes se sienten frustrados porque Estados Unidos ya no puede imponer su voluntad en un mundo cada vez más confuso. Para ellos, y para Trump, Obama tiene la culpa: no les hace frente a los líderes extranjeros (Benjamin Netanyahu podría no coincidir); se retiró de Irak demasiado pronto (aunque el cronograma había sido fijado por su antecesor republicano); hasta “pide disculpas” por Estados Unidos.

Trump apela a las persistentes venas de racismo y nativismo de Estados Unidos: promete de alguna manera arrear y deportar a unos 11 millones de extranjeros indocumentados, y fortificar la frontera de Estados Unidos con México mediante la construcción de un muro -pagado por México-. Su notable narcisismo (todo lo que él hace es "espectacular, grande, maravilloso, lo mejor") es su marca registrada y su política también.

Alrededor de mediados de agosto, cuando los números de las encuestas de Trump subieron incluso después de declaraciones públicas que habrían acabado con los simples candidatos mortales, los analistas cayeron en la cuenta de que no era un capricho de verano. Se tornó evidente que estaba en condiciones de ganar la primera pelea por la nominación, las reuniones electorales de Iowa, y que tenía una posición de liderazgo en la segunda, New Hampshire, y otros estados. Ya no resultaba irrisorio decir que podía ser el candidato republicano.

Sin embargo, el ánimo “anti-sistema” de esta campaña electoral no se limita a los republicanos. Bernie Sanders el socialista y Donald Trump el plutócrata abordan en gran medida el mismo impulso. Con frases claras y declarativas, Sanders describe una concepción idealista de la política de gobierno que atrae a muchísima gente en la creciente izquierda del Partido Demócrata.

Por el contrario, Jeb Bush y la supuesta candidata de los demócratas, Hillary Clinton, encarnan la política tradicional. Ambos dan la impresión de basarse en muestreos, de ser empaquetados y cautelosos, mientras que Trump y Sanders son vistos por sus seguidores como quienes “dicen las cosas como son”.

Sanders apela a la frustración popular ante los acuerdos hechos por los líderes de Estados Unidos, incluido el centrista Bill Clinton. Hillary Clinton, en un intento por cubrir la división entre las dos alas del Partido Demócrata, cada vez se inclina más a la izquierda mientras que Sanders atrae multitudes enormes, algo que para ella todavía es una asignatura pendiente. Es más, la campaña de Clinton se esfuerza por dejar atrás el lodazal generado por las revelaciones de que realizó tareas oficiales desde un servidor de correo electrónico privado mientras se desempeñaba como secretaria de Estado de Obama.

Mientras tanto, la seducción que ejerce Trump entre los republicanos es generalizada: moderados y conservadores, con formación universitaria, evangelistas, hombres y mujeres. También incluye a los supremacistas blancos: en junio Trump fue respaldado por The Daily Stormer, el mayor sitio web de “noticias” neo-nazis de Estados Unidos.

Cuando dos activistas de extrema derecha en Boston golpearon a un hombre latino sin techo, mientras uno de ellos mencionó que había actuado en nombre de Trump, el candidato comentó que algunos de sus seguidores son “apasionados”.

Una encuesta de los seguidores de Trump determinó que el 66% cree que Obama es musulmán y el 61% que no nació en Estados Unidos (una afirmación que Trump siguió proclamando mucho después de haber sido desmentida).

El rival republicano más cercano a Trump, Ben Carson, neurocirujano de renombre, tampoco tiene experiencia política y hace comentarios extravagantes.

Pero Carson los hace en un tono más bajo, lo cual podría explicar por qué su ranquin de popularidad en Iowa es superior al de sus rivales republicanos (casi al nivel de Trump en una encuesta).

Carson dijo, por ejemplo, que la gente entra a la cárcel siendo heterosexual y sale siendo homosexual; que Estados Unidos es como la Alemania nazi en materia de represión de ideas y opositores; y que el presidente no tiene por qué hacer cumplir la reciente decisión emblemática de la Corte Suprema que legaliza el matrimonio entre homosexuales.

Trump y Carson, junto con otros dos candidatos que se presentan como ajenos a la política –Ted Cruz, senador de Texas, y la antigua CEO de Hewlett-Packard Carly Fiorina–, actualmente representan alrededor del 60% del respaldo entre los republicanos de Iowa.

Bush y el resto del campo, entre ellos Rand Paul, Scott Walker y Marco Rubio –todos en algún momento predilectos de la prensa política– están trastabillando. Para recuperar terreno, algunos, especialmente Walker, han caído en la trampa de intentar superar al propio Trump.

Pero Trump hay uno solo, y su candidatura está generando histeria entre las autoridades del Partido Republicano, particularmente si se tiene en cuenta la hostilidad manifiesta de su campaña hacia los latinos.

Luego de la reelección de Obama, en el 2012, los líderes republicanos encomendaron un estudio que reveló que el candidato del partido tendrá que ganar más votos latinos que nunca para llegar a la Casa Blanca. Hay escasas posibilidades de que eso suceda si Trump es el abanderado del partido.

Hasta el momento, Trump ha desafiado las leyes de la gravedad política. Pero sigue siendo posible que su candidatura colapse en tanto algunos de sus rivales abandonan la carrera y dejan a sus seguidores (y a los patrocinadores adinerados) frente a la tarea de aglutinarse en torno de un candidato al que vean como una alternativa más viable.

Esto sería un alivio para los líderes del Partido Republicano, quienes recientemente obtuvieron la promesa de Trump (fácilmente incumplida) de no montar una campaña presidencial independiente si no llegara a ganar la nominación del partido.

Mientras tanto, ambos establishments partidarios tienen motivos para estar nerviosos. Ahora que las encuestas dicen que Sanders aventaja por mucho a Clinton en New Hampshire, los comentaristas serios han empezado a especular con que a los norteamericanos, en definitiva, se les pedirá que elijan entre Sanders y Trump.

Elizabeth Drew es autora, más recientemente, de Washington Journal: Reporting Watergate and Richard Nixon’s Downfall. © Project Syndicate 1995–2015