15 marzo, 2015

MADRID – La Unión Europea es un experimento político que ha llevado la integración democrática a niveles desconocidos en la historia. Sin imposiciones militares, basado en la libre voluntad de sus miembros, la UE se sitúa en la vanguardia de la innovación institucional. Por eso, desde esa perspectiva, no tiene sentido que unos –necesitados de ayuda financiera– actúen de manera unilateral aduciendo su condición de ‘soberanos’ y otros funcionen como simples acreedores ignorando el sufrimiento social que ha provocado la crisis. Hay que mover el marco del debate público europeo. Es urgente asentar un paradigma de cooperación leal entre socios y amigos, no entre rivales cuyas posiciones parecen irreconciliables.

El proceso de integración europeo ha sido, en lo fundamental, armonioso, ordenado y justo. Ahora, sin embargo, la larga crisis económica ha puesto en jaque los cimientos más profundos de nuestra unión. Hasta ahora, y gracias a fondos como los de cohesión, los países comparativamente menos ricos han recibido gran cantidad de recursos económicos que han mejorado su renta per cápita. La crisis ha cambiado las condiciones. La pertenencia a la UE se percibe como costosa por gran parte de esas sociedades.

Por ello, la demanda de “soberanía nacional” retorna con fuerza al debate público europeo. La victoria electoral de Syriza en Grecia y el auge de diferentes partidos de todo signo político en el resto de estados miembros lo pone de manifiesto. Todos ellos hablan de soberanía nacional frente a los llamados poderes exteriores, conformando un eje político transversal con un gran componente nacionalista. Es lo único que puede explicar la coalición de gobierno en Atenas.

En su discurso, “soberanía” se traduce como “empoderamiento” frente a instituciones percibidas como no democráticas. Equiparan la soberanía a la democracia. El mensaje seduce a ciudadanos de los países del sur que se sienten perdedores de una integración que perciben impositiva y rígida. También a ciudadanos del norte vulnerables a un mensaje simplista que asume el sur es un compendio de países derrochadores e irresponsables. La esencia de ese voto, al final, es el miedo a la globalización. Ciudadanos que, temerosos de perder las seguridades y recelosos de un mundo que no acaban de entender, se abrazan a un mensaje reduccionista pero comprensible.

Pero el mundo ya no es ni será el de Estados-nación cerrados en sí mismos. Tampoco en la Europa de la poscrisis. La amalgama heterogénea de partidos más o menos populistas no plantea bien los términos del debate. Su marco, basado en posiciones radicales, conduce a un paradigma del que debemos huir. Plantear el debate como si los dos extremos fueran las únicas opciones posibles –o integración impositiva o soberanía nacional absoluta– es falaz y peligroso.

No planteemos todo en términos de soberanía nacional absoluta o integración exclusivamente tecnocrática y coercitiva. Para ello, la UE debe apostar por la democratización de sus instituciones, como ya hizo con la designación de candidatos a presidir la Comisión. Esa es la senda.

Los Estados europeos son soberanos, y negocian entre sí como tales. Sin embargo, son mutuamente dependientes –o interdependientes–. A escala global ocurre lo mismo, pero en Europa es especialmente evidente. La actuación de cada uno de los Estados, soberanos, está condicionada por factores y actores externos. El Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE: fondo de rescate europeo) es un buen ejemplo. Debe entenderse en términos de proyecto colectivo, no como instrumento de dominación o confrontación. Los recursos del MEDE son de todos, y los efectos negativos de la quiebra de uno de sus miembros afectan también a todos. Sin olvidar que el sufrimiento de los países con necesidad de ayuda financiera es responsabilidad de todos. Es la esencia de nuestra interdependencia.

Pero la interdependencia no solo deriva de compartir moneda. También es consecuencia de múltiples interacciones socio-económicas, propias de un espacio compartido como es la Unión Europea. La UE ha vehiculado enormes transferencias económicas entre sus miembros mediante los fondos de cohesión. Quien más tenía ha aportado ingentes cantidades de dinero a quien menos tenía a lo largo de décadas. Fueron gobiernos democráticos y soberanos los que lo hicieron, tanto los que daban como los que recibían.

Fue también un gobierno soberano griego el que solicitó un rescate a sus socios europeos. Como el portugués, el chipriota o el irlandés. Grecia, de hecho, ha recibido ya hasta un 117% de su PIB en ayudas, Chipre el 55,9%, Irlanda el 45,1% y Portugal el 46,6% de su PIB. España recibió el equivalente al 3,9% de su PIB en forma de rescate bancario. No se puede plantear hoy la soberanía como una suerte de comodín al que recurrir para, solo con nombrarla, hacer desaparecer los problemas. La “soberanía mágica” es una falacia intelectual, una quimera política y una frustración social. El debate no se puede desligar de la interdependencia ni de la responsabilidad que esta conlleva. En todas las partes, sean acreedores o deudores.

La soberanía no elimina la dependencia. Ni la sustituye. Las malas decisiones soberanas conllevan más dependencia en el futuro. Sobre todo si se solicita ayuda a terceros para enmendar errores propios. Debemos operar en otro paradigma, donde no se rompan los pactos en base a la soberanía mágica ni se asuma que aportar recursos al fondo de rescate signifique empobrecimiento nacional. Los recursos que aporta cada país no se detraen de las pensiones públicas. Igual que cuando se han recibido fondos de cohesión durante décadas no se estaba condenando a la pobreza a los socios más ricos; todo lo contrario, les beneficiaba al estabilizar su periferia y crear socios comerciales solventes donde exportar y asentar su mercado.

Basta de recurrir a la “soberanía mágica”. Grecia, como otros países, debe aspirar a equilibrar su interdependencia. Equilibrar las fuerzas y no avivar fuegos tan peligrosos como los nacionalismos excluyentes y el miedo al diferente. La solución no está en los Estados-nación, ni en el enroque nacionalista. Como reconocido finalmente hace unos días el primer ministro griego, Alexis Tsipras, “Europa es un espacio para la negociación y los compromisos beneficiosos para ambas partes”. Estar juntos es una elección libre. Y acertada. El repliegue nacional, apelando a los instintos primarios de los electorados es un error que puede llevar a finales indeseados. Europa debe trabajar en las identidades múltiples que definía Amartya Sen. Seamos del norte o del sur, finlandeses o griegos, austriacos o portugueses, todos somos europeos. Eso nos enriquece y nos permite crecer. Es nuestra garantía de desarrollo y prosperidad individual y colectiva.

Javier Solana, distinguido senior fellow de Brookings Institution y presidente del Centro de Economía y Geopolítica Global de ESADE. © Project Syndicate 1995–2015

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