No se puede ser justo cuando las decisiones operativas o administra-tivas no lo son

 19 marzo

¿Cómo se construye la justicia? En primer lugar, hay que tener claro que ella no se identifica con una ideología, ni con la legalidad, ni con la división social del poder. La justicia es un valor muy alto, que tiene que ver con el trato personal, la igualdad de oportunidades y la retribución económica equitativa. Por eso, la justicia nace de la objetividad, del discernimiento compartido y del deseo que los demás tengan más posibilidades de desarrollo humano.

Es decir, la justicia nace no de la adecuación a las normas legales, sino del plus humano reconocido y promovido por aquellos que tienen el poder de decisión administrativa sobre los recursos disponibles.

La justicia es un valor, no un límite; es una visión de futuro, no simplemente una decisión para el presente. Ser justo equivale a reconocer el valor inestimable del otro y la dependencia que se tiene de él. No es un simple cálculo, va más allá de eso: es una opción humanista y una decisión operativa o administrativa consonante.

Por eso, la justicia es claramente medible, observable y catalogable. No se puede ser justo cuando las decisiones operativas o administrativas no lo son, ni se puede decir que se busca la justicia cuando se salvaguarda a toda costa el propio poder y se hace alarde de él.

La justicia tiene que ver con la igualdad humana, porque ella desenmascara el poder en lo que se concretiza: o en autoridad político-administrativa o en manipulación de los recursos en vistas a la autorreproducción de las estructuras de poder.

Parte integral. La calidad de una persona se mide en su capacidad de ser justa, de eso no hay duda. No se necesita tener poder para ser justo, porque quien tiene puede renunciar incluso a lo que posee para compartir con el que necesita.

La justicia, como valor, se convierte en parte integral de la persona, se evidencia en su trato con los demás, en la atención que se tiene a las necesidades ajenas. La persona justa evita ser manipuladora, no busca nunca su propio interés, ni la ratificación de social o legal de sus acciones, porque la justicia implica la gratuidad. ¿Cómo se podría ser justo con otro si no se es gratuito, magnánimo y sincero? Reconocer el derecho del otro no implica un abajamiento del que tiene alguna autoridad institucional, porque es un acto de humildad y de reconocimiento de la igualdad radical del otro. En otras palabras, es una renuncia al poder como privilegio para garantizar la pura convicción de humanidad que mueve el propio obrar.

No hay nada más opuesto a la justicia que la protección y la ostentación del propio poder decisional. Porque esta actitud implica la separación radical de las personas: aquellas que pueden decidir y las que no lo pueden hacer, porque son dependientes de quien ostenta el poder.

Es cierto que cuando se administra se tiene que decidir, pero el problema radica en la propia visión del mundo y del lugar que se pretende asumir. El que decide, si se siente superior, en realidad se protege a sí mismo. El que busca el bien de los demás, no teme arriesgarse a apostar por el otro, porque lo guía la confianza. La excesiva autoprotección no es más que una excusa para evadir el valor de la justicia y la mutua dependencia.

Injusticia. No es de extrañar, por tanto, que el injusto sea una especie de sádico megalómano, que se goza en el dolor ajeno porque le parece adquirir mayor poder. Pero en realidad lo pierde, porque su autoridad se ve lesionada a nivel popular.

La injusticia que nace de decisiones institucionales, por ejemplo, termina por quebrar la confianza de los ciudadanos; por lo que se fomenta la anarquía, la indiferencia o el deseo de rebelión. Todos ingredientes de conflicto social se cuecen en el caldo del orgullo del poder y del dinero.

La injusticia y la petulancia emanados del poder solo generan odio y resentimiento, aunque la aparente sumisión del que siente miedo ante el injusto parece demostrar lo contrario: al final el poderoso permanece solo ante su mentira. Por eso el injusto tiene que hacer recurso a otra estrategia: la dádiva de favores, para encontrar aliados de su poder y hacer frente a la rebelión.

No hay duda de que hoy tenemos sed de justicia, porque cada vez más somos conscientes de que no es posible vivir en un mundo globalizado y no tener conciencia de la interdependencia radical que tenemos.

Los diversos roles sociales se revelan en lo que son: no implican ningún tipo de diferenciación real entre las personas, solo en su función. Pero, por eso, la jactancia de los poderosos se concentra en subrayar que la capacidad de cada uno se encuentra siempre amenazada por la espada de Damocles: el poder absoluto y demagógico se vuelve escurridizo en una sociedad líquida y capitalista, se quiere invisible, pero no por eso deja de ser radicalmente deplorable en lo moral.

El poder absoluto e indiscutible es siempre efímero en una sociedad democrática, globalizada y relativista como la nuestra. En efecto, cuando la justicia no es el norte, solo queda la competencia acérrima como criterio de equilibrio y, por ello, la debacle de la armonía social.

Populismo. ¿Por qué los populismos se han vuelto tan populares? Porque a mucha gente no le queda otra salida para responder a los desvaríos del poder administrativo, político o burocrático. Más indefensa se siente, más necesidad de un defensor o redentor se experimenta. Pero la historia nos ha dicho que esta clase de líderes no traen más que opresión, represión y resentimiento.

Al final se buscarán cabros expiatorios para rehuir la única verdad subyacente: el miedo a enfrentar la autoridad. Esa es una triste realidad de Occidente que tenemos que evitar a toda costa, cuando renegamos de nuestra capacidad política, cuando preferimos el miedo a la verdad, nos sometemos ingenuamente a la injusticia.

La verdad es que no podemos decir que sea justo lo que es en realidad devaneo del poder, ni podemos aventajarnos de las dádivas del poder porque es conveniente. Es la integridad de la conciencia y el deseo de escuchar a los demás lo que nos puede salvar del propio orgullo, del deseo de sobrevivir a cualquier costo y de la tentación de sentirnos omnipotentes.

Ninguno de nosotros puede refugiarse en la ley para negar sistemáticamente la justicia o para ocultarse de su deber soberano de ser su baluarte. En otras palabras, la sed de justica nunca debe apagarse de nuestros corazones, sino concretizarse en acciones.

El autor es franciscano conventual.