El Kremlin también ha venido intentando atizar las tensiones étnicas

 5 diciembre, 2015

LONDRES – Dos tragedias recientes –el derribamiento de un avión civil ruso en la península del Sinaí y la masacre terrorista en París dos semanas después– parecieron darles a Rusia y a Occidente algo en lo que ponerse de acuerdo: el Estado Islámico (EI) debe desaparecer.

Pero un análisis más cercano de las operaciones militares de Rusia en Siria –para no mencionar el derribamiento de un avión de guerra ruso por parte de Turquía– sugiere que sería prematuro concluir que los objetivos rusos y occidentales pueden alinearse.

Por supuesto, Rusia sostiene que su intervención siria está destinada a derrotar al Estado Islámico y a “otros terroristas”. Pero, según el Departamento de Estado norteamericano, más del 90% de los ataques aéreos rusos hasta ahora no estuvieron dirigidos al EI o a Jabhat al-Nusra, asociado a Al Qaeda, sino a los grupos armados que están combatiendo tanto al EI como al presidente sirio, Bashar al Asad, aliado de Rusia. De hecho, el EI ha avanzado en Aleppo desde que comenzaron los ataques aéreos.

Esto no quiere decir que aniquilar al EI no figure en la agenda del presidente ruso, Vladimir Putin. Eso es prácticamente una certeza. Pero también tiene otros objetivos: proteger al régimen de Asad, expandir la presencia militar y la influencia política de Rusia al este del Mediterráneo y Oriente Medio, y quizás incluso hacer subir el precio del petróleo.

Hasta el momento, los ataques aéreos rusos han estado concentrados en Latakia, Hama e Idlib, donde le han permitido al régimen de Asad hacer varios avances. Putin parece estar intentando ayudar a Asad a asegurar sus baluartes costeros, en los cuales rebeldes armados hicieron avances significativos en agosto y setiembre. Esas zonas son parte de lo que se da en llamar la “Siria útil”, que también incluye la frontera libanesa, Damasco, partes de Aleppo e importantes ciudades en Siria occidental, sur y central. Asad debe mantener el control en estas zonas para fortificar su posición en cualquier negociación política y eventual acuerdo, incluso una potencial división.

Es más, la instalación por parte de Rusia de capacidades de defensa aérea sofisticadas en Siria no tiene nada que ver con el EI, que no posee fuerza aérea. En verdad, prepara el camino para una zona de exclusión aérea, que protegería al régimen de Asad y serviría como un contrapeso estratégico para la presencia de Estados Unidos en la Base Aérea Incirlik de Turquía.

Por cierto, el derribamiento por parte de Turquía del avión de guerra ruso –que, incidentalmente, tenía como blanco grupos rebeldes sirios– insta a Rusia a incrementar estos esfuerzos. El ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigu, ahora anunció que se desplegará un sistema S-400 SAM de última generación en la base aérea de Rusia en Latakia.

Sin embargo, la estrategia de Putin tiene serios problemas. Para empezar, los ataques aéreos tácticos de los que depende Rusia no han sido particularmente eficaces en el pasado. La fuerza aérea de Rusia carece del abanico de armas de precisión y sistemas de localización que posee Occidente –una realidad que produjo consecuencias terribles durante la guerra de Georgia en el 2008 y la primera y segunda guerra chechena en 1994-1996 y 1999-2009–. La tolerancia del “daño colateral” es mucho más alta en Rusia que en Occidente y dicha realidad juega a favor de los reclutadores terroristas.

El Kremlin también ha venido intentando atizar las tensiones étnicas, una táctica utilizada desde la era zarista. El ministro de Relaciones Exteriores, Sergey Lavrov, dijo que Rusia intervino en Siria para “proteger a las minorías”. Putin hizo las mismas declaraciones cuando envió tropas a invadir dos enclaves étnicos en Georgia, Abjazia y Osetia del Sur, y los reconoció como repúblicas independientes. De la misma manera, Putin justificó la anexión de Crimea y la invasión de zonas del este de Ucrania por parte de Rusia haciendo hincapié en sus importantes poblaciones “rusas étnicas”.

En Oriente Medio, en cambio, el desenlace podría recordar lo que siguió a la invasión soviética de Afganistán hace 36 años. Actores regionales como Turquía y Arabia Saudita se oponen fervientemente a dejar a Asad en el poder, ya que eso favorecería los intereses de sus rivales, Irán y Hizbulá.

Cincuenta y cinco clérigos sauditas han difundido un comunicado en donde se alienta a la yihad en contra de los invasores rusos. La Hermandad Musulmana de Siria, cuyos líderes están basados en Turquía y el norte de Siria, se ha hecho eco de ese sentimiento y declaró que la yihad contra la “invasión rusa” es el “deber religioso” de “todo musulmán en buena condición física”.

Si la resistencia doméstica logra expulsar a Rusia de Siria, como le sucedió a la Unión Soviética en Afganistán y a Rusia en la primera guerra chechena, Putin podría enfrentar problemas en su país. Una derrota militar, combinada con las condiciones económicas en franco deterioro, probablemente haría que gran parte de la población –y muchos de sus compinches– se le volvieran en contra.

Sin embargo, hay otros desenlaces que también son posibles. Una victoria parcial rusa, como la de Georgia o Ucrania, implicaría establecer sectores de la zona occidental de Siria bajo protección ruso-iraní, y en definitiva la división de facto del país.

Un desenlace como el de la segunda guerra chechena –menos factible, dadas las importantes diferencias entre los dos teatros– conllevaría la instalación de un régimen leal, liderado por Asad o por algún otro, y la persistencia de la inestabilidad y una insurgencia rural.

El escenario menos probable es aquel en el que Rusia lidera un proceso de negociación que da como resultado una paz y una estabilidad a largo plazo.

Una “mediación” liderada por Rusia en Tayikistán terminó en la guerra civil de 1992-1997, y llevó a los movimientos opositores a entregar sus armas o integrarse al ejército regular bajo garantías rusas. Pero pocos años más tarde, se prohibieron muchos de esos movimientos y sus líderes y miembros terminaron en la cárcel, en el exilio o en tumbas.

Ninguno de estos escenarios se corresponde con los eslóganes de la revolución de Siria del 2011, o con los intereses occidentales de estabilizar el país, frenar los flujos de salida de refugiados y, llegado el caso, promover la democratización.

Desafortunadamente, esto no sorprende: como sucedió tantas veces en el pasado, Occidente actualmente no tiene ninguna estrategia creíble para contener a Putin, aun cuando el hombre no tenga ninguna estrategia de salida clara o final en mente.

Lo único certero hoy es que, no importa lo que suceda en Siria, no sucederá sin Rusia.

Omar Ashour es académico sénior en estudios sobre Seguridad en la Universidad de Exeter y miembro asociado en la Chatham House de Londres. Es el autor de The De-Radicalization of Jihadists: Transforming Armed Islamist Movements y Collusion to Collision: Islamist-Military Relations in Egypt. © Project Syndicate 1995–2015