El dinero se debe asignar primero a los proyectos sanitarios que logren más resultados

 19 agosto, 2016

COPENHAGUE – Los políticos y filántropos suelen hablar de ideas abstractas y elevadas, como la sostenibilidad y la transformación a través del diálogo. Así que debemos aplaudir a Bill Gates y al primer ministro indio. Narendra Modi. por ocuparse de un tema mucho más mundano, pero fundamental: los retretes.

La Fundación Bill & Melinda Gates desea transformar la propia tecnología de los retretes para que no dependan de grandes infraestructuras, como sistemas cloacales y plantas de tratamiento de agua. En el 2011, la Fundación Gates lanzó su desafío para la reinvención del retrete, que otorga subsidios a investigadores que “estén usando enfoques innovadores –basados en procesos de ingeniería fundamentales– para la gestión segura y sostenible de los excrementos humanos”. Se espera que los baños del siglo XXI conviertan los excrementos humanos en energía, fertilizantes e incluso agua potable.

Por su parte, Modi ha declarado que es más importante construir baños que templos y lanzó una campaña para poner fin a la defecación al aire libre en la India para el 2019, que coincida con el 150.° aniversario del nacimiento del líder de la independencia de la India, Mahatma Gandhi. Para lograrlo, el gobierno de Modi está construyendo rápidamente instalaciones sanitarias básicas e instalando millones de retretes en todo el país, que incluyen al menos uno en cada escuela.

Los esfuerzos de la India son similares a los del mayor de sus vecinos, China, que también está construyendo baños en todo el país, específicamente para apoyar a su industria del turismo. En lo que está siendo llamada la “revolución del retrete”, la Administración Nacional de Turismo de China afirma haber construido 14.320 retretes en sitios turísticos en el 2015 y mejorado 7.689 instalaciones adicionales.

Los responsables de las políticas aciertan al centrarse en este tema. La mala salubridad es uno de los grandes desafíos del desarrollo; aunque 2.000 millones de personas lograron acceder a la salubridad básica y segura en los últimos 25 años, 2.500 millones de personas –la mitad del mundo en vías de desarrollo– aún carecen de ella.

Los retretes se dan por sentado en los países ricos, pero son tan escasos en la India que en ese país viven 600 millones de los 1.000 millones de personas en el mundo que deben recurrir a la defecación a cielo abierto.

Esto tiene graves consecuencias para la salud, especialmente para los niños. En la India, la diarrea crónica mata a casi 200.000 niños al año y está vinculada con la desnutrición y el raquitismo del 43% de los niños de menos de cinco años. Los niños expuestos a esas condiciones son vulnerables a infecciones oportunistas como la neumonía e incluso la polio. Esos indicadores son mucho más elevados en la India que en otros países con niveles de ingresos similares, pero mejor salubridad.

Las mujeres también sufren desproporcionadamente la falta de retretes, porque la privacidad básica exige que solo vayan al baño después del atardecer, cuando son más vulnerables a los ataques físicos y a los accidentes.

Los perjuicios a la salud pública derivados de la mala salubridad limitan el desarrollo económico, porque hacen que los trabajadores produzcan, ahorren e inviertan menos, y mueran más jóvenes. Una estimación del Banco Mundial sitúa el costo mundial anual de la mala salubridad en los $260.000 millones; la India representa casi $54.000 millones del total (el 6,4% de su PIB), según los datos del 2006 (los últimos disponibles).

No hay una solución rápida para este problema. Incluso con más inodoros disponibles, lleva tiempo que la gente adopte nuevos hábitos sanitarios, por lo que organizaciones no gubernamentales como WaterAid han solicitado más educación –en la escuela y en los medios– para explicar los beneficios para la salud, la seguridad y la economía de una mejor higiene.

Esto nos lleva a un desafío adicional: el coste. Unas 3.000 millones de personas más necesitarán acceso a la salubridad básica en los próximos 15 años y cubrir sus necesidades costará unos 33.000 millones al año, según una estimación de Guy Hutton, economista del Banco Mundial.

La estimación de Hutton es parte de un análisis de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas para el agua y el saneamiento, que llevó a cabo para el Copenhagen Consensus Center, el grupo de expertos que dirijo. Bajo el marco de los ODS, la ONU adoptó 169 metas de desarrollo que entrarán en vigor este año.

El enorme volumen de nuevos niveles de referencia por considerar hace cavilar a las organizaciones de desarrollo y a los gobiernos donantes, por lo que Copenhagen Consensus ha encargado a economistas que examinen y prioricen las metas.

Con una inversión de 33.000 millones, 3.000 millones de personas más podrían acceder a la tecnología de baños de bajo coste: letrinas con descarga manual y de hoyo en zonas rurales, e inodoros con cisterna de recarga automática conectados a tanques sépticos en las áreas urbanas. La rentabilidad de la inversión en términos de beneficios reales sería de $94.000 millones al año, o casi tres dólares por uno gastado.

Esta estimación incluye ahorros tanto por los resultados económicos como sanitarios, como la mayor productividad de los trabajadores y los casos evitados de diarrea crónica y otras enfermedades. Y los verdaderos beneficios probablemente serían aún mayores si incluyéramos las mejoras relacionadas al ambiente y el rendimiento escolar de los niños.

Pero también debemos reconocer que el dinero gastado para mejorar la salubridad –en términos de los beneficios sociales por dólar invertido– podría asignarse aún mejor a metas de los ODS con impacto, como la eliminación de la tuberculosis o la mejora del acceso a la planificación familiar. El dinero se debe asignar primero a los proyectos sanitarios que logren más resultados. Un paso sencillo sería centrarnos en eliminar la defecación al aire libre en áreas rurales mediante la instalación de letrinas compartidas. Eliminar la defecación al aire libre en las áreas rurales solo costaría unos $14.000 millones al año y lograría beneficios de seis dólares por uno gastado.

Una generación atrás no se escuchaba a los políticos y filántropos hablar de retretes (mucho menos considerarlos como algo central en su trabajo para el desarrollo). Que Modi y Gates lo hayan hecho es un logro en sí mismo, pero queda mucho por hacer y no debemos perder de vista los números al asignar recursos escasos para la inversión en desarrollo. Solo considerando cuidadosamente los costos y beneficios podemos evitar tirar dinero útil por el excusado.

Bjørn Lomborg es director del Copenhagen Consensus Center y profesor visitante en la Escuela de Negocios de Copenhague. © Project Syndicate 1995–2016