Cuando nos desviamos de la conducta del ‘Homo economicus’ no dejamos de ser racionales

 22 octubre

Para definir quién iniciaba un juego de chócolas, asunto que daba una ventaja competitiva, un amigo de infancia lo dejaba a la suerte de lanzar al aire una moneda de diez céntimos: “Corona, gano yo; escudo, pierde usted”, decía.

Una joven pareja de marido y mujer a duras penas logró ahorrar $20.000, los cuales pusieron en una cuenta de ahorro que les pagaba el 4 % de interés anual. Luego les apareció la opción de comprar un vehículo usado, en buen estado de conservación, en $18.000 y la familia decidió pedir al banco un préstamo por el total, a 60 meses, pagando un 15 % de interés.

Juan, como muchos ticos, ha ganado muchas libras y actualmente pesa 247. Cada fin de año se propone ir al gimnasio, pero, por alguna extraña razón, no lo hace. Pedro no ha podido dejar el hábito de fumar, quiere hacerlo.

María puso a la venta un lotecito que heredó de su madre, antes de lo cual, con la ayuda de un ingeniero, estableció lo que podía ser el valor. Luego, al primer cliente que le ofreció esa suma de dinero se lo vendió.

Crisanto, empleado por cuenta propia, se queja de que casi tiene ya 63 años de edad y no ha ahorrado mucho para la vejez. Filiberto le lleva ganas a una chaqueta de cuero italiano que vio en una tienda chic en uno de los centros comerciales de la capital, pero encuentra que el precio es demasiado alto. Sin embargo, cuando pegó un pequeño premio de lotería, lo primero que hizo fue ir a comprarla y, aunque le quedó un poco grande, apareció con ella en su casa.

Características. Los ejemplos citados tienen características que conviene analizar. El primero es, simplemente, el caso de un chavalo vivillo, que planteaba la apuesta de forma en que él siempre ganara. Muchos amigos caímos de tontos. Los otros parecen decisiones irracionales, antieconómicas, pero, como veremos, quizá no lo son.

La pareja de jóvenes que obtiene un 4 % de interés por sus ahorros, y paga al mismo banco 15 % por un préstamo, pareciera actuar irracionalmente, pues mejor le habría resultado comprar el carrito pagando en efectivo, que obtener un préstamo y pagar altos intereses. Sin embargo, ojo, lo actuado tiene sentido si ellos estiman que el préstamo los obliga a pagar mes a mes la deuda y que, al final del plazo convenido, tendrán libre tanto el carro como los ahorros. Que si hubieran optado por la opción de pagar en efectivo, quizá al final de ese plazo solo tendrían el carrito. Esto lo que quizá muestra es que ellos no creen tener suficiente fuerza de voluntad para volver a ahorrar y, por tanto, lo actuado estuvo OK.

Juan y Pedro son ejemplos clásicos de personas que descuentan a una tasa muy elevada el futuro. Para ellos, el esfuerzo presente (ir al gimnasio, dejar de fumar) es altísimo al compararlo con un beneficio (bajar de peso, mejorar su salud) que se ha de dar no hoy, sino en un futuro a sus ojos distante. Lo mismo ocurrió a Crisanto en sus años mozos. Para él, el futuro era algo muy distante y entre ahorrar unos coloncitos, o comprar una pensión, y darse paseos semanales a Ojo de Agua o a la Perla del Pacífico, escogió lo último.

María disparó el lote sin esperar a recibir otras ofertas, porque juzgó (quizá correctamente) que no recibiría muchas por montos superiores y que el costo de esperar y esperar era demasiado alto. Así, al decidir ella no solo incorporó la información sobre el posible valor del terreno, sino el costo económico de esperar a tener más ofertas y la posible ventaja de hacerlo. Como, a sus ojos, la ventaja de esperar más no superaba el costo de hacerlo, procedió como lo hizo.

Lecciones. En las clases de Economía, por facilidad, se suele recurrir a la figura del Homo economicus, un ser calculador y frío que computa costos y beneficios y que optimiza sus decisiones. Ese Homo no habría utilizado el préstamo del ejemplo para comprar un carro, como lo hizo la joven pareja. Pero los seres humanos muchas veces se desvían, a veces significativamente, de la conducta del Homo economicus y no por ello dejan de ser racionales.

Recién el Premio Sveriges Riksbank en ciencias económicas, comúnmente denominado Premio Nobel en Economía, fue concedido al profesor Richard H. Thaler, de la Universidad de Chicago, por sus contribuciones sicológicas a la teoría económica, para enriquecer los modelos de elección individual y explicar conductas que, sin ellos, podrían parecer irracionales. De esas explicaciones surgen formas alternativas de organizar asuntos de interés individuales, como son los esquemas obligatorios de seguro de invalidez, vejez y muerte y muchos otros de alta importancia social.

El profesor Thaler dijo que el cheque que acompaña al premio que este mes le fue concedido, que es por aproximadamente un millón de dólares, lo va a gastar de la manera más irracional posible. Si fuera en una fiesta con vino, pan, jamón y queso, acompañada de jazz interpretado por Wynton Marsalis, en la biblioteca de un castillo medieval italiano, me gustaría mucho que me invitara.

Quizá, en seres humanos, que tienen sentimientos variados, no sea tan mala la regla de Filiberto, en el sentido de que los ingresos extraordinarios se han de gastar de manera extraordinaria.

Entre los recipientes de Premios Nobel de Economía destacan investigadores de países desarrollados y, sobre todo, estadounidenses. Solo Amartya Sen (ganador 1998) proviene de un país en vías de desarrollo. Además, la mayoría de los galardonados son hombres, pues solo Elinor Ostrom (2011) es mujer.

Asimismo, de los 74 premios concedidos, 28 están afiliados a la Universidad de Chicago, cuna del neoliberalismo. ¿Habrá alguna irracionalidad también en esto?

El autor es economista.