Hay un fluido que es, que ha sido y será siempre incomunicable verbalmente

Por: Jacques Sagot 16 octubre

¿Cómo llegar hasta la poesía con este farragoso diccionario por único instrumento de navegación? ¡Menudo barquichuelo para surcar un océano en el que no han de faltar los maremotos y tempestades! ¡Vamos!, no digo que no haya cosas que no se puedan expresar perfectamente con el viejo diccionario: “me pica la cabeza”, por ejemplo, o “quiero un sándwich de jamón”. Pero intenten decir “tengo miedo”, “me siento solo”, “te amo” o “creo en Dios”, y la atroz insuficiencia y la rigidez de la palabra saltarán a la vista y al oído.

Todo cuanto es realmente importante en la vida es informulable. El lenguaje ha sido forjado, comprensiblemente, para expresar las más primarias, urgentes, elementales de nuestras necesidades. Para todo lo demás, hemos de valernos de perífrasis, metáforas, metonimias, símiles… El viejo arsenal de la retórica (ballestas, catapultas y arietes, que, en lo esencial, nuestras armas han sido siempre las mismas).

Las palabras son como ladrillos toscos e irreductibles: debemos fraguar las más insólitas combinaciones, las formas más circunvolutas para decir… pues justamente lo indecible. Por eso propongo hoy aquí dinamitar el lenguaje. Desde dentro, que es la única manera eficaz de lograrlo: la palabra deshaciéndose a sí misma.

Creación. Mis nuevas palabras brillarían con luz propia, cada una de ellas sería como una estrella fugaz, no derivaría su resplandor de su función en medio de una frase, de su puro rol situacional, no se acomodarían con docilidad de rebaño a las estructuras que la sintaxis, desde fuera, les dicta. Antes bien, la frase manaría de ellas, sería como una constelación engendrada por los individuales fulgores del verbo.

Cada palabra cantaría, sí, cantaría, nos dejaría ver la belleza intrínseca de su materialidad. Las esculturas de Brancusi no pasan a veces de ser formas simplísimas, no “representan” nada, porque lo esencial en ellas es que la belleza inherente al mármol, al bronce o la madera se revele como tal, y no sirva el innoble rol de la figuración. Brancusi redescubre el esplendor intrínseco de la materia, la deja cantar, la deja ser. ¡Ah, si yo pudiese hacer otro tanto con la palabra, cuánta belleza podría revelar!

He asumido que tal es la ambición de la poesía. Pero a veces tengo mis dudas. Quizás porque no soy lo suficientemente poeta, no lo sé. Hay un fluido que es, que ha sido y será siempre incomunicable verbalmente. Las manos, la mirada, el cuerpo son mejores poetas que los más grandes vates de que la historia tiene memoria. Una caricia vale por mil poemas, una mirada puede estar preñada de poesía latente, y valer por todos los sonetos de Petrarca.

Límite a la expresión. Estoy condenado al silencio. A mi cárcel de palabras. Al mutismo de lo indecible. Y es irónico y cruel que las únicas cosas que en el mundo vale la pena expresar sean inexpresables, que solo tengamos vocabulario para denunciar nuestra picazón de cabeza o pedir un sándwich de jamón.

Sí, el cuerpo (instrumento) y el movimiento (lenguaje), y con ellos la música, son las más expresivas y elocuentes herramientas de que el ser humano ha sido dotado. Uno de mis grandes sueños consistiría en volver a la chora semiótica de que nos hablaba Julia Kristeva.

El lenguaje de la ilogicidad, del nonsense, el lenguaje presimbólico, preedípico, prerreferencial, presintáctico, pregramatical, prepaterno. Ritmo y melodía puros. La poesía siempre es mamá. Los padres vienen a nuestras vidas a arruinarlo todo. ¿La historia de la poesía? Un imposible viaje de regreso a casa. El retorno a esa tierra de la que fuimos exiliados, la verdadera patria de nuestra alma. Por eso la nostalgia y la melancolía le son inherentes. De Píndaro a Borges, tal ha sido la saga de la poesía.

El ritmo de palpitación cardíaca percibido como accelerando, ritardando o estabilidad por el niño en su universo intrauterino; el rítmico vaivén, la dulce barcarola del líquido amniótico, experimentado como melodía; la canción de cuna de la madre, ese lenguaje íntimo, singular, exclusivo y excluyente que fragua con su hijo, lleno de códigos secretos, de sonrisas, de complicidades: esa es la definición misma de la poesía.

Primera vivencia. El primer contacto del niño con el mundo es musical y poético. Su primera vivencia es el ritmo, constitutivo de la música tanto como de la poesía. Esa poesía que es, en buena medida, música hecha con palabras, con meros fonemas: el arrullo de la madre, cuajado de ternura, es música pura, la Berceuse de Chopin, o el Wiegenlied de Brahms.

No se trata de aprender a hablar, sino de reaprender a balbucir. Esos largos soliloquios con que los niños inventan su propio lenguaje, esos torrentes de fonemas en los que nosotros, en nuestra insondable limitación, no vemos más que gimoteos, imitación, simulacros. Nacemos poetas, desaprendemos la poesía, y luego nos pasamos el resto de nuestras tristes vidas tratando de reaprender la armonía y la divina cadencia del arrullo primordial.

“Nuestras lágrimas y nuestros besos, ellos, no hablan, y, sin embargo, los comprendemos, y los pasos de un amigo son más dulces que las dulces palabras”, nos dice el gran poeta francés Francis Jammes. Es así, las lágrimas, los besos, los pasos del amigo, en suma, la música, como debería operar siempre la poesía: ser el lenguaje de los lenguajes, el lenguaje de lo inefable, de lo oscuro y lo larval. Ese idioma impenetrable y sublime que hablan la madre y su hijo recién nacido, o aún suspendido en la beatitud intrauterina: eso es la poesía.

Lenguaje pleno, directo, no referencial: cuestión de caricias, barcarolas, y el dulce arrullo del líquido amniótico. El lenguaje más pleno, más gozoso, más elocuente que jamás tendremos. Gracias, mamá.

El autor es pianista y escritor.