4 febrero, 2015

El nombre de Auschwitz debería estar tatuado en la memoria de todos los habitantes del siglo XX y de los años venideros, como el número de serie en la piel que recibieron sus prisioneros. Aunque las víctimas de Mao Tse-tung y del tráfico de esclavos negros hayan sido mucho mayores, no hay en el alma humana un crimen más vergonzoso que el de los campos de exterminio, ni un nombre que pueda evocar el horror como Auschwitz.

Destrucción en serie. Auschwitz condensa lo más ofensivo y paradójico del genocidio de Hitler: la industrialización de la muerte en sus mínimos detalles. La cámara de gas como sistema de destrucción en serie. El lema “Arbeit macht frei” –“El trabajo libera”– les daba la bienvenida a los prisioneros y permanece inalterable sobre la verja de entrada, en letras forjadas, como ironía máxima del régimen nazi. Irónico, sí, y organizado con atroz eficiencia.

El año pasado, mientras dábamos un curso de periodismo y literatura, Héctor Feliciano, antiguo corresponsal de The Washington Post en París, contó cómo dedicó diez años de su vida a reconstruir un aspecto casi desconocido del Holocausto: el gigantesco saqueo de obras de arte.

Ese mismo año, George Clooney estrenó Monuments Men , una película muy mala, aunque real en sus hechos sustanciales, sobre la unidad del Ejército aliado que encontró las bodegas del Fuhrermuseum en los túneles de una mina de sal. Hitler proyectó el museo más grande del mundo en su ciudad natal, con lo que había pillado, y quiso reescribir la historia del arte destruyendo lo que consideró degenerado, judío y moderno.

Los nazis robaron más de 300.000 pinturas, esculturas y objetos artísticos, de 203 colecciones, la mayoría de familias judías como Rotschild, Rosemberg y Gutman, que contenían un tesoro invaluable para la civilización europea.

No fue una ocurrencia de Hitler, sino un expolio sistemático y cuidadosamente planificado, como se hizo con los campos de exterminio. Los inventarios artísticos que subsistieron, como ironía macabra, le permitieron a Feliciano recuperar más de 2.000 obras dispersas en museos oficiales franceses y colecciones privadas.

La apasionante búsqueda de Héctor, digna de una novela, se cuenta en su libro El museo desaparecido , que ha conocido ediciones en varios idiomas desde 1998. La investigación concluye que, al término de la guerra, muchos marchands , coleccionistas y museos se hicieron la vista gorda sobre el origen de sus nuevas adquisiciones y se las adueñaron sin más.

El caso del coleccionista holandés Fritz Gutman es conmovedor. Los nazis le hicieron creer que podría conservar la vida, si vendía piezas de su colección a un precio risible. Él y su esposa, Louisa, obtuvieron un salvoconducto para llegar a Alemania y trasladarse a Florencia, donde se encontraba refugiada su hija.

De camino fueron atrapados y enviados a los campos de exterminio. Gutman murió a golpes en Theresienstadt, en 1944, cuando se negó a firmar un documento en que hacía “entrega voluntaria” de la colección al Estado alemán. Su esposa, Louisa, murió en una cámara de gas, en Auschwitz. Héctor localizó una de las joyas de la colección Gutman en el Chicago Art Institute, “Paisaje con humo de chimeneas” de Degas, 60 años después de darse por perdida, y avisó a la familia. El cuadro era de un miembro de la Junta de Gobernadores del museo, que, al parecer, lo adquirió de buena fe, y que al principio se resistió a devolverlo.

Para evitar un largo litigio, ambas partes llegaron a un acuerdo de conciliación y el cuadro pudo quedarse en el museo. La familia fue entonces invitada a contemplar la obra y a visitar la colección de pintores impresionistas de la que formaría parte.

Héctor también fue invitado y llegó con antelación al Chicago Art Institute, donde se realizaría un pequeño coctel. Los Gutman ya se encontraban en la sala y lloraban frente a la obra. “Paisaje con humo de chimeneas” había estado en el vestidor de su madre hasta que los nazis se la llevaron.

La reunión se extendió por tres horas y uno de los Gutman le dijo a Héctor: “No queremos irnos. Sería como abandonar a un miembro de la familia”. Edgar Degas, el pintor, era antisemita; su arte, por fortuna, es superior a él y supera la miseria humana.

Pillaje artístico. El pillaje artístico fue parte de una experiencia que nunca comprenderemos a cabalidad, como escribieron Primo Levi, Elie Wiesel, Imre Kertesz, Jorge Semprún y otros sobrevivientes de la Shoah (Holocausto), fueran judíos o gentiles. Las piezas de una exposición parecen objetos banales, pero no lo son. Fueron parte de la vida de las víctimas y cualquier restitución de su patrimonio es una reparación mínima y parcial de algo irreparable, la memoria.

El arte no salva a nadie y, sin embargo, es esencial para la idea que tenemos de la tradición y de la cultura. El paisaje de Degas es un maravilloso canto a la sobrevivencia que, sin dejar de serlo, fue redibujado por la historia. La columna de humo que se levanta sobre las colinas, en el cuadro original, también es el vaho del infierno, de un infierno demasiado humano.