La historia es rica en ejemplos acerca de la crueldad de la conquista armada

 19 septiembre, 2016

La historia es plétora en ejemplos acerca de la crueldad de la conquista armada. Y a ningún historiador se le ocurriría preguntarse si Atila el Huno albergó remordimientos morales, o si lo hizo Qin Shi Huang –el cruel unificador de la China– o bien Moctezuma I, quien raptaba víctimas para sacrificios rituales, azotando Tlaxcala y lo que hoy es Puebla.

Por el contrario, en la Europa del siglo XVI, sucedió algo inédito en la historia universal: las conquistas empezaban a ser condenadas. Esto, porque representantes del cristianismo, como el sacerdote dominico Antonio de Montesinos, el padre Francisco de Vitoria y el obispo Bartolomé de las Casas, levantaron su voz contra el trato que los conquistadores de los reinos de Europa daban a las poblaciones nativas.

De hecho, sus voces alcanzaron tal nivel de resonancia que a Vitoria se le considera el padre del derecho internacional moderno. ¿Por qué esas voces lograron eco en la Europa de aquel contexto histórico? Fue gracias al código moral que ha prevalecido en Occidente, hemisferio que Jürgen Habermas definió con una frase sintetizadora: somos hijos, tanto de Jerusalén como de Atenas. Atenidos a tal definición, ¿sobre qué nos sostenemos los occidentales? Básicamente sobre esos dos fundamentos. Veamos.

De la herencia del helenismo, esencialmente la tradición jurídica de la democracia. Aunque originalmente las instituciones de la democracia griega eran para el exclusivo usufructo de una élite –y además dentro de una sociedad de esclavos–, lo cierto es que su diseño esencial es una parte que da fundamento a las instituciones de la democracia tal y como en Occidente las concebimos hoy. De hecho, de dos realidades, la politeia griega y la res pública romana, se deriva prácticamente todo nuestro vocabulario jurídico. Y de Aristóteles, como de Platón, el concepto de que la autoridad se sujete a la ley.

Dignidad humana. De Jerusalén, que es el segundo basamento de nuestra herencia, obtenemos el principio espiritual de dignidad humana, piedra angular de la cultura occidental.

De esa matriz, la de la dignidad humana, obtenemos el conjunto de ideales que dan fundamento a Occidente. ¿Cuáles? En primer término, la doctrina de la ley natural, desarrollada con profundidad, entre otros pensadores, por Santo Tomás de Aquino. Y del ideal de la ley natural se extrae el gran edificio de los derechos humanos, que incluye la noción de igualdad ante la ley natural.

Kenneth Pennington –autoridad mundial en historia medieval– nos recuerda que el príncipe carecía de jurisdicción sobre los derechos basados en la ley natural, porque eran inalienables. Sumado a ello, la separación entre Iglesia y Estado, idea extraída de la filosofía cristiana a partir de preceptos neotestamentarios.

De ahí que ese último sea un concepto incomprensible para los musulmanes, quienes creen que la ley coránica debe extenderse a todas las esferas de la vida. Con lo anterior, no niego que el islam es una gran cultura. Quien en España ha visitado el esplendor de la Gran Mezquita de Córdoba, la Aljafería de Zaragoza o la Alhambra granadina no dudará de mi afirmación, pero lo cierto es que sus fundamentos son radicalmente opuestos a los de Occidente.

Y, lamentablemente, aún existen fuerzas islámicas convencidas de que el mundo se divide en “Dar al Islam” y “Dar al Harb”, que es el mundo infiel que debe ser conquistado a cualquier precio.

Bajo ataque. Ahora bien, los ideales que dieron fundamento a nuestra cultura han estado, y están, bajo ataque. Destruir esos cimientos es lo que podemos llamar la ofensiva “desoccidental”. Sucede hoy, tal y como ayer.

La historia universal nos recuerda las primeras tres grandes ofensivas “desoccidentalizadoras” del pasado: la yihad islámica, el marxismo-leninismo y el paganismo fascista.

Los anales registran que la primera de esas grandes ofensivas, la yihad, se inicia en el siglo octavo, cuando 12.000 bereberes se enfrentan al rey visigodo Roderico cerca del río Guadalete, en España.

A partir de allí, se inicia un largo registro de invasiones musulmanas a Occidente, que culminan con la caída de la gran civilización occidental de Constantinopla en el siglo XVI.

La segunda ofensiva tiene su origen en la filosofía materialista de Karl Marx, cuyo primer triunfo es la instauración del régimen de los sóviets en la Europa oriental de 1917. Por el rechazo marxista a todo principio de raíz espiritual, allí se rompe con los fundamentos occidentales del derecho natural.

La tercera ofensiva fue el paganismo fascista, que se sustentaba en un conjunto irracional de creencias racistas, en una concepción igualmente totalitaria del Estado, y de prácticas y ritos supersticiosos que pretendían sustituir los valores espirituales occidentales.

Ofensivas modernas. Y una vez más, la ofensiva desoccidental contemporánea tiene actores con un guion similar. Las tres ofensivas desoccidentalizadoras de hoy son: la agenda contracultural neomarxista, la corriente posmoderna y la nueva versión de la yihad islámica.

Respecto de la primera de ellas, el primer ideólogo del neomarxismo, y del reciclaje de su agenda cultural, fue Antonio Gramsci. Él sostenía la necesidad de imponer el marxismo ya no solo por métodos violentos, sino demoliendo las nociones culturales que le daban sustento a la idea de la democracia occidental, sustituyéndolos con los códigos materialistas del marxismo.

La segunda ofensiva actual contra los valores occidentales es el posmodernismo. Si resumiésemos en una expresión lo que dicha corriente es, podríamos afirmar que es una contracultura cuyo objetivo es la “deconstrucción” de todos los códigos que dieron sustento a Occidente.

Y, para efectos prácticos, el término “deconstrucción” –como bien lo afirma Lozano Díez, reputado jurista y pensador mexicano–, no es sino un eufemismo de otro concepto más honesto: ¡destrucción!

Finalmente, la tercera ofensiva moderna contra los valores occidentales viene, una vez más, de aquellos musulmanes que tienen una aprehensión radical de su misión.

Aunque sus métodos ahora son diferentes, está claro que el mahometano integrista tiene hoy la misma determinación que tuvo Tarik y Muza con sus muchedumbres invasoras. O la que tuvo Omar ibn Al-Jattab, que en el siglo VII consumó la expulsión de judíos y cristianos de las tierras árabes.

Hoy su determinación está centrada en la desestabilización emocional de Occidente a través del terror permanente. Ante esta realidad, el desafío de nuestro hemisferio es cultural, para lo cual debemos arrostrar una resistencia sin odio, aferrados a nuestra identidad, sin que ello signifique animadversión contra lo que es diferente.

El autor es abogado constitucionalista.