14 septiembre, 2014

Es un dogma inamovible en algunos círculos intelectuales de nuestro país que creer en Dios significa alienación, esclavitud o falta de libertad. El razonamiento se funda en el hecho de que la pertenencia a toda confesión religiosa es, de por sí, una anulación de la libre autodeterminación, del libre pensamiento o del libre arbitrio. De hecho, es común afirmar que la creencia religiosa implica una obediencia ciega a la doctrina que la apadrina y la expresa en determinadas formas institucionales. Tampoco es raro en nuestro medio que instituciones religiosas afirmen categóricamente que la fidelidad a Dios implica, sin más, la sumisión a sus preceptos y normas, porque ellas son la única garantía de salvación.

Pero ¿algunas de las posiciones antes mencionadas describe acertadamente la esencia del cristianismo? La respuesta es un rotundo “no”. La fe cristiana, en particular la católica, nunca ha afirmado que la doctrina en la que se expresa se identifique de manera radical con el misterio de Dios, ni, mucho menos, que la institución eclesiástica sea la panacea de la voluntad divina. Lo anterior, por una sencilla razón: Dios es siempre motor de libertad, de cuestionamiento, de conversión, y de Él hablamos solo por analogía. Por eso, resulta irrisorio para un creyente contraponer a Dios con la democracia. Claro está, cuando la democracia resulta una atrofia de la libertad humana, el creyente no se puede identificar con ella por carente y aberrante.

Experiencia vital. El creyente no busca cualquier libertad y se interroga siempre sobre qué significa ser humanamente libre. Es decir, el creyente, primero que todo, quiere ser consciente de su realidad, que no se circunscribe a su individualidad, sino que atañe a su interior, a sus relaciones con otros, a sus motivaciones más profundas, y a su acción real y concreta en su ambiente (social, biológico, político, económico). La razón de semejante deseo es que el Dios que se le revela lo hace desde, en y para ese mundo. Dios no puede ser conocido, si no es en la concreción de la historia, donde su palabra cobra relieve y significatividad. El origen de la fe no es la metafísica, sino la experiencia vital en el mundo humano. Recordemos que el pueblo de Israel conoció el nombre de Dios solo cuando clamó a Él desde su cautiverio en Egipto.

Lo interesante de las tradiciones judeocristianas es que Dios responde a la necesidad de su pueblo, pero no es un populista. En las tradiciones bíblicas siempre hay una tensión entre la voluntad de Dios y aquello que parece ser el sueño de grandeza de su pueblo. De otra parte, en los textos proféticos y en los salmos encontramos reclamos directos hacia de Dios de parte de sus fieles. La vida humana puede ser muy dura, pero mantener la fe en circunstancias adversas puede poner en riesgo la propia vida o la esperanza. La palabra de Dios en esas ocasiones nunca es un consuelo fácil, siempre conlleva un nuevo desafío para el creyente. Dios no espera menos de los que tienen fe, sino que, confiando en su humanidad, les da a escoger entre el camino radical de los valores o la búsqueda de la propia satisfacción en la opción facilista del que se lava las manos en el devenir de la historia.

Sin ciega fidelidad. Alguien podría decir que el mandato divino a mantenerse fiel es un signo del carácter opresivo de la religión. Pero Dios nunca reclama que hay que serle ciegamente fiel. El profeta, el enviado, el apóstol o el simple creyente es un mediador, alguien que se mantiene fiel a la verdad, pues su testimonio habla de Dios a todo el pueblo. Dios se ha dado a conocer porque hombres y mujeres, movidos por su fe, fueron capaces de vivir siempre en la justicia, la esperanza y la verdad, sin ser amedrentados por quienes los oprimían o querían que renunciaran a su libertad. El Dios de los cristianos es el crucificado, que no condena, sino que salva; que no busca honores, sino que testimonia su honor amando en la cruz; que no busca venganza, sino reconciliación.

¿Las Cruzadas o las guerras santas acaso –se nos podría decir– no fueron (o son) expresión de la brutalidad nacida de la fe? Una pregunta legítima y puesta repetidamente en el tapete por los medios de comunicación. Para nadie resulta desconocido que el poder de las instituciones religiosas se identificó o se alió con el poder civil, con el mundo de la riqueza y sus objetivos. En la historia se testimonia que la fe se usó como mampara ideológica para sostener el poder temporal de las instituciones religiosas. Pero, con todo, solamente ha sido eso: una mampara que reducía el mensaje del Nuevo Testamento a proclamas vinculadas con el afán de poder político y económico. Los textos bíblicos están muy lejos de ser la manifestación de una teología imperial. Quienes defienden otra cosa nunca han leído completa la Biblia y apenas conocen la historia eclesiástica.

Liberación del egoísmo. ¿Qué relación existe entre la libertad que viene de Dios y la democracia? No es una pregunta banal, sino muy actual. La respuesta del creyente es simple: se busca siempre la libertad que viene de Dios, pues nos libra del egoísmo que nos aparta de los otros, y nos hace renunciar a la intolerancia que nos divide en bandos contrarios y opuestos. La libertad que viene de Dios nos exorciza de la tentación del poder para someter a los enemigos, y nos empuja a la gratuidad de nuestra entrega en beneficio de los demás. La libertad que viene de Dios no nos deja abdicar en nuestras convicciones más profundas y auténticas, porque ellas son cribadas desde la más feroz autocrítica, porque, para el creyente, evadir cualquier perspectiva para evaluarse es sinónimo de traición al deseo de crecer como personas y miembros de la sociedad.

El creyente no puede ejercer sus derechos democráticos, si no es desde su fe, pues, de lo contrario, corre el riesgo de renegarse a sí mismo o al otro ser humano que comparte la misma situación histórica que le ha tocado vivir. Por ello, nunca renuncia a la posibilidad de crecer en el conocimiento de la verdad y acepta con humildad que él no la posee enteramente. Esto a su vez implica que el creyente mantiene, sin ambigüedad, que ninguna institución humana puede negar el derecho a volver a criticar, con rigor y racionalidad, cualquier decisión tomada por la mayoría o impuesta por una minoría. El creyente nunca puede dejar de pensar así, pues su meta es la fraternidad universal y en entendimiento humano.

Convocación a la esperanza. Para muchos, lo dicho hasta aquí no es más que una simple fábula, y tratarán por todos los medios de demostrar que los creyentes somos idiotas útiles a los intereses de una jerarquía sumisa a los poderosos de nuestra sociedad. Pero, desde lo más profundo de nuestro ser, la voz de Dios resuena siempre como convocación a la esperanza y como proclama de auténtica libertad. Es imposible que pensemos la vida sin Dios, porque, sin Él, no seremos más que cañas movidas por el viento de la conveniencia personal y egoísta, y dejaríamos de estar comprometidos con la construcción de nuestra comunidad.

Sin Dios, nos sería imposible pensar con la objetividad del que se sabe responsable del destino de una nación, compuesta por muchos individuos que tienen derechos y deberes, y no podríamos ejercer nuestros derechos democráticos con honradez, sinceridad y total liberalidad.

Por eso, si a un creyente le preguntaran a quién le sería fiel en el ejercicio de sus derechos y deberes democráticos, a Dios o a la patria, la respuesta sería única: a Dios, porque, sin Él, no podríamos ser pueblo.

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