En el últimomomento, Costa Rica siempre ha sabidosalir a flote

 6 diciembre, 2015

Me rompo la cabeza buscando firmes puntos de apoyo para sustentar un mensaje de esperanza. Entre propósitos y realidades, necesitamos renunciar, de una vez, al fácil recurso de señalar culpables con un dedo colectivo, tampoco exento de responsabilidades.

Testaruda como es, la realidad se rebela a los discursos y nos obliga a un realismo crudo. En diferentes aristas de la vida social, se amontonan a diario síntomas de alarma de diagnóstico reservado. Estamos cayendo lentamente, es cierto, pero cayendo, al fin, en una interminable espiral hacia abajo, en un descenso que es cada vez más amenazante.

Aquí no se trata de señalar culpables, porque el verdadero culpable es un nudo gordiano institucional de ingobernabilidad que nos tiene atrapados en un círculo vicioso de inercia que nos condena a una perenne mediocridad.

Podemos reconocer los sinceros esfuerzos de la administración Solís por ofrecer resultados, pero sobre todas sus intenciones se proyecta la sombra del disenso, con una institucionalidad anquilosada, que todo lo puede paralizar, para que en las próximas elecciones un renovado flautista de Hamelín nos toque la flauta.

¡Clamamos por obras, cansados de palabras! Pero las faenas más esenciales son invisibles al ojo humano. Queremos salir de la maraña, sin desenredarla, y eso no es realista. Queremos resultados, como si fueran posibles sin sus procesos. Cada vez vamos reconociendo con más fuerza que urgen movimientos decisivos que no vemos, puntos de inflexión hacia arriba que añoramos, acuerdos en todos los órdenes de la vida social que no llegan.

El realismo no es sinónimo de pesimismo, sino de voluntad de superación. Las miradas críticas tampoco son “oposición política”.

Conseguir cambios es la gran exigencia de los tiempos que vivimos. Pero ese consenso, impreciso y todavía amorfo, se presta mucho para la manipulación política. Cualquiera puede capturar esa disconformidad desde la llanura, para después pedir paciencia y conformismo.

Pero queremos y debemos ser comprensivos. Exigimos resultados, pero sin cambios institucionales de fondo no vamos a verlos.

Esa conciencia se está convirtiendo, cada vez más, en un consenso de opinión que comprende los límites institucionales que debemos destrabar.

Nuevo rumbo. Encallada está la nave nacional en el monumento de piedras y escollos en que hemos convertido nuestra democracia. A ese punto de consenso colectivo estamos casi llegando. Si logramos transformar esa conciencia en acuerdos para la acción, tendremos todavía derecho al optimismo.

Pero no estamos todavía ahí y es en esa dirección que debemos enrumbar el barco. Con realismo estamos constatando que la mejor calidad personal y profesional de jerarquía no incide en resultados, sin una sólida institucionalidad que los sustente.

Si el Comex sigue siendo el ministerio modelo, trapito de dominguear de todos los gobiernos, no es solo mérito de la calidad de su jerarquía, sino, sobre todo, de la solidez institucional que le respalda. Si las pymes languidecen, con Banca para el Desarrollo o sin ella, no es por falta de excelencia del jerarca de turno, sino por la debilitada rectoría del MEIC.

Las pocas pymes que se encadenan a las exportaciones están lideradas por el Procomer, del conglomerado institucional del Comex.

Al acusar las deficiencias de infraestructura, el Grupo Consenso no dice nada diferente, cuando advierte de la “incapacidad de gestión, manifiesta y sostenida en el tiempo, de los entes y órganos responsables en materia de infraestructura vial”.

De hecho, como confirmación a contrario sensu, la infraestructura nacional verá pronto los impactos positivos de una terminal de puerto de primer mundo, pero solo porque su desarrollo no depende de la institucionalidad nacional.

La persistencia de la desigualdad y los altos índices de pobreza cuentan la misma historia, sin importar nuestra formidable inversión social, ejemplar en América Latina y el mundo, pero dispersa hasta el descontrol y sin rectoría consolidada.

Lo mismo podemos decir de nuestro aparato empresarial, con una dualidad productiva que refleja la misma dualidad institucional: un clúster de primer mundo, hacia fuera; un cuchitril institucional, hacia dentro. Yo estuve en ambos monstruos y les conozco las entrañas.

Supremacía de la institucionalidad. ¿A qué institución pedir cuentas por la falta de pertinencia y de alineamiento de la formación educativa, sobre todo terciaria, con las necesidades productivas del país?

Ahí, el sombrero académico, que con orgullo llevo, me da dolor de cabeza, porque no creo que la autonomía universitaria, que defiendo, haya sido diseñada para proteger torres de marfil separadas de las necesidades nacionales. Si las ingenierías son de las carreras de mayor demanda, ¿por qué tienen tan escasos estudiantes? ¿Quién nos rinde cuentas de esto? No los jóvenes que quedaron fuera antes de empezar.

La supremacía de la institucionalidad es la conclusión a la que llega también Luis Alberto Moreno, presidente del BID, quien señala que no deben introducirse políticas públicas, ni siquiera las más eficientes y correctas, si no existe el respaldo de una institucionalidad adecuada que las ponga en práctica. En realidad la institucionalidad gobierna o desgobierna.

De lo que se trata es de escudriñar los verdaderos signos de los tiempos que vivimos, en las actitudes y ánimo de los protagonistas para descifrar el real y posible margen de maniobra, que propicie una transformación institucional en los diferentes y complejos frentes de nuestra vida pública en crisis.

Aquí hay remo para todos los barcos, y la lluvia cae pareja sobre todas las banderas. Esa, curiosamente, es la nota positiva que quiero dejar: el barco ya no aguanta.

La otra vez me pregunté: ¿qué tenemos que innovar para innovarnos? Yo creo que transformar nuestra institucionalidad. Confío en que lo haremos. En el último momento, Costa Rica siempre ha sabido salir a flote. Estamos llegando ahí. Con el agua al cuello, algo haremos.

La autora es catedrática de la UNED.