Vemos con facilidad los árboles por su cercanía, pero no el bosque donde estos crecen

 18 septiembre, 2016

Recientemente, don Rafael Ángel Herra escribió en esta página un artículo titulado “Y mi palabra es la ley”, donde sostiene que los ticos actuamos como si las leyes no existieran, y citó como sustento una serie de ejemplos del comportamiento cotidiano, donde las personas se brincan “a la bartola” las normas de tránsito y de convivencia diaria.

Aunque el autor no lo dice de manera directa, de su artículo se desprende que nuestra cultura cívica carece de sentido de la responsabilidad social. Una especie de mal cultural congénito de gran gravedad que nos impide vivir el régimen de derecho y pone en entredicho nuestro futuro.

Esta apreciación de don Rafael Ángel Herra la comparten en la vida cotidiana muchas personas en el país. Parten del supuesto de que las causas generadoras del desorden nacional son inherentes a nuestra cultura.

Esta convicción genera pesimismo y derrotismo sobre las posibilidades de realizar los ajustes que requiere nuestro sistema institucional, pues se basan en que el problema está en las personas.

En el mejor de los casos, las propuestas que se generan van en el sentido de aumentar las penas para las trasgresiones haciéndolas cada vez más altas.

Los aumentos en las penas, sin embargo, tienen poco o ningún impacto cuando en el sistema legal predomina la impunidad. Un sistema no está integrado solo por leyes, sino que debe ser parte de un aparato operativo que hace que estas leyes se cumplan.

El problema. En nuestro país, los diputados aprueban leyes, pero no asignan recursos para su cumplimiento, ni piden cuenta sobre los resultados. Aquí empieza el problema que ha generado el “mal amansamiento” de un sector importante de la población que sabe que puede trasgredir las normas y salir impune de su trasgresión.

Pero ojo, no se trata de ninguna maldición gitana que pesa sobre nuestra cultura de muy difícil superación, sino de un problema de nuestro sistema institucional que promueve la impunidad y la cultura del vivazo que se brinca todas las normas.

Basta con observar el comportamiento de ese mismo tico que aquí se parquea en zona amarilla y se brinca los altos cuando se traslada a Miami o Nueva York. Ahí, como por arte de magia, desaparece su malacrianza e irrespeto, “congénitos” a su cultura, y se convierte en un ciudadano responsable.

Eso no quiere decir que sea suficiente asignar más recursos al tránsito para que las cosas cambien. Más recursos pueden ayudar considerablemente, pero no son suficientes. Hace falta una estrategia para cambiar la cultura local y lograr el respeto de la ley. Empezando por políticas de seguimiento y evaluación en el cumplimiento de las normas, así como en la calidad de la formación de los nuevos inspectores de tránsito.

Firmeza. No se puede empezar una campaña de respeto a las líneas amarillas en todas partes de la ciudad al mismo tiempo, pero ahí donde se facilita la congestión vehicular debe actuarse con firmeza y constancia.

No puede hacerse un operativo un par de días y dejar después abandonado el terreno. Donde se empiece a ejercer el control, el “peinado” debe ser permanente con métodos como “el cepo” en las ruedas de los carros que obligue a los choferes y dueños de autos a correr a pagar las multas para liberar sus vehículos.

Por otra parte, la formación de los nuevos inspectores debe ser de excelencia, pues tendrán que afrontar las provocaciones y agresiones de los choferes “mal amansados” y este proceso no será fácil ni estará carente de violencia y peligros a sus vidas.

Los nuevos inspectores deben estar adecuadamente preparados y tener un respaldo legal institucional sólido.

Nos hemos concentrado en la política de tránsito porque son los ejemplos que destaca don Rafael, pero el mismo problema de anteponer los intereses individuales o corporativos al interés público lo encontramos en el sistema educativo, de salud, de transporte, etc.

Lamentablemente, los ticos vemos con facilidad los “árboles” por su cercanía, pero no el “bosque” donde estos crecen.

Mientras no tomemos noción de que lo que no funciona en nuestro país es el sistema institucional y nos aboquemos a reformarlo, seguiremos dando palos de ciego con más leyes y reglamentos que en vez de facilitar las cosas las complican.

El autor es sociólogo.