Padres y madres pueden temer la pérdida que la sexualidad del hijo traerá a su familia

 13 marzo

Escribo este artículo pensando en las familias de padres responsables. En su estado natural, ayunos de conocimientos especializados, un padre o una madre difícilmente aceptarán la sexualidad activa de sus hijos. Podrá ser este ya todo un mayor de edad, con carrera universitaria y trabajo profesional, pero a mamá le será siempre difícil aceptar que ese vástago de sus entrañas quiera más a su pareja que a su familia de origen, y, para variar: ¡se acuesta con él o ella!

Ese problema posiblemente se halle en todas las culturas del mundo, y podría explicarse con una simple lógica biológica. A un progenitor le beneficiará siempre más que su hijo se mantenga cooperando en casa (por ejemplo, cuidando a sus hermanos), en lugar de que busque una vida independiente con una pareja.

Si el hijo cuida a uno de sus hermanos, el padre se asegura de que sobrevivirán estos dos hijos (cada uno porta la mitad de sus genes), pero un nieto llevará apenas una cuarta parte de los genes de él, el abuelo.

El resto de los genes de ese nieto son de otros organismos: entre ellos, ¡de esa condenada nuera o ese yerno extraño! Este sempiterno conflicto entre padres e hijos lo comprendemos hoy gracias al trabajo del biólogo Robert Trivers.

Matrimonio y monogamia. Antropológicamente, nuestra manera de moralizar el sexo se ha relacionado además con el origen cultural del matrimonio, con la imposición del poder masculino y con la consecuente certidumbre acerca de la paternidad.

La certidumbre materna no es un problema, pues la mujer sabe quiénes son sus hijos y quiénes no; por tanto, sabe a quién debe proteger. Por el contrario, para un hombre, el control de la mujer fue posiblemente un paso necesario para asegurar la certidumbre de su paternidad. Esta diferencia es lo que en biología se conoce como un “conflicto sexual”: lo que es bueno para el ganso, no es bueno para la gansa.

Luego vino el matrimonio monógamo. Nótese que, en un párrafo anterior, se ha hecho referencia al “matrimonio”, no al “matrimonio monógamo”.

En su origen, las relaciones estables entre hombres y mujeres posiblemente hayan sido poligínicas (un hombre con varias compañeras), esto debido a que la variabilidad genética del cromosoma Y (el cual determina el sexo masculino) ha aumentado significativamente en los seres humanos en los últimos 10.000 años. Un fenómeno de tal tipo refleja el paso paulatino a la monogamia en las poblaciones del Homo sapiens.

De acuerdo con los análisis de Michael Price, Joseph Henrich y otros psicólogos y antropólogos contemporáneos, la norma de la monogamia impuesta permitiría que muchos hombres (no seleccionados naturalmente por las mujeres) consiguieran pareja, se redujesen los problemas psicosociales de la soltería masculina, así como de la competición femenina por los hombres que sí eran seleccionados.

Ahora bien, que se hayan eliminado esos problemas psicosociales no significa que hayan desaparecido del todo las dificultades. Desde entonces tenemos otras vicisitudes relacionadas con la monogamia impuesta –no necesariamente deseada–, y los divorcios son una de dichas vicisitudes.

Dos temores. Cuando se intenta educar en sexualidad, aparecerán dos temores en los padres. Uno se relaciona con la pérdida que la sexualidad del hijo traerá a la familia de origen. Otro temor se vincula con la pérdida de las costumbres patriarcales, que nos han otorgado históricamente una ficción de seguridad.

Si los padres no pasan por un proceso de educación para afrontar esos temores, dudo que la educación sexual de sus hijos funcione como necesitamos. Me pregunto incluso si será posible que algunos progenitores superen del todo aquellos temores.

Una tarea de gran importancia es crear espacios, físicos y virtuales, que permitan a los padres y madres de familia encontrar información, expresar temores y aclarar dudas sobre los procesos de crianza.

Esos espacios podrían establecerse en nuestros sistemas educativos y de salud. Escribí este artículo pensando en las familias donde hay padres responsables; luego hablaremos de las que no los tienen.

El autor es psicólogo y profesor universitario.