2 junio, 2014

LONDRES – El secuestro de más de 240 niñas nigerianas ha horrorizado al mundo, pero, lamentablemente, no es un caso aislado en Nigeria. De hecho, muchos países africanos padecen el mismo tormento que Nigeria, y la motivación del secuestro se debe a una ideología que es mundial.

Dicha ideología se basa en una concepción degenerada y falsa de la religión. Se enseña en las escuelas oficiales y en las que no lo son. Naturalmente, las horrendas y delirantes palabras del dirigente de Boko Haram, el grupo que ha secuestrado a las niñas, son representativas solo del sector más extremoso de esa ideología, pero, mientras no limpiemos la tierra en la que arraiga esa planta ponzoñosa, seguirá arruinando las oportunidades vitales de millones de jóvenes de todo el mundo y poniendo en peligro nuestra seguridad.

En toda el África subsahariana, ese problema ha alcanzado vastas proporciones. Malí, Chad, Níger, la República Centroafricana, Somalia, Kenya e, incluso, Etiopía han sufrido o afrontan intensas angustias ante la difusión del extremismo. Ahora muchos otros países han comprendido que el extremismo es su problema más importante.

Con frecuencia, los Gobiernos lo afrontan con valor y determinación, como lo demuestra la utilización de fuerzas africanas en muchos países para intentar mantener la paz, pero el caso es que el problema sigue intensificándose.

No es casualidad. Cuando pasé a ser primer ministro del Reino Unido en 1997, Nigeria constituía un ejemplo de cooperación productiva entre cristianos y musulmanes. La ideología destructiva representada por Boko Haram no forma parte de las tradiciones de ese país, ha sido importada.

Con el crecimiento de la población, aumentará el problema. En la actualidad, Nigeria tiene, aproximadamente, 168 millones de habitantes y se calcula que su población ascenderá a 300 millones en el 2030, dividida casi a la par entre cristianos y musulmanes. Sin un clima de coexistencia pacífica, las consecuencias para el país –y el mundo– serán enormes.

La pobreza y la falta de desarrollo desempeñan un papel enorme en la creación de las circunstancias en las que se incuba el extremismo, pero la pobreza por sí sola no explica ese problema, pues, ahora, un factor importante que frena el desarrollo es el terrorismo. ¿Quién invertiría en el norte de Nigeria en las condiciones actuales? ¿Cómo van a prosperar las economías locales con semejante atmósfera?

Ese problema no está limitado a África. Como sabemos, Oriente Medio está inmerso en un proceso de revolución y agitación que el islamismo y sus vástagos extremistas han complicado enormemente. En Pakistán, más de 50.000 personas han perdido la vida en los ataques terroristas del pasado decenio. La violencia vinculada con la misma ideología se ha cobrado también vidas inocentes y ha destruido comunidades en la India, Rusia, Asia Central y Extremo Oriente.

¿Qué ideología es esa? He ahí el quid de la cuestión. Como todo pronunciamiento sobre esa cuestión inspira siempre réplicas erróneas, permítaseme expresar algunas cosas muy claramente. Esa ideología no representa al islam. La mayoría de los musulmanes no están de acuerdo con ella. Les repugna, cosa que debería infundirnos esperanzas para el futuro.

Pero esa ideología es un componente del islam que representa a una minoría organizada, importante, potente y financiada. Lo que podríamos llamar poco rigurosamente “islamismo” se basa en una politización de la religión que es fundamentalmente incompatible con el mundo moderno, pues da por sentado que solo existe una religión verdadera y una sola interpretación de ella, y que esta debe prevalecer y dominar la política, las instituciones gubernamentales y la vida social de todos los países. Quienes no compartan esa opinión deben ser derrotados.

Esa ideología islámica tiene un amplio espectro. En un extremo hay grupos como Boko Haram. Otros grupos pueden no propugnar la violencia (aunque a veces lo hacen), pero, aun así, predican una concepción del mundo que es peligrosa y hostil para quienes no están de acuerdo con ella. Para entender lo que quiero decir, léase la declaración hecha en el 2013 por los Hermanos Musulmanes, en la que denunciaban la declaración de las Naciones Unidas sobre las mujeres para defender, entre otras cosas, su derecho a viajar o trabajar sin el permiso de sus maridos.

Lo que hay que afrontar es la ideología y no los actos extremistas.

Mi fundación, que presta apoyo práctico para contribuir a prevenir los prejuicios, los conflictos y el extremismo religioso, lleva varios años actuando en Nigeria, a fin de reunir a clérigos cristianos y musulmanes con miras a fomentar el entendimiento mutuo. En más de 20 países de todo el mundo tenemos programas escolares que conectan a niños de credos diferentes para que aprendan mutuamente cosas de unos y otros. Incluso, en los lugares más difíciles, los resultados son claros y sólidos.

En Sierra Leona, donde participamos en la campaña contra el paludismo, movilizamos las iglesias y las mezquitas para que cooperen en sus comunidades locales y ayuden a las familias a utilizar las mosquiteras para camas eficazmente y se protejan contra una enfermedad que sigue matando en África, todos los años, a 750.000 mujeres embarazadas y niños. Hemos ayudado a dos millones de personas con un acto de compasión e interés y con resultados que son tan notables como la cooperación entre los credos que los produce.

Así, pues, la batalla no está perdida, pero se debe entender como lo que es. Todos los años, Occidente gasta miles de millones de dólares en acuerdos sobre defensa y lucha contra el terrorismo. Sin embargo, se permite que aquello precisamente que combatimos cunda en los sistemas educativos de muchos de los países con los que tenemos relaciones e, incluso, en el nuestro.

Actualmente, la educación es una cuestión de seguridad. El G-20 debe convenir en que la educación con amplias miras que fomenta la tolerancia religiosa deber ser una responsabilidad de todos los países. Debemos insistir al respecto en nuestros propios sistemas educativos y, después, también en los de los demás.

Las niñas secuestradas de Nigeria son víctimas no solo de un acto de violencia, sino también de una forma de pensar. Si conseguimos derrotar esa ideología, empezaremos a lograr avances hacia un mundo más seguro.

Tony Blair, primer ministro del Reino Unido, de 1997 al 2007, es enviado especial para el Cuarteto de Oriente Medio. © Project Syndicate.